Las familias que venden estupefacientes

21 Mar 2017

Es uno de los grandes flagelos actuales. Crece día a día como una bola de nieve. Ha extendido sus tentáculos a todos los estratos de la sociedad. Sus principales víctimas son los amplios sectores que viven en la marginalidad, que carecen de educación. No sólo atrapa a los precoces consumidores, sino también a muchas de sus familias que acosadas por el desempleo y la indigencia, entran este circuito de la muerte.

En nuestra edición del domingo, dedicamos un amplio espacio a esta problemática. Un abogado afirmó que los narcotraficantes les brindan a sus vendedores una ayuda que el Estado no les proporciona. “Esta es la otra cara de la crisis social que muchos no quieren ver y que se puede conocer en los barrios de la periferia con sólo caminar un par de cuadras por esos lugares olvidados”, dijo. Agregó que hay barrios donde es más fácil comprar cocaína que pan.

Una colega explicó que hay mucha gente excluida totalmente del sistema y en lugar de robar corriendo el riesgo de que la detengan y las condenen, venden sustancias ilegales y si son descubierta hasta pueden ser eximidas de prisión, por las pocas cantidades que manejan.

Un subcomisario contó que los líderes de las organizaciones narcos esquivan la acción de la Justicia porque ellos nunca tienen la droga en su poder; eligen a personas para que vendan los estupefacientes porque por su condición, podrán cumplir con arrestos domiciliarios o serán eximidas de prisión.

Una joven de 25 años, que vive en una vivienda precaria con sus dos niños pequeños, se dedica a la venta de sustancias ilegales. Contó que cuando estaba encinta, su marido perdió el empleo y no tenía cómo mantenerlos; comenzó a drogarse y se terminó ahorcando porque no podía dejar la droga. Obtuvo entonces un plan social, pero el dinero no le alcanzaba. A través de una vecina, se puso en contacto con un narco, quien le explicó cómo funcionaba el sistema y además de plata, le aseguraba protección todo el día. “En la manzana en la que vivo hay por lo menos tres personas que hacen lo mismo”, señaló y acotó que sus jefes le dijeron que si llegara a ser detenida, por su situación, le darían arresto domiciliario y en ese caso contaría con un abogado. “Vi personas que hacían lo mismo y les cayó la Policía. No tuvieron grandes problemas, siguen en su casa y las que no siguen vendiendo, les dan mercadería y plata”, afirmó la joven.

Hace unos días, tanto la Digedrop como Drogas Peligrosas de la Policía Federal efectuaron cinco allanamientos en distintos puntos de la provincia y comprobaron que todos los emprendimientos eran dirigidos por familias. Este fin de semana, la Digedrop detuvo a una pareja de “transas” que tenía un delivery y usaba a su hijo para evitar ser atrapada.

Desde hace mucho tiempo se conoce el modus operandi de los “narcos”. Para reclutar a sus vendedores ponen la mira en las personas o familias que viven situaciones de extrema exclusión; la cadena se va extendiendo. ¿Acaso se desconoce quiénes venden las sustancias ilegales en un barrio si es “más fácil comprar cocaína que pan”? ¿Qué acciones concretas aportará la Justicia? ¿Qué políticas en educación, salud, trabajo, deportes, impulsará el Gobierno provincial para combatir y revertir esta realidad? Mientras una buena parte de la clase dirigente está preocupada en cuestiones electorales, los mercaderes de la muerte siguen sumando adeptos y destruyendo a nuestros niños y jóvenes.

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