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El sueño de Camus

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Gustavo Martinelli
LA GACETA

Hace 58 años, al recibir el Premio Nobel de Literatura, Albert Camus pronunció, en el marco de un discurso célebre, estas palabras memorables: “indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo; la mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. Claras y contundentes, las palabras del autor de “El extranjero” hacen eco también en nuestros días. De hecho, para la actual generación de jóvenes inconformes, la tarea tal vez sigue siendo la misma que la de Camus. Impedir que se continúe retrocediendo puede ser un gran avance. Por eso el replanteo de la educación -de lo que la educación debe significar en un mundo que lucha contra su propio exterminio-, está entre los pasos impostergables que es necesario dar.

No sólo por la descomposición social, el abandono de los desposeídos, el consumismo desmedido y la violencia a ultranza; también por la educación errada y la ausencia de valores. A tal punto que hemos entrado en una fase en la que, en efecto, es tan grande el desánimo que sobran las palabras, o que los términos se nos antojan huecos y vacíos de tanto ser pronunciados. Estamos, como diría Sandor Marai (el gran novelista húngaro), en uno de esos momentos en los que las palabras se han vuelto inútiles, como los monumentos: “se han convertido en ruido... su sonido se ha distorsionado”.

Y tiene razón Marai: no es el momento de las palabras. Pero tal vez sea el momento de la acción. Sí, porque la Argentina requiere -hoy más que nunca- una catarsis ética. Más incluso que una recuperación económica. Precisa poder volver a confiar en aquellos que nos representan y que se erigen en portavoces de los intereses de todos. Porque la corrupción ya no es sólo un pecado individual; es una multinacional globalizada. En la Argentina, sin ir más lejos, tenemos un vicepresidente procesado, pero en España la corrupción también salpica a la Casa Real y en Roma prelados ilustres del Vaticano acaban en la cárcel o los tiene que expulsar el papa Francisco. Tal vez por eso existe la sensación de que nos encontramos viviendo en una especie de Sodoma y Gomorra de la corrupción. Aunque siempre se relacionó aquella metáfora del castigo bíblico con los pecados del sexo, una tradición rabínica explica que los pecados eran de “apego a las ganancias”, de excesiva codicia; lo que les habría llevado a abandonar a los más necesitados. Se trataría, entonces, de un pecado de corrupción y avaricia. Ni más ni menos como sucede hoy en nuestra sociedad. De hecho, el mismo papa Francisco se encarga de recordar en sus homilías que el gran defecto de nuestra sociedad es justamente el materialismo sin freno y el consumismo feroz. Por si hiciera falta recordarlo: en el libro del Génesis, el patriarca Abraham les pide a los dos ángeles que le anunciaron la destrucción de Sodoma y Gomorra, que solicitaran a Dios misericordia y perdón. Y Dios acepta, pero pone una sola condición: que Abraham encuentre en Sodoma y Gomorra por lo menos a diez hombres justos. Por supuesto, el patriarca no los pudo encontrar y la justicia de Dios cayó sobre aquellas ciudades corruptas como un rayo letal. ¿Es posible encontrar hoy un puñado de hombres públicos justos y éticos, para quienes la honradez aparezca aún como un valor digno de ser ejercido? ¿Habrá aún “diez justos”, “diez no corruptos” que se animen a dar el ejemplo en la política, en la justicia y hasta en el deporte? Es muy probable que sí. Sólo es cuestión de que se hagan visibles.

Los filósofos romanos decían que no hay nada peor que “la corrupción de los mejores”. Y lo mejor de la humanidad, ayer y hoy, son nuestros hijos jóvenes, porque llevan aún viva en sus cromosomas la esencia de la esperanza. Si les sellamos la boca a la fuerza para que no griten su rabia, si les empujamos con nuestro ejemplo a perder los valores que siempre salvaron a los humanos para pasar a formar parte del gran festín moderno de la corrupción, si los preparamos para que al llegar a adultos se conviertan en cínicos e incrédulos, es posible que la metáfora del Sodoma y Gomorra pueda resucitar. Los jóvenes se están quedando huérfanos de figuras simbólicas. Mandela ya se ha ido. Las Madres de Plaza de Mayo cayeron aplastadas por la corrupción y el veneno de su propios dirigentes. Las abuelas, por el pecado de omisión. Hoy adquiere fuerza quizás la sencillez y el coraje del papa Francisco, que dijo sin tapujos: “No me gustan los jóvenes que no salen a la calle a protestar”. ¿Un Papa subversivo o uno de esos diez justos que los jóvenes están necesitando para poder evitar que nuestra sociedad se deshaga como temía Albert Camus?