ENIGMAS LITERARIOS

Guy de Maupassant

El escritor francés, tal vez el mejor cuentista de la historia, fue también uno de los más grandes desequilibrados. Vivió una vida de desenfreno y terminó sus días en un psiquiátrico. Su muerte sigue siendo un completo misterio.
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Gustavo Martinelli
LA GACETA

Es casi un lugar común afirmar que existe algo de razón en la locura. No en vano varios escritores célebres la tuvieron como compañera irremediable casi siempre al final de sus vidas. Como dijo el poeta y dramaturgo alemán Johann Wolfgang von Goethe: “La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma”. Y no hay ningún ejemplo más claro -más terriblemente claro, se diría- que el del escritor francés Henr René Albert Guy de Maupassant, acaso el mejor cuentista de la historia de la Literatura.

Para empezar, su vida fue un completo misterio. De hecho, nadie sabe con certeza dónde nació. Algunos afirman que fue en Fécamp, en la Alta Normandía (Francia), el 5 de agosto de 1850 (se acaban de cumplir 167 años). Otros, en el lóbrego castillo de Miromesnil, ubicado en Tourville-sur-Arques. Sin embargo, el gran enigma de la vida de Guy de Maupassant no se circunscribe sólo a una simple duda geográfica, sino sobre todo a su oscura muerte y a las incomprensibles razones que lo llevaron a la locura.

El principio

Nacido en el seno de una aristocrática familia normanda, su infancia estuvo alimentada por las constantes discusiones de sus padres; él violento y disoluto, entregado a continuos escarceos extramatrimoniales; ella, bastante neurótica y con tendencia a la melancolía. Con semejante cuadro, no es difícil deducir lo que a Guy de Maupassant le esperaba. El desequilibrio del escritor (así como el de su hermano Hervé, quien acabó suicidándose) pudo ciertamente tener su origen en esos y otros episodios de su infancia.

Por cierto, su situación no mejoró en la adolescencia. Estudios, vagabundeos, borracheras, lecturas y descubrimientos marcaron los días del escritor, acechado por fecundas contradicciones y por la presencia imperiosa de una madre recién divorciada.

En 1872, entró a trabajar como empleado en el Ministerio de Marina, una ocupación que odió y de cuya rutina huía en procura de aventuras por el Sena. En ese ambiente llegó a tener un grupo de amigos con los que compartía su afición por el remo y las mujeres voluptuosas.

Maupassant presumía de sus conquistas y de su vigor sexual. “Un beso legal nunca vale tanto como un beso robado”, solía repetir. Era deportista: practicaba remo y estaba orgulloso de su fuerza y destreza. Lamentablemente nada de eso le valió para escapar de su lóbrego destino.

La gloria

Su gran momento llegó en 1967 cuando conoció al novelista Gustave Flaubert (“Madame Bovary”). Fue él quien le abrió las puertas del mundillo literario al presentarle a hombres de la talla de Iván Turgénev y Émile Zola. “He entrado en la vida literaria como un meteoro, y voy a salir de ella como un rayo”, vaticinó años después el cuentista, casi como si hubiera intuido lo que le esperaba.

En 1880 apareció la primera gran obra de Guy de Maupassant titulada “Bola de sebo” (Bouke de suif), un relato fuertemente realista que apareció en un trabajo del mismísimo Émile Zola: “Las veladas de Médan”. Esta primera aparición convirtió a Guy de Maupassant en la nueva promesa del relato francés. Le siguieron alrededor de 300 cuentos más, casi siempre relacionados con sus temas predilectos, como la campiña normanda, la burguesía, la burocracia, y acaso los dos tópicos más recurrentes de su obra: el amor y la locura. El éxito le permitió no sólo vivir de la pluma, sino también cumplir sus sueños: el lujo, la inagotable actividad amatoria, los largos y solitarios viajes por mar en su yate Bel Ami, visitas frecuentes a Italia, Inglaterra y Africa y el ingreso en la buena sociedad de Cannes y de París.

El infierno

La celebridad había surgido como un rayo. Maupassant, por aquellos días, era feliz, si tal palabra puede aplicársele a un hombre cuya cordura estaba a punto de ponerse a prueba.

Poco después de cumplir los treinta años comenzaron los primeros síntomas de la sífilis, que había contraído en su juventud. Su vitalidad comenzó entonces a desmoronarse. El escritor empezó a sentir aversión a la fama; padecía migrañas constantes, inquietud y obsesiones; y buscaba alivio en el éter y la morfina.

En sus escritos comenzó a traslucirse la melancolía que, como una enredadera sombría, empezaba ya a invadir su espíritu. De esta época datan sus relatos terroríficos, en lo que parece un intento de conjurar su pánico. “Tengo miedo de mí mismo. Tengo miedo del miedo, pero sobre todo tengo miedo de la espantosa confusión de mi espíritu, de mi cordura, sobre la cual ya no tengo dominio”, escribió.

Es precisamente este miedo el que termina de definir el estilo de Maupassant. Sus cuentos de terror no pertenecen a un orden distante y contemplativo, por los cuales el autor se sumerge en el horror para extraer sus misterios, sino que muestran el mundo de un hombre que vive envuelto por el mismo horror.

La noche del 1 de enero de 1892 intentó por tres veces abrirse la garganta con un cortaplumas. No consiguió acabar con su vida, pero terminó mal herido. Sus amigos lo trasladaron a París donde fue internado en la clínica del doctor Blanche, una eminencia de aquel tiempo. Algunos especulan que las charlas con el escritor lograron convencer al especialista de que el mejor camino para un hombre de letras acechado por la locura era justamente la muerte.

Once meses más tarde, Guy de Maupassant apareció sin vida en su habitación del psiquiátrico. Las causas de su deceso son aún desconocidas. Algunos conjeturan que se debió a un desajuste en los medicamentos; otros que ese desajuste fue acordado con su médico de cabecera.

Lo cierto es que en su funeral, un emocionado Zola dio un breve discurso en su honor: “Él, ¡Dios mio! ¡Golpeado por la demencia! ¡Toda ese felicidad, toda esa salud yéndose a pique”.

Hoy puede visitarse su sobria tumba en el cementerio de Montparnasse, en París. En su lápida puede leerse: “Lo tengo todo pero no encuentro placer en nada”.


¿Por qué leer sus obras?
 
razón estética.- Su lectura cautiva como pocos saben hacerlo. En “El Horla y otros cuentos fantásticos”, por ejemplo, todo está vivo y nada es lo que parece; lo insólito acecha tras lo cotidiano y lo absurdo reina sobre la lógica. El corazón humano no tiene fondo, el motor de la vida es tan misterioso e inaccesible como la naturaleza de los deseos. Son historias que quieren demostrar que la fragilidad es compañera del movimiento de la vida. Y que la soledad está superpoblada. Ese es el universo de Maupassant y vale la pena adentrarse en el.
un estilo diáfano.- La prosa de Maupassant no es escabrosa; sus relatos rebosan elegancia y buen hacer tanto en los propios diálogos como en la estructura ágil donde el elemento fantástico se acopla, de forma intrigante, con la vida cotidiana como reflejo de los fantasmas que habitan en uno.
EL terror personal.- El terror expresado por Maupassant en sus cuentos es un tipo de terror personal que nace del alma y que es el preludio de la propia desintegración. En su obra lo fantástico no se opone a lo real, sino que constituye su prolongación. A menudo el personaje, de manera azarosa, se enfrenta a una situación inquietante o aterradora que no puede racionalizar o se ve aquejado por una fijación u obsesión anómala.
escritor prolífico.- Fue además un autor muy prolífico que escribió soberbias novelas que reflejan una visión fuerte y sencilla de la existencia, un análisis impecable, un modo tranquilo de decir todo que conquista al lector.

¿Por qué leer sus obras? 

Razón estética.- Su lectura cautiva como pocos saben hacerlo. En “El Horla y otros cuentos fantásticos”, por ejemplo, todo está vivo y nada es lo que parece; lo insólito acecha tras lo cotidiano y lo absurdo reina sobre la lógica. El corazón humano no tiene fondo, el motor de la vida es tan misterioso e inaccesible como la naturaleza de los deseos. Son historias que quieren demostrar que la fragilidad es compañera del movimiento de la vida. Y que la soledad está superpoblada. Ese es el universo de Maupassant y vale la pena adentrarse en el.

Un estilo diáfano.- La prosa de Maupassant no es escabrosa; sus relatos rebosan elegancia y buen hacer tanto en los propios diálogos como en la estructura ágil donde el elemento fantástico se acopla, de forma intrigante, con la vida cotidiana como reflejo de los fantasmas que habitan en uno.

EL terror personal.- El terror expresado por Maupassant en sus cuentos es un tipo de terror personal que nace del alma y que es el preludio de la propia desintegración. En su obra lo fantástico no se opone a lo real, sino que constituye su prolongación. A menudo el personaje, de manera azarosa, se enfrenta a una situación inquietante o aterradora que no puede racionalizar o se ve aquejado por una fijación u obsesión anómala.

Escritor prolífico.- Fue además un autor muy prolífico que escribió soberbias novelas que reflejan una visión fuerte y sencilla de la existencia, un análisis impecable, un modo tranquilo de decir todo que conquista al lector.