Cornejo, el nuevo rey de El Cadillal

Cornejo, el nuevo rey de El Cadillal

“Chumuco”, campeón del club de Caza y Pesca de la UNT, cuenta el romance que mantiene con el lago que está por cumplir 50 años de vida.

HISTÓRICO. Domingo Cornejo comenzó a pescar cuando el espejo recién se estaba llenando de agua. HISTÓRICO. Domingo Cornejo comenzó a pescar cuando el espejo recién se estaba llenando de agua.
“Comencé a pescar en El Cadillal cuando recién le estaban saliendo los brotes a los árboles que habían cortado para hacer la presa”, explica Domingo “Chumuco” Cornejo, que acaba de consagrarse campeón del club de Caza y Pesca de la UNT y que se prepara para celebrar los 50 años de ese sitio pesquero que, según sus propias palabras, desde sus mozos 19 años, siempre fue su segunda casa.

Oriundo de la localidad de Tapia, el pescador de 69 años cuenta que se dedicó a la actividad por las palizas que le daba su madre. “Cuando era chango me encantaba tocar la guitarra. Me llevaban a Raco y a San Javier. Por supuesto que me perdía varios días y mi mamá se enojaba mucho. Me esperaba ansiosa con un castigo y me lo tenía merecido. Después me llevaron a pescar y ya no paré más”, recuerda sonriendo al comentar que, cuando era joven, no había “paisana” que lo detuviera en su afán por divertirse en el espejo.

“Chumuco” es un hombre de pocas palabras, pero, cuando habla, todos lo rodean para escuchar sus anécdotas. Sobran los dedos de las manos para contar a los deportistas que comenzaron a pescar cuando El Cadillal recién se estaba llenando de agua. “Al principio pescábamos bagres y tarariras. ¡Qué bichos que sacábamos! Siempre de la orilla, porque reconozco que siempre fui un pescador orillero”, le cuenta a LA GACETA.

Cornejo se fue perfeccionando en el deporte con el paso de los años y la llegada de los pejerreyes. Dejó las líneas y pasó a utilizar cañas. También abandonó la orilla y comenzó a incursionar en la pesca desde una embarcación. “En los clubes siempre nos prestaban botes porque vivía dando vueltas por sus sedes. La primera vez entré con un amigo de Tapia y él me dijo que sabía remar. Me quedé tranquilo, pero cuando empezamos a dar vueltas en el mismo lado, me quería tirar al agua de la desesperación. Con el tiempo aprendí a remar y dejé de sufrir”, comenta.

El campeón del club de la UNT dice que tuvo muchos maestros en la pesca de esta especie. Y en la lista aparecen Francisco Delgado, “Tito” Yáñez, Carlos Niepagen, Carlos Nieva y Víctor Rueda, entre otros. “Todos ellos me transmitieron algo. Imagínese, usaba un paternóster y listo. Pero ellos me dijeron qué equipos debía utilizar en determinadas situaciones. También me los regalaron y me enseñaron a usarlos”, reconoce.

“Pero si tengo que elegir un profesor -agrega- me quedo con ‘Pancho’ Delgado. Él tuvo la gentileza de transmitirme todos sus conocimientos y de regalarme los mejores equipos que utilicé en mi vida. Eso sí, él me dijo: ‘Domingo, nunca lo uses cuando nos enfrentemos en un concurso’. Y hasta ahora cumplo con mi promesa. Eso sí, me di el gusto de derrotar en un concurso a don Miguel Saguir, un grande del deporte”, cuenta. El campeón de la UNT asegura que El Cadillal no tardó mucho tiempo en darles alegrías a los pescadores. “La gente comenzó a disfrutarlo a los pocos años que se inauguró. Es cierto que tuvo un bajón importante, pero se lo recuperó y hasta hace no mucho tiempo pesqué pejerreyes de entre 900 gramos y 1,5 kilo. ¿El más grande? Uno de 1, 8 kilo que capturé haciendo deriva por la zona de la Batea”, relata entusiasmado.

Leyendas doradas

Cornejo es uno de los pocos pescadores que sabe a ciencia cierta de la existencia de dorados. “Quizás muchos no quieran creer, pero sí hubo, y bastantes. Pude observar varios ejemplares capturados por distintas personas. Inclusive uno de mis hijos se dio el gusto de sacar uno de más de 7 kilos en la zona del río Tapia”, cuenta.

Él, según relata, no sólo no tuvo la dicha de capturar un amarillo, sino que aún sufre una lesión en su mano por una bestia que se le escapó. “Un día estábamos pescando con un amigo. Teníamos la costumbre de lanzar una caña para el pejerrey y otra para las tarariras a fondo. Tuve un pique impresionante y cuando cañé, pegué la mano con un borde del bote. Dolorido y todo, le presenté batalla. En realidad me ganó, porque después de sacarme todo el nylon del reel, se terminó escapando. Esta historia no la conté muchas veces porque usted sabe la fama que les hacen a los pescadores”, vuelve a bromear mientras se frota la mano derecha, esa que nunca más volvió a ser la misma desde que sufrió ese percance.

Cornejo sonríe cuando se le pregunta sobre los supuestos espantos que atacan a los pescadores las noches de luna llena en El Cadillal. “Y se habla mucho de ese tema, que en la zona del Cementerio de los Indios, que en Tapia, que en la Batea y qué sé yo. La única situación que viví fue cuando un silbido espantó el caballo que montaba y después los perros comenzaron a ladrar. Me dijeron que me habían espantado, pero para mí fue el viento que hizo un sonido extraño”, reconoce con el rostro serio.

“Pero a mí me espantaron los ‘milicos”, agrega rápidamente. Un sábado, como cualquier otro, en plena dictadura, “Chumuco” decidió dejar su casa de Tapia para ir en bicicleta hasta un lugar de India Muerta donde le habían comentado que se estaba pescando muy bien. En medio del recorrido descubrió soldados parapetados con ametralladoras. Allí se dio cuenta de que no tenía documentos y se asustó en serio. Sabía que si se quedaba escondido corría peligro de ser atrapado; y que si volvía a la ruta, se encontraría con más militares. Decidió entonces esconder la bicicleta y, con la caña en mano, salir caminando para que lo vieran. “Me imaginé que a un deportista no le dirían nada o por lo menos no lo detendrían”, recuerda.

“Debo haber caminado unos 200 metros y sentía olor a muerte. Haciéndome el distraído, de reojo nomás, descubrí dos camiones y varios ‘milicos’ descargando bultos. No pude ver qué era, tampoco quería mirar mucho. Unos pasos más y los tipos de la ametralladora me detuvieron. ¿Qué hace usted por acá? Me preguntaron, mientras me rodeaban entre tres. ‘Sólo vine a pescar’, les dije. ‘¿Usted observó algo extraño?’, insistieron. Y cuando les dije que no, me mandaron a la casa porque sabían que algo malo estaban haciendo y no querían que los viera”, cuenta, en el único tramo de la nota en la que se lo ha observado golpeado.

Dueño de vida

Cornejo, antes de ser pescador, fue peón rural, sacó pedazos de yeso de los cerros que no se cansaba de caminar para vendérselos a las canteras y también hizo la picada del camino del Perilago. Recién en 1981 encontró estabilidad laboral al ser contratado por la Dirección de Recursos Hídricos. “Mi función era controlar que nadie robara agua de las acequias y del río de manera ilegal. Algunos se enojaban cuando les cerraba el desvío y otros se alegraban porque les hacía llegar el agua para que pudieran cuidar sus huertas. Trabajé más de 30 años ahí y nunca, pero nunca perjudiqué a alguien ni tampoco me compraron”, asegura con tono firme.

Pero los tiempos han cambiado. El Cadillal, según el pescador, sufre por el nivel de agua que tiene el espejo. “De a poco lo están matando. Es una lástima que nadie haya hecho nada por el proceso de sedimentación que viene sufriendo desde hace décadas. Tampoco se hace nada para cuidar el nivel de agua. Se le saca constantemente y sin importar nada. Así, tarde o temprano, terminará muriéndose”, dice con tono firme.

“Chumuco” dice que él jamás utilizó una red para pescar, a pesar de que esa es una práctica muy difundida entre los lugareños. “Hay mucha gente que los usa, pero sólo saca para comerse un par de sábalos o para regalar a sus familiares. Distinto es el panorama de aquellos que desde hace años tiran trasmallos y sacan todo. Haga de cuenta que me sacan parte de mi vida cuando hacen algo así”, opina con tono firme el ahora jubilado.

El campeón de la UNT no se cansa de repetir que 2015 será inolvidable. Por primera vez salió ganador de un campeonato y atesorará para siempre el anzuelo de oro que le entregó el jujeño Julio “Boyas Anta” Castro por el logro.

“Este año llegaron muchas bendiciones. Y por supuesto que tengo sueños. Me gustaría que haya más controles en el espejo. Que los clubes sigan creciendo para el bien de todos los deportistas y que no sufran por la falta de agua. También me encantaría que El Cadillal, el lugar que llevo en el alma, se transforme en un gran centro turístico como se pensó que sería hace 50 años. Tengo 69 años y muchas ganas de vivir para ver este lugar renaciendo, como los brotes de los árboles que descubrí cuando vine a pescar por primera vez”, concluye.

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