Tan corrosiva y reveladora como un ataque de furia

Tan corrosiva y reveladora como un ataque de furia

Son seis historias que no se relacionan entre sí, protagonizadas por individuos llevados al límite del estallido emocional. Un avión, un restaurante al paso, una ruta salteña, el centro porteño, una mansión y una boda son los escenarios en los que se desarrollan los capítulos.

Antes que nada, un apunte: “Relatos salvajes” es la clase de película que el cine argentino necesita. Cine de género, bien filmado, inteligente, capaz de pensar al mismo tiempo en el hecho artístico y en el espectador. A la vez, con la capacidad para movilizar una estructura de trabajo que, algún día, podría traducirse en una industria. Que en los ámbitos académicos los métodos y las temáticas de Damián Szifron no generen simpatía invita a debatir en profundidad qué se enseña y a qué se apunta en una escuela de cine. Pero no nos vayamos del tema.

Szifron rescata en sus “Relatos salvajes” el incombustible formato de la película en episodios. El hilo conductor no atraviesa las historias, que son absolutamente independientes; los capítulos están unidos por la tensión y por la iracundia que domina a sus protagonistas. Personas comunes empujadas a situaciones extremas, con las que resulta casi imposible no empatizar. Szifron invita a que cada espectador remueva sus experiencias, que es un ejercicio liberador y para nada dañino. No al menos en la escala a la que trepan los desenlaces de los relatos.

Para manejar esa carga de violencia que cruza cada historia Szifron apela al recurso que mejor le sale: el humor. Los diálogos que escribe son filosos, por lo general breves. Estiletazos verbales que descomprimen o subrayan los pasajes más dramáticos. Ya lo había demostrado en el cine (“Tiempo de valientes”) y en la TV (“Los simuladores”, “Hermanos y detectives”). Hay en Szifron un artesano certero en el manejo de la acción y un narrador ajustado. Por eso “Relatos salvajes” no se le va de las manos.

Visualmente impecable, la película se apoya en otra pata de imprescindible solidez. Las actuaciones son soberbias. Ricardo Darín es un ingeniero experto en explosivos abrumado por la burocracia. Mientras la grúa le lleva el auto su vida entra en crisis. La resolución de este episodio es extraordinaria. Oscar Martínez encarna a un millonario que hará lo posible para que su hijo no vaya a la cárcel, en un juego que parece banalizar la corrupción, pero es todo lo contrario. Leo Sbaraglia, en tanto, desciende (¿o asciende?) al más puro primitivismo en un recorte de road-movie digno de Quentin Tarantino. Del capítulo de Darío Grandinetti a bordo de un avión -el segmento más corto- es mejor no adelantar nada.

Atención con la ira contenida en cada mirada de Rita Cortese, letal cocinera de un restaurante enclavado en el medio de la nada. Y, sobre todo, está Erica Rivas. La novia desbordada cuando descubre en plena fiesta de casamiento que su flamante marido la engaña es un punto altísimo de “Relatos salvajes”. Por algo Szifron eligió esta tragicomedia para cerrar la película. Rivas es una comediante maravillosa y aquí se luce desde lo gestual y desde el máximo desborde físico.

Cada personaje es prisionero de un lugar común social, de esos que transitamos casi a diario. La habilidad de Szifron radica en haber encontrado la vuelta de tuerca justa para convertir lo habitual en excepcional. Se entienden entonces los aplausos que recogió en el Festival de Cannes, la distribución internacional asegurada y el espaldarazo proporcionado por Warner. Si “Relatos salvajes” alcanza el éxito será por méritos propios. Sin ser genial ni un clásico moderno, porque tampoco aspira a calzarse esos atributos.

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