La plaza Independencia en 1858

El pintor francés León Palliere llegó a Tucumán ese año e hizo dibujos de la ciudad

28 May 2016
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PLAZA Y CALLE 25 DE MAYO. Las anotaciones que se ven sobre los edificios, ilegibles en la copia, indican probablemente nombres, detalles o colores de cada construcción.

SEBASTIÁN ROSSO / LA GACETA

En 1858, la provincia de Tucumán tenía unos 85.000 habitantes. El gobierno pasaba de las manos del doctor Agustín Justo de la Vega a las del doctor Marcos Paz. En abril de ese mismo año, se abrían las puertas del Colegio San Miguel, dirigido por un extranjero: Amadeo Jacques. En el interior de esa casa se inauguraba la primera biblioteca pública que conoció la provincia.

En tan propicios comienzos de año, el pintor francés León Pallière partía de Buenos Aires. Tenía intenciones de llegar a Chile, vía Mendoza; luego viajar a Bolivia en barco, y volver a Buenos Aires a través de las provincias del noroeste. De este viaje quedaron sus diarios y sus múltiples anotaciones, dibujos y bocetos.

El tiempo siempre corre con rapidez para estos viajeros. Según él mismo cuenta, llegó a San Miguel de Tucumán el 14 de setiembre de 1858. Como a las 3 de la tarde, ya estaba en la posada donde se hospedaría por dos jornadas. A la mañana siguiente, hizo dos dibujos en la plaza principal, que se llamaba indistintamente Libertad o Independencia. Uno de esos gráficos es el que reproducimos; el otro es una vista más detallada de la Catedral. Sobre ese día. Pallière relata en su diario: “Me levanto con las primeras horas del día. La atmósfera es de una completa dulzura. Tomo mis cartones y me voy a dibujar la Catedral y el Cabildo. Este último me recuerda todos los que he visto, ya sea en Buenos Aires o en Salta. La iglesia es moderna y no está terminada”.

La plaza

El dibujo fue hecho a lápiz. Pallière tiene que haberse ubicado sobre el costado noreste de la plaza, mirando hacia el oeste. De esta manera, vemos a pleno la vereda del Cabildo, hoy calle 25 de mayo. Desde la izquierda, sorprende el obelisco que erigió el gobernador Gutiérrez en 1842, para conmemorar el triunfo de los federales de Oribe, sobre los unitarios de Lavalle. Detrás, continuándose con los edificios, se ve la línea sinuosa de los cerros. Siguiendo hacia la derecha, una pequeña casita de cuatro puertas, y a continuación aparece el gran edificio del Cabildo, ya remodelado, con 13 arcos y una torre con reloj.

Pasando la calle, vemos la vieja iglesia de San Francisco, que edificaron los jesuitas y que modernizó Pedro Dalgare Etcheverry, autor de la ampliación del Cabildo. Todavía le quedaban unos 30 años con ese aspecto, pues sería reedificada a comienzos de 1880, para quedar con la fachada actual. Debajo de la iglesia, en perfecta perspectiva, se acerca una línea baja de casas coloniales, sobre calle Las Heras (hoy San Martín), todas desaparecidas.

Pirámide

Volvamos a la pirámide que se ubica a la izquierda. Conmemoraba la batalla de Famaillá, que en 1841 había visto triunfar la confederación rosista sobre el ejército rebelde de la Liga del Norte. Una consecuencia directa del enfrentamiento fue la retirada hacia Bolivia de las tropas, así como el desbaratamiento y destierro de gran parte de la dirigencia unitaria. La crueldad no se hizo esperar. El dirigente de la Liga, Marco Avellaneda, capturado en Metán, fue degollado y descuartizado sin juicio alguno. Su cabeza fue enviada a Tucumán: se la expuso en la plaza, frente al Cabildo.

Este dibujo es el único registro de la “Pirámide federal” que celebraba esos acontecimientos. Era similar a la que había hecho erigir Belgrano en la zona sur de la ciudad. Aunque no tenemos referencia de la altura, pareciera ser idéntica en diseño a esa, que actualmente se levanta, remozada, en la Plaza Belgrano. Era de ladrillo, pero años después fue forrada de mármol, con un remate superior en forma de esfera, y una suave cornisa separando la base rectangular del fuste piramidal. Pareciera que la pequeña escalinata inferior era la única diferencia entre ambas. Ese espacio emblemático del centro de la hoy plaza Independencia, iba a pasar aún por varios cambios. La oprobiosa columna de Oribe sería demolida en 1862 y sustituída por una gran columna. Faltaba mucho para que llegara ahí la “Libertad” de Lola Mora, en 1904.

Copia, por suerte

Lo que Pallière escribe sobre esos dos días en Tucumán es largo. Pero atendamos a ese lugar ahora desconocido para nosotros: “Toda la ciudad es de una blancura extrema: las casas son de un solo piso y están como incrustadas en un inmenso bosque de naranjos. Donde la edificación ha dejado libre un poco de terreno, se ve aparecer la copa del naranjo, curvada al peso de sus frutas, y a medida que uno se aleja del centro de la ciudad las casas disminuyen en cada cuadra y aumenta el verde follaje con frutas de oro”.

Lo que es digno de resaltar es que no sólo esa ciudad parece haber desaparecido, sino también la imagen que la retrataba. El dibujo del que hablamos fue borrándose con el tiempo. En 1977, Miguel Alfredo Nougués donó al flamante Museo Histórico Avellaneda su colección de objetos tucumanos. Incluía los dos lápices de Palliere. Por el peligroso desconocimiento que siempre amenaza los tesoros, los dibujos fueron colocados de tal manera que quedaron expuestos a la luz del sol durante mucho tiempo. Las consecuencias fueron implacables: se fue oscureciendo el papel y perdiendo el contraste, hasta casi borrarlos.

La que reproducimos es una foto del original que, en 1964, hizo tomar el iconógrafo Bonifacio del Carril, para ser publicada en su “Monumenta Iconographica. Paisajes, ciudades, tipos, usos y costumbres de la Argentina 1536-1860”. Ahí está el original, casi invisible, guardado en un museo, y la copia, todavía en condiciones. Nos quedan un par de lecciones de ese desatino: hay que atender al cuidado de los recuerdos; y hay que hacer copias de ellos, sin temer a la autoridad de los originales.

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