Con ayuda de la ciencia, la bandera de San Francisco revive parte de la historia

Desde 2011, un grupo de experto de distintas disciplinas recuperan la bandera de San Francisco, acaso la primera de Tucumán.

08 Ene 2017

Desplegada sobre un mesón, la bandera bicentenaria que hasta hace cinco años había estado presa y arrugada en un marco vidriado, al lado del altar, en San Francisco, es recuperada por un equipo multidisciplinario que ha incluido a químicos del Conicet y de la Universidad de La Plata que investigaron la datación y el color originario de la enseña. Tema que, como se sabe (¿ fue azul o fue celeste?) sigue encendiendo el debate en el campo historiográfico.

Frente al paño de 2.64 de largo x 1.50 de ancho de tafetán europeo de colores ya desvaído y una impresión en dorado en la que se lee “1814”, las manos de las expertas Cecilia Barrionuevo (en Restauración) y Olga Sulca (en Textiles) van moviendo con delicadeza los trozos de vidrio que, a modo de pesas, presionan y planchan el género, para recuperar al máximo posible la trama originaria de la enseña. Una insignia que, según historiadores como fray Luis Cano, “es la primera bandera argentina que se hizo en Tucumán, en 1812, y la única que hubo en nuestra ciudad hasta 1815 cuando el Cabildo adquirió la suya”. La fecha impresa en la bandera (1814) puede parecer contradictoria; pero en el mismo texto de fray Cano, escrito en 1966, se especula con que fue incluida a posteriori de la confección de la bandera, cuando Bernabé Aráoz, que había sido síndico de la orden, asume como gobernador de Tucumán.

De vuelta al presente, Barrionuevo y Sulca cuentan que la tarea de restauración de la enseña arrancó en 2011, por iniciativa del guardián del convento, Fray Marcos Porta, en el contexto de un plan maestro de recuperación del solar (todavía inconcluso) que contempla tanto mejoras en la infraestructura de la basílica como en su patrimonio artístico.

Si a la pieza de doble paño se la mira con detenimiento se puede -con ayuda de las restauradoras- lograr que hable la historia. Y no solo la del Bicentenario. En el costado izquierdo superior se pueden ver, escritas con fina caligrafía, tres firmas: dos son de mujeres -las de Isabel y Guillermina Colombres- y una del padre Villalba, un franciscano del convento. Esas firmas son la huella de la primera restauración de la enseña, realizada en 1920, poco después del Centenario. Pero sería entre los años 40 y 50 del siglo pasado cuando la enseña fue enmarcada y protegida por un vidrio. “Sabemos que esa es la fecha, porque estaba aferrada a la madera con cinta adhesiva, que recién se comercializaba por entonces. Y deciden colocarla en un cuadro porque esa era la forma de conservar que se usaba entonces. Cuando la sacamos, la bandera estaba totalemente arruchada; y solamente se podía ver Tucumán 1814, que son las dos palabras que se han mantenido en sus letras originales”, detalla Barrionuevo, en diálogo con LA GACETA.

Si de los años 20 han quedado como testimonio la huella patricia y la religiosa, la restauración encarada en este siglo XXI “hablará” de estos tiempos de colaboración entre disciplinas: con Barrionuevo y Sulca colaboraron un doctor en Química, Carlos della Vedova (ver “El color, tema en debate) y un maestro tintorero cordobés, Walter Vera. En su taller de Unquillo, Vera usó tintes naturales (romerillo, yerba mate y un toque de añil) para teñir con los tonos más parecidos a los de la bandera original el paño que sirve de soporte de lo que queda de la insignia confeccionada en el 1800. “El soporte era necesario, ya que fue como armar un rompecabezas, porque los fragmentos que subsistieron eran como papelitos que se desmoronaban con solo tocarlos. Pero no había más alternativa que intervenirla, porque esta bandera es un documento histórico”, continuó la experta en restauración.

Sulca y Barrionuevo dicen que a esta bandera del convento de San Francisco no se la puede analizar sin pensar en Belgrano. “ Esta bandera aparece a fines de 1812, y la que crea Belgrano es de febrero del mismo año. Y los colores, aunque invertidos, tienen que ver con los que usó Belgrano; quien, no podemos olvidar, se va a alojar en este convento cuando estaba en el Ejército”.

Cómo conservarla

¿Cuál es el próximo paso? La restauración, afirman, casi ha concluido. Ahora, para preservarla en forma temporaria de un clima más que adverso, se la cubre con guata y con tela de algodón. La temperatura ideal, apuntan, es de entre 20 y 25 grados; y la humedad no debe superar el 60%. “Lo ideal -continúan- es ponerla en una mesa vitrina que guarde las condiciones ideales de humedad, temperatura e iluminación. En este punto, la ideal es el LED, que no tiene radiaciones ultravioletas. Y convendría un tipo de luz con sensor, para que se autorregule en el encendido y el apagado, según se acerquen o se alejen los visitantes”.

Lo que resta, ahora, es que alguien financie esa vitrina, en el marco de uno de los proyectos que los franciscanos tienen en agenda desde hace una década, y que no quieren dejar pasar mientas todavía soplen los vientos del Bicentenario; un museo en el solar, en el que la gente pueda convivir con los muebles que usaron los congresales y con el rico patrimonio de arte religioso que guardan.

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