"El misterio de la felicidad": Y los sueños, sueños son

Santiago es amigo y socio de Eugenio de toda la vida. Tienen un próspero negocio de electrodomésticos y la vida parece sonreírles. Pero un día Eugenio desaparece y Santiago dedica todos sus esfuerzos a tratar de encontrarlo y a entender qué pasó; Laura, la esposa del ausente, intervendrá decisivamente en la búsqueda.

18 Ene 2014
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Guillermo Francella es uno de los mejores actores del cine argentino actual. En cada uno de sus trabajos confirma que es capaz de transmitir perfectamente las vivencias del personaje que le toca componer, y parece definitivamente alejado de los tics que le granjearon una enorme popularidad por su tarea en la televisión, la que, es preciso decirlo, cumple también con una envidiable eficiencia. Enseguida viene a la memoria su extraordinaria actuación en “El secreto de sus ojos”, pero ese trabajo no es una excepción en la filmografía de Francella. En esta oportunidad, vuelve a entregar una tarea destacable, medida, cuidadosa y muy efectiva en la piel de Santiago, un tipo común (de esos que le encanta encarnar al actor) al que le toca vivir una circunstancia especial a partir de la desaparición de su amigo y socio de toda la vida. Se presenta Laura, la mujer del ausente, y los problemas adquieren una complejidad mucho mayor.

El motivo por el cual esta crítica arranca con el elogio a la tarea de Francella obedece al hecho de que en gran parte, la película de Burman se apoya en este trabajo y gira alrededor de él. Es cierto que los demás personajes están correctamente cubiertos (hay que celebrar el regreso a las pantallas de Inés Estévez, a pesar de cierto esquematismo de su personaje en las primeras escenas), pero es la labor del protagonista la que sostiene a la película.

Puede criticarse el convencionalismo con el que Burman narra la historia, pero no es éste el principal problema del filme. Los puntos flojos están en ciertos tramos del guión, en los que las obviedades y hasta los lugares comunes se ven venir, y se concretan inexorablemente. La reiteración de escenas conspira contra el ritmo del relato y un concepto bastante superficial de lo que pueden ser los sueños en la vida de los seres humanos conduce a un final bastante cantado. Pero Burman no intenta un ensayo filosófico, y es cierto que el filme redondea un entretenimiento más que recomendable, bien realizado y mejor actuado.

En fin, parece que Santiago olvidó lo que decía Calderón (el poeta madrileño, no el delantero de Independiente que después jugó en Arsenal) en el soliloquio de Segismundo de “La vida es sueño”: “¿Qué es la vida? Una ilusión, /una sombra, una ficción, /y el mayor bien es pequeño: /que toda la vida es sueño, /y los sueños, sueños son.”

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