Sombras del tenis - LA GACETA Tucumán

Sombras del tenis

La novela ganadora del último Premio Clarín y la autobiografía de Andre Agassi son dos de los libros que enfocan el “lado B” de este deporte. Detrás del glamour de las estrellas y de la espectacularidad de los grandes torneos se esconden historias pobladas de monotonía, angustia, dolor físico y extravío existencial

21 Feb 2016
1

Por Daniel Dessein - Para LA GACETA - Buenos Aires

Ciertos cruces de ficción y realidad dentro del terreno de los deportes profesionales pueden ser riesgosos para su subsistencia. En el cuento Esse est percipi, Borges y Bioy Casares imaginan un mundo en el que los partidos de fútbol son una farsa, un género dramático en el que los resultados están predeterminados. Los escándalos de la FIFA y las investigaciones que revelan la connivencia entre grandes tenistas y apostadores atentan contra el insumo central de los espectáculos deportivos: la convicción del público de que lo que ve es una competencia real y no un show guionado.

La ficción también tiene un rol legítimo a la hora de abordar los entretelones del deporte profesional. Permite llenar las lagunas de sus tramas, explorar las cabezas y los corazones de sus protagonistas, exhibir las grietas de ídolos con vidas aparentemente perfectas. El fútbol y el boxeo generaron legiones de escritores que los tomaron como centro de sus textos. El tenis, aunque mucho menos fecundo en materia literaria, inspiró a grandes creadores. Cuentos y novelas de autores tan diversos como J.D. Salinger, John Updike, Witold Gombrowicz, Guillermo Martínez o Daniel Moyano enfocaron alguna de sus facetas. A través de sus crónicas, David Foster Wallace es quizás quien mejor ha logrado pintar los costados más complejos de su práctica a nivel profesional.

Dentro de la narrativa de los últimos años, merece ser destacada Muerte súbita, novela de Alvaro Enrique ganadora del premio Herralde 2013. La historia transcurre en un solo día de fines del siglo XVI en el que Caravaggio, el pintor que está refundando el arte, y Quevedo, el gran poeta español, deciden batirse a duelo a través de un partido de tenis en el que se enfrentarán dos concepciones de la modernidad.

La pasión según Luka

El tenis ha regresado con fuerza a las librerías argentinas de la mano de una serie de títulos de reciente publicación. En ¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?, ganadora del último Premio Clarín de novela, Manuel Soriano se mete en la vida de una imaginaria tenista argentina que llega al puesto número 12 del ranking mundial en los años 90. Lleva al lector a su precoz inicio en el deporte, a la neurosis de su padre-entrenador, a los hoteles de las infinitas giras, a la presión de los torneos, a los pensamientos de una jugadora que está a punto de ganar –o de perder- una final, a su relación con figuras reales como Mónica Seles o Lindsay Davenport.

Hay un pasaje de la novela en el que el entrenador de Luka, la protagonista, se cruza en el estacionamiento de un club en Miami con un aficionado argentino que sugiere que la tenista está desperdiciando su talento. El entrenador le pregunta a qué se dedica y su interlocutor le dice que es arquitecto. “Si se hiciera un ranking de arquitectos, ¿cuál sería tu puesto en Argentina? ¿Dirías que estás entre los diez mejores? ¿Veinte mejores? Ahora piénsalo a escala mundial y cuando llegues a ser decimosegundo del mundo si quieres hablamos de talento”, replica el entrenador.

El libro resalta la distancia que existe entre la realidad de los tenistas y lo que el público percibe de ellos. Solo los profesionales comprenden cabalmente las consecuencias de la repetición patológica de rutinas, el cultivo sistemático de una conducta obsesiva, la condena de una vida en la que todos los días hay dolor físico, los riesgos de cifrar la autoestima en un número de un ranking.

Odio

Esos mismos temas son enfrentados en Open, autobiografía de Andre Agassi que fue editada en 2015 en nuestro país y que contó con el aporte del ganador del Pulitzer J. R. Moehringer. En esta fascinante incursión en el detrás de escena de la vida de uno de los mayores tenistas de la historia, descubrimos que el hombre que descontracturó al tenis nació con una malformación lumbar que le generó atormentantes contracturas en su espalda durante toda su carrera. Agassi es el resultado de diversas contradicciones. Es el hijo de un padre que lo sentencia a ser número uno, que le pone una raqueta en sus manos cuando tiene dos años y que lo obliga, a partir de los siete, a pegarle a la pelota –literalmente- 2.500 veces por día. También es un hombre acosado que recurre a las drogas, que juega Roland Garros con ocultas extensiones en el pelo a cuya caída le teme más que a una derrota, que detesta pero no puede huir de la imagen que proyecta, que atenta contra su juego quebrando su disciplina, que a los 27 años cae al puesto 141 para recuperarse y alcanzar el primer lugar del ranking mundial.

Dentro del género, la autobiografía Rafa, de Rafael Nadal y el talentoso John Carlin, resulta atractiva para fanáticos del deporte pero tropieza con un protagonista que no presenta las fisuras y los contrastes que enriquecen y humanizan a un personaje. El enigma Del Potro, del periodista Danny Miche, en cambio abre hendijas para espiar lo que se teje detrás de un hombre introvertido, clausurado, acosado por la figura paterna, las lesiones, un destino elusivo, los recelos de colegas y un público con el que no logra conectarse.

La inexorable soledad del tenista aparece en todos los textos mencionados. El boxeador o el maratonista también enfrentan esta tara de las disciplinas individuales pero entran en contacto con el otro, en el cruce de golpes o en los momentos de la carrera en que se supera a un rival. En el tenis hay una distancia necesaria, un límite infranqueable, un aislamiento que se genera dentro de la cancha y que continúa en el exterior como secuela de una dinámica competitiva sin pausas. Cuando Agassi se casa con Steffi Graf, esta es la única otra persona en el mundo que hasta entonces, y al igual que él, ha ganado los cuatro torneos de Grand Slam y un oro olímpico; la única que puede entenderlo plenamente. Ante ella confiesa que siempre ha odiado el tenis. “Claro. ¿No lo odiamos todos?”, le contesta Graf.

El primer registro de la palabra tenis se encuentra en un documento de 1.451 firmado por el obispo inglés Edmund Lacy. Es un edicto de excomunión. Una sanción que condena, a quien la sufre, a una exclusión de la vida comunitaria.

© LA GACETA


Fragmento de Cómo Tracy Austin me rompió el corazón*

Por David Foster Wallace

He aquí una teoría. Los atletas de élite resultan atractivos porque encarnan los logros basados en la comparación que los americanos reverenciamos -son más rápidos, más fuertes- y porque lo hacen de una manera totalmente carente de ambigüedades. Las cuestiones de quién es el mejor fontanero o quién es el mejor contable de gestión son imposibles hasta de definir, el mejor lanzador de tiros libres en baloncesto o la mejor jugadora de tenis femenino están sujetos en todo momento a registros estadísticos públicos. Los atletas de élite nos fascinan porque apelan a nuestras obsesiones gemelas por la superioridad competitiva y los datos fríos.

Además resultan hermosos: Jordan flotando en el aire como una novia de Chagall, Sampras lanzando una volea en un ángulo que desafía a Euclides. Y resultan inspiradores. Los atletas de élite mundial que esculpen excepciones a las leyes de la física poseen una belleza trascendente que hace que Dios se manifieste con forma humana. Así que en realidad tengo más de una teoría. Los grandes atletas son la profundidad en movimiento. Permiten que abstracciones como “poder” y “elegancia” y “control” no solamente se hagan carne, sino también carne de televisión. Ser un atleta de élite en acción es ser híbrido exquisito de animal y ángel que los espectadores medios y no hermosos casi nunca conseguimos ver en nosotros mismos.

Así que queremos conocerlos, a esos triunfadores físicos superdotados y tenaces. También nosotros, como público, somos tenaces: no nos basta con ver el evento deportivo. Queremos tener una relación íntima con toda esa profundidad. Queremos entrar en ellos; queremos la Historia. Queremos oír historias de orígenes humildes, de precocidad, de constancia sombría, de desánimo, de persistencia, de espíritu de equipo, de sacrificio, de instinto asesino, de anestesia y dolor. Queremos saber cómo lo hicieron.

*Debolsillo.


Fragmento de ¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?*

Por Manuel Soriano

Patricia Lukastic fue la gran promesa del tenis argentino en la década del 90. Su biografía no aparece en Wikipedia, que sin embargo registra datos de varias de sus compañeras de generación, nombres abandonados como Laura Montalvo, Cristina Tessi o Federica Haumüller. Nació en Santa Rosa, La Pampa, el 22 de mayo de 1974. Su padre, Elián Lukastic, descendiente de polacos, la entrenó durante su carrera amateur y profesional. A los 15 años ganó el Orange Bowl, venció en la final a la estadounidense Luanne Spadea por 7-5 y 6-2. Dos años más tarde fue tapa de la revista World Tennis junto con la búlgara Magdalena Maleeva y la estadounidense Chanda Rubin, en una nota titulada “El futuro está en sus manos”; las tres sonríen para la foto, cada una empuña una raqueta y sostienen, por lo alto, una esfera gigante que representa a la vez una pelota de tenis y un globo terráqueo. En 1993 llegó a ser la decimosegunda mejor tenista del mundo según el ranking de la WTA; en ese momento medía 1,73 metro, pesaba 55 kilos y ya todo el mundo la conocía como Luka. En mayo de ese mismo año sufrió una severa lesión en las vértebras lumbares. Ganó tres torneos oficiales, acumulando un total de 1.828.624 dólares en premios a los largo de su carrera. El escritor estadounidense David Foster Wallace (1962-2008) le dedicó unas palabras en su crónica del Abierto de Canadá publicada en la revista Esquire en 1995: “Luka está en una cancha auxiliar practicando el revés paralelo desde la línea de fondo, cada pelota plana y derecha como una plomada aterriza a centímetros de la esquina. Su revés es a una mano, parecido al de Iván Lendl, y verla practicar es como ver a un gran artista bosquejando algo de manera casual. Es algo simplemente hermoso: un híbrido exquisito entre ángel y animal que los espectadores medios y no hermosos casi nunca logramos ver en nosotros mismos”. En 1996 llegó a la final del Abierto de Australia. Ese mismo año se resintió de su lesión en las vértebras lumbares y nunca se pudo recuperar. Era zurda. Se retiró del tenis profesional a los veinte años de edad.

*Alfaguara.


Fragmento de Open*

Por Andre Agassi

Soy un hombre joven, relativamente joven. Tengo 36 años. Pero despierto como si tuviera 96. Después de tres decenios corriendo a toda velocidad y deteniéndome en seco, saltando muy alto y aterrizando con fuerza, mi cuerpo ya no me parece mi cuerpo, sobre todo por las mañanas. Como consecuencia de ello, mi mente no me parece mi mente. Desde que abro los ojos, soy un desconocido para mí mismo, y aunque, como digo, no sea nada nuevo, por las mañanas la sensación resulta más pronunciada. Repaso brevemente los hechos básicos: me llamo Andre Agassi. Mi mujer se llama Stefanie Graf. Tenemos dos hijos, un niño y una niña, de 5 y 3 años. Vivimos en Las Vegas, Nevada, pero actualmente estoy instalado en una suite del hotel Four Seasons de Nueva York, porque participo en el Open de Estados Unidos. Mi último Open en América. De hecho, se trata del último torneo en el que voy a participar en toda mi carrera. Juego al tenis para ganarme la vida, aunque odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he detestado.

* Duomo

Comentarios