El peligro de apostarle a la belleza

El peligro de apostarle a la belleza

Para salvar a París se necesita ser despiadado. Cobertura internacional elaborada por periodistas del New York Times.

LUCES DE CIVILIDAD. “París ha puesto sus fichas en la belleza, una apuesta por supuesto, pues la belleza invita a ser destruida”, analiza Roger Cohen. reuters LUCES DE CIVILIDAD. “París ha puesto sus fichas en la belleza, una apuesta por supuesto, pues la belleza invita a ser destruida”, analiza Roger Cohen. reuters
28 Noviembre 2015

Roger Cohen

Los recuerdos, decía el poeta francés Guillaume Apollinaire, son como el sonido de los cuernos de los cazadores que se desvanece en el viento. En París, yo he amado, tenido hijos, soñado, vagado, me he perdido y vuelto a encontrar. En cada intersección hay una invitación, en cada puente, un recordatorio. Por eso sentimos la carnicería perpetrada en esta ciudad como un asunto personal.

La herida del ataque supura en el aire húmedo. Cualquier persona afinada con París lo siente. Los franceses han visto muchas cosas, han adquirido un feroz realismo que se rehusa a adornar la vida, y han dominado el gesto de la indiferencia. Ellos van a sobrevivir. Pero, de todos modos, están estremecidos. Hay un vacío en las calles tan desiertas, una nueva suspicacia en las miradas que miden al extraño, un hastiado entumecimiento.

El subte de París ha reportado una disminución del 10% en el número de pasajeros desde que el Estado Islámico asesinó 129 personas al azar el 13 de noviembre. La gente, sobresaltada, huye de sonidos fantasmas. Mi amiga Anne Salazar Orvig, profesora de Lingüística en la Sorbona, cuenta que trató de impartir una clase de primer año, pero debió abandonarla porque los estudiantes, simplemente, no estaban presentes.

París está afligida por la ausencia. La de los muertos, por supuesto, pero también la de los visitantes que se fueron asustados; la de las mentes ateridas de miedo por la tranquilidad perdida. La ciudad se siente vulnerable. Su luminosa tolerancia es intolerable para los fanáticos yihadistas.

“¿Nos atacan por lo que hacemos o nos atacan por lo que somos?”, se interroga el politólogo Dominique Moisi, preguntándose si Francia fue puesta en la mira debido a sus extremas campañas militares o porque es un país libre y democrático que ha expulsado a Dios de la esfera política. Yo creo que Francia fue atacada más que nada por lo que es. Y eso, a su vez, es aterrador.

En esa lógica, cualquier miembro de la sociedad francesa -o, por extensión, de nuestra civilización- puede ser un blanco. Por supuesto que la amenaza no es nueva pero, como cuando un tumor canceroso hace metástasis, de pronto se siente ubicuo. Creo que París nunca me había parecido tan preciosa y tan precaria como la semana pasada.

La despreocupación es un placer parisino. Pero ahora la despreocupación se siente cargada de peligro. Hay demasiado de eso en Occidente. Se ha subestimado al enemigo, cuya máxima es causar el máximo daño y desafía todo intento de clasificación. Para salvar a París del Estado Islámico se necesitará ser despiadado.

Siempre nos quedará...

París ha cambiado sólo lo necesario para seguir siendo la misma. Pese a su aburguesamiento, París se ha opuesto a la homogeneización de nuestros tiempos, obsesionados por las marcas. La ciudad sigue siendo ella misma. Es el refugio para nuestras esperanzas, el repositorio de nuestras fantasías, el reducto de un pintoresco y viejo mundo. París ha puesto sus fichas en la belleza, una apuesta por supuesto, pues la belleza invita a ser destruida.

Subiendo por la Rue Mouffetard me encuentro a Nicos Moraitis, un inmigrante griego que llegó a París hace 30 años. Es dueño de una crepería llamada Chez Nicos. Moraitis me dijo que su negocio se ha reducido en un 40% desde los ataques. Le gente se queda en casa. “Yo tengo 57 años; he vivido mi vida. No me preocupo por mí. Si me matan, bueno, pues adiós. No creo en Dios, pero sí me preocupan la próxima generación y mis nietos. ¿Qué quieren estos asesinos?”, se pregunta. “Necesitamos tranquilidad”, me dice. “Esta es una ciudad en la que, si nos sentimos tristes, salir a caminar puede levantarnos el ánimo. Pero un ataque más y nadie podría saber lo que va a suceder.”

Solo un tonto diría que es imposible que lancen otro ataque. Le pregunté a un viejo amigo, Goran Tocilovac, un escritor serbio que adoptó a París desde hace mucho tiempo, lo que pensaba de la pregunta de Moisi sobre los motivos del ataque.

“Yo creo que, más que nada, es por lo que hacemos en Mali o en Siria -subrayó Goran-. Pero eso es el resultado de lo que somos. Estamos acostumbrados a amar ciertas libertades y las vamos a defender.”

Esa respuesta me consoló de cierto modo. Las democracias son lentas para enojarse, pero son formidables una vez excitadas. Yo no sé si después de Afganistán, después de Irak, la democracia más grande, Estados Unidos, tendrá la capacidad de excitarse para lanzar una respuesta militar convincente en contra del Estado Islámico. Por París, pero también por Nueva York, debería de hacerlo.

“Siempre nos quedará París” -el comentario del personaje de Humphrey Bogart al de Ingrid Bergman en “Casablanca”- es una de las líneas más célebres del cine. Sin embargo, la pregunta desesperada que la antecede generalmente queda en el olvido: “¿qué será de nosotros?” Bogart le está diciendo a Bergman que lo deje y se vaya con su marido en el avión, para que pueda ser preservada la París de su breve pero eterno romance. Le está diciendo a ella que París -su París, el París de tantos sueños- es algo delicado e infinitamente precioso cuya sobrevivencia requiere decisiones dolorosas y valientes como la suya.

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