Los alquimistas de las palabras y sus adioses singulares

¿Qué escribió Ernest Hemingway antes de morir? ¿Qué frase pronunció Edgar Allan Poe con su aliento final? ¿Qué susurró Julio Cortázar antes de jugar su última rayuela? Muchos conocen en profundidad sus novelas, cuentos y poemas, pero muy pocos saben cuáles fueron sus últimas palabras.

14 Ago 2015 11

La literatura está llena de escritores prodigiosos. De alquimistas que dejaron un legado de metáforas tan valiosas como gemas iridiscentes. De maestros que usaron la palabra como una espada y también como una letanía. Homero y Virgilio, Dante Alighieri y William Shakespeare, Jorge Luis Borges y Emily Dickinson son hoy recordados más por sus obras perdurables que por sus vidas oscuras y tormentosas. De hecho, muchos conocen sus poemas, sus cuentos, sus novelas y sus ensayos, pero muy pocos saben sobre sus últimas palabras. ¿Qué escribió Ernest Hemingway antes de morir? ¿Qué frase pronunció Edgar Allan Poe con su aliento final? ¿Qué susurró Julio Cortázar antes de jugar su última rayuela? Podemos imaginarlos, tal vez, con sus trajes de época, volcados sobre un escritorio plasmando su arte, pero -curiosamente- pocas veces alcanzamos a percibirlos en sus lechos de muerte. ¿Dónde estaban? ¿Para quienes eran esas miradas finales?

El viejo sin el mar

Un caso emblemático es el de Ernest Hemingway, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1954, que falleció tras perder su dolorosa lucha contra el alcoholismo y la depresión. Cuentan sus biógrafos que, a principios de 1961, el autor de “Por quién doblan las campanas” y de “El viejo y el mar” estaba tan enfermo que había comenzado a recibir un tratamiento de electroshock para revertir tanto su depresión como la intensa paranoia que lo tenía fuera de la realidad. Pero esas terapias extremas nunca dieron resultado. El 2 de julio de 1961, abatido y casi sin fuerzas, tomó su escopeta y se disparó en la boca. Sus últimas palabras -que dejó escritas en un cuaderno de tapa roja perforado por una bala- fueron para su esposa: “Buenas noches mi gatita”.

Los niños de Barrie

No menos desconcertante es el final de James Mathew Barrie, autor de “Peter Pan”. Con una vida prolífica que le permitió llegar a la ancianidad sin mayores sobresaltos, el escritor británico tuvo sin embargo grandes dolores. Para escribir su famosa obra “Peter Pan”, Barrie se había inspirado en la vida de unos niños que había conocido en su juventud y de los que se hizo cargo cuando su madre falleció. Pero aquellos niños tuvieron un destino trágico que nunca retrató la película “Descubriendo el país de Nunca Jamás” (2004), protagonizada por Johnny Depp: George, el mayor, murió en el frente de batalla inglés durante la Primera Guerra Mundial; Michael, el más querido por Barrie, falleció ahogado junto a su mejor amigo, en lo que luego se consideró un pacto suicida y, años después, Peter (el que prestó su nombre a la famosa obra infantil) se suicidó lanzándose al paso de un tren en Londres. Todas estas tragedias afectaron terriblemente al escritor, que pasó sus últimos días recluido y solo. Murió a los 77 años a causa de una neumonía fulminante. Relatan sus biógrafos que momentos antes de morir, Barrie recuperó la conciencia y comenzó a reír, mientras estiraba sus manos llamando a aquellos niños. Sus últimas palabras fueron: “No puedo dormirme ahora, tengo que jugar. Mis niños me esperan”.

Poe, el misterioso

El escritor inglés Edgar Allan Poe, padre del relato detectivesco, también tuvo una despedida misteriosa. Proclive a la bebida desde muy joven (se decía que una copa de whisky lo ponía eufórico, pero dos copas lo perdían por completo), el escritor se sumió en sus últimos años en una depresión de la que nunca saldría del todo. Cuentan que la gente solía verlo vagando ebrio, lunático y totalmente fuera de sí. Finalmente el autor de “La carta robada” murió en circunstancias poco claras, el 7 de octubre de 1849, abandonado, solo, y hundido en la pobreza más abyecta. Hasta hoy, su muerte sigue siendo uno de los misterios más insondables de la historia de la Literatura. Algunos sostienen que fue objeto de un extraño secuestro, otros, que fue asesinado. Sin embargo, cuatro días antes de su muerte, el 3 de octubre de 1849, el escritor fue encontrado en las calles de Baltimore, en un estado delirante y luciendo harapos que no le pertenecían. Fue llevado de inmediato al hospital universitario de Washington, donde murió el domingo 7 de octubre. Tenía sólo 40 años. En ningún momento tuvo la lucidez necesaria para explicar de forma coherente cómo había llegado a dicho estado. Sólo alcanzó a pronunciar la siguiente oración antes de lanzar su último aliento: “Señor, ayuda a mi pobre alma”.

La casualidad de Julio

El argentino Julio Cortázar tuvo un final singularmente poético. En enero de 1984, ya enfermo de leucemia el autor de “Rayuela” hizo un esfuerzo para visitar por última vez la Biblioteca de Arsenal en París. Lo hizo camino al hospital, donde iba a internarse para recibir apoyo paliativo. Estaba débil y cansado como para mirar aquellos libros como él quería. Su primera mujer -y ángel guardián de su obra- Aurora Bernárdez lo ayudó a echar un ultimo vistazo a esa catedral del saber que tanto amaba. “Para mí la muerte es un escándalo. Es el gran escándalo. Es el verdadero escándalo”, había escrito años antes el mismo Cortázar. El 12 de febrero de 1984, en el hospital de París, ese escándalo terminó por vencerlo. Sus últimas palabras fueron: “denme un calmante y un libro de John Keats”.

Era pleno invierno en Europa y el frío atería la garganta. En Buenos Aires, en cambio, había una invasión las mariposas. Los científicos explicaron que esa curiosa contingencia se debió a una oleada de calor. Sin embargo nunca volvió a verse una situación semejante. Cortázar hubiera dicho que era una casualidad; aunque sus lectores saben que las casualidades no existen... ¿O sí?

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