La última de Woody Allen

La protagonista de Blue Jasmine ve cómo explota una vida aparentemente idílica, apoyada en una ficción. Jasmine tiene la oportunidad de redimirse, de empezar de nuevo, pero elige mentir -y mentirse- nuevamente, para encontrar una versión alternativa del paraíso perdido..

08 Dic 2013
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Por Isabel Peña - Para LA GACETA - Buenos Aires

No sin razón el último film de Woody Allen ha dejado pensativo al público. La primer imagen que regala Blue Jasmine es un avión que se acerca al espectador, y en un giro sorpresivo lo deja como pedaleando en el aire. Se lo siente pasar alejándose hacia el mismo lado de la pantalla por el que vino, pero en sentido opuesto. Uno se reubica súbitamente como observador dentro y fuera de la escena, desde el minuto cero. La banda de sonido acompaña esta metáfora del estado de la protagonista.

Usando diversas estrategias, Woody Allen condensa al iniciar sus películas las hipótesis conceptuales; anticipa los juegos del lenguaje o el clima que reinará en cada caso, sin arruinar la textura narrativa.

En el interior del avión, Jasmine va hablando a ritmo vertiginoso de Nueva York a San Francisco. Su compañera de asiento no puede escapar a la verborragia. Aterrizan pero Jasmine no para; se va autoexaltando en el transcurso del monólogo hasta gritar a la nada y a todos que la que está por llegar es su valija (en realidad, un set de valijas de Louis Vuitton). Su vecina logra alejarse, exhausta. Primer clarísimo indicio de que la protagonista está loca o muy desconectada; de que no puede parar, no escucha ni logra considerar al otro. Vive añorando un pasado de bienestar que, como se va comprobando en los flashbacks, es hasta más vacío, muerto y enmascarado que su presente, en el que al menos aparece esa posibilidad de cambio que abren las crisis.

Luego sufre trastornos de ansiedad. Hace esfuerzos sobrehumanos por adaptarse al downgrade que le propone la vida. El espectador se esperanza. Acaso la humildad que le ofrece el reencuentro con su hermana (voz portadora de la verdad lisa y llana que Jasmine no puede aceptar) la rescate. Tal vez una vida acorde con su nueva realidad, el encuentro con sus sobrinos, o con un hombre, la rediman de la locura.

Las hermanas parecen polarizadas en extremos opuestos, como en cualquier familia. Pero son hijas adoptivas de padres que alegaron sus limitaciones y preferencias a la genética, como tirándole el fardo al origen biológico de ellas. ¿Cómo quedaron marcadas por su historia familiar? ¿Cómo hace cada una para salvarse o volver a empezar? Ambas son loosers. La que sigue un mandato menos ambicioso y acepta con humildad lo que le toca es más feliz, solidaria y sana. Se hace cargo y puede amar.

El costo de reinventarse

En una fiesta donde Jasmine está conociendo a un hombre (que como objeto-pasaje a un mejor status parece tranquilizarla más que el alcohol o las pastillas), su bellísimo rostro en primer plano hace un segundo de silencio, iluminada por el atardecer. En ese momento decide tomar el camino de la mentira. Se lanza a improvisar. Recrea descaradamente lo fallido, lo vulnerable o vergonzoso en su historia. Se reinventa otra vez, cambia su nombre por uno más poético, como edulcorando su origen. Pero el peaje de la fantasía tiene un costo que la llevará directamente al derrumbe de sus planes, al aislamiento y la autodestrucción. En el trauma de la desilusión y el vacío espiritual de esta mujer, el guión parece señalar que la realidad es más poderosa que la mentira.

Algo parecido a esa imagen del avión que parecía venir hacia nosotros y nos descoloca, le ha pasado al personaje que interpreta Cate Blanchett. Se desmorona con una fragilidad impecable. Logra decir la patética verdad a sus sobrinos, pero no hay compasión en su mirada, predominan el orgullo, el enojo, la amargura. Mientras la protagonista subsiste de pie entre el vodka y el Xanax, su vida anterior se nos despliega igualmente negadora. El mundo de Jasmine, bello por un tiempo, los fraudes financieros millonarios del marido -a los que hizo la vista gorda- le permitieron vivir en Nueva York, en la cresta de la ola, pero cornuda y con plata mal habida.

Hay momentos en los que Woody Allen revela con más contundencia la agudeza crítica que subyace en su obra. Ya sea con inaudita levedad, literal o subrepticiamente, entrega películas plagadas de guiños y preguntas que nos despabilan mientras pinta su aldea, la de Barcelona, París o Roma. Sólo el esnobismo puede destacar únicamente sus películas más “serias” o trágicas. Pero en colaboración con Cate Blanchett, han creado en Blue Jasmine una clara tensión entre el humor de lo absurdo y el drama. De una historia simple y basada en la realidad, esta tensión emerge con una vitalidad y una hondura inusitadas.

© LA GACETA

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