“Si levantaba la cabeza, me pegaban; y si miraba, me pegaban”

“Si levantaba la cabeza, me pegaban; y si miraba, me pegaban”

Carlos Ausili relató la represión en la plaza Independencia el lunes 24 de agosto.

RECIÉN OPERADO. Carlos mostró la placa donde se ve el electroestimulador. LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO RECIÉN OPERADO. Carlos mostró la placa donde se ve el electroestimulador. LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO
03 Septiembre 2015
Ya casi era martes. Carlos Ausili (41) estaba en un bar de Muñecas y Sarmiento esperando a que apareciera un taxi. Miraba el televisor que, a todo volumen, estaba mostrando la represión policial en la Plaza Independencia, a nueve cuadras de allí. Le sangraban la nariz -hinchada- y la boca y le dolían el pecho y la cabeza. No tenía su teléfono celular. Escuchó que en la transmisión alguien hablaba del chico con Parkinson al que policías habrían detenido y golpeado brutalmente. Escuchó su historia.

Horas antes, Carlos, padre de una adolescente de 13 años, había llegado solo a la plaza para sumarse a los miles de tucumanos que se manifestaban esa noche por primera vez para denunciar fraude en las elecciones provinciales del 23 de agosto. Su madre, Herminia Varela también estaría en la marcha. “Fui porque estoy cansado de los chanchullos, del mal manejo de la política. Siempre que hay elecciones pasa algo. Y no soy de ningún partido”, explica. Enumera indignado las urnas quemadas, urnas rotas y urnas llenas. Y encuentra una palabra que describe mejor su estado: dice que está harto. 

“Estaba en San Martín y 25 de Mayo cuando tiraron el gas y salió Infantería, me acerqué a la Casa de Gobierno para cubrirme de los caballos. Me agarraron de atrás tres policías de uniforme”, relata a LA GACETA. Recuerda que tenía una bandera argentina atada al cuello y otra en la mano. Una vez que lo llevaron a la Casa de Gobierno comenzó el calvario. Fue el primero en ser apresado. “No veía nada, las luces estaban apagadas. Me pegaron entre los tres. Me pusieron contra la pared. Quise sacar mi celular, me pegaron otra piña. Me gritaron ‘¡Callate!’. Me llevaban en el aire. Cada uno que cruzábamos, me golpeaba”, lamenta. Lo dejaron en el suelo de una habitación. Allí fueron depositados también los otros chicos: “me pateaban. Les dije que no lo hicieran en la cabeza, que me iban a matar. ‘¡Sí, te vamos a matar hijo de puta!’, me gritó una policía. Me cubrí con los brazos. Si levantaba la cabeza, me pegaban y si miraba me pegaban. Les pedí agua para tomar mi pastilla. Me estaba endureciendo entero”. 

Carlos no exageraba al advertir que la paliza podía matarlo. Cuando tenía 25 años y tras peregrinar por decenas de consultorios, le diagnosticaron Parkinson, enfermedad degenerativa del sistema nervioso que, como detalla Herminia, hace que su cuerpo fluctúe entre los movimientos involuntarios y dolorosos entumecimientos, entre otros síntomas. “Lo peor son los golpes en la cabeza. En junio me operaron, tengo un electroestimulador en el cerebro. Por eso estuve dos meses en Buenos Aires ¡Ni sabía quiénes eran los candidatos a intendente! El médico me recomendó que me cuide la cabeza. Ahora tengo un poco hundido”, muestra preocupado. Exhibe una cicatriz circular arriba de la frente y las marcas que dejaron sobre esta las lastimaduras por las patadas. Las radiografías que levanta permiten ver el aparato (tiene una cajita en el pecho y cablecitos y electrodos en la cabeza), que funciona como una especie de marcapasos y que atenúa los síntomas.

El hombre asegura que recién pudo buscar la medicación de su bolso y tomarla cuando la senadora Silvia Elías, que estaba en la marcha, pidió verlos. Caminó hacia donde estaba, trastabilló porque sus músculos ya no respondían. “Si no intervenía, todavía nos estaban pegando. Por suerte recuperé el bolso, pero a mi celular no me lo devolvieron”, denuncia.

Tras el encuentro, fue liberado junto a cuanto menos cinco chicos más. Ensangrentado, caminó por la calle Muñecas. Aún guarda la ropa que vestía: un pantalón claro sucio con hollín y tierra y un pullover cuyas mangas -con las que se protegió- lucen manchones de sangre seca.  Su mamá, que es la encargada de desdoblar y exponer las prendas, se fue apenas los gases lacrimógenos nublaron el cielo. “No nos encontramos. En mi vida había estado en una manifestación. Vi los caballos salir corriendo y casi me atropellan. Fui a un bar a comer y vi en la TV lo que estaba pasando y decía ‘¡qué horror!’”. Herminia asegura que jamás imaginó que su hijo estaba en el tumulto: “casi me muero cuando me enteré. Sentí una mezcla de impotencia y odio, de ganas de llorar y de gritar”, se indigna Herminia. Carlos hizo la denuncia en la comisaría Primera y se presentó en la Fiscalía IX.

 Él y su mamá volvieron a la plaza en las sucesivas manifestaciones, pero miraron de lejos. “Les pido a los tucumanos que sigan yendo. Si aflojamos nos pasan por encima. Si yendo ya lo hicieron, no yendo será peor”, convocó. 

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