Luces y sombras de una historia que parece un cuento Máxima

Los libros con príncipes y princesas perdieron el lugar privilegiado que tenían en las bibliotecas juveniles. En una época en que crece en el mundo el rechazo a las vidas de los miembros de la realeza, una argentina se convierte en reina. Sus compatriotas no parecen demasiado entusiasmados con ese hecho sorprendente e inédito.

 REUTERS
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12 Mayo 2013

Por Asher Benatar - Para LA GACETA - Buenos Aires

Durante siglos, la palabra príncipe estuvo asociada a un color, el azul, y se representaba con la figura de un esbelto y rubio jinete que, montado en enjaezado corcel, aparecía ante los ojos de la princesa que daba título al cuento después de que ésta, prendada del horrible sapo de quien se había enamorado (el amor venciendo a la repugnancia), lo besaba permitiendo el fin del perverso encantamiento. Y después, ambos ya bellos, eran felices.

Niñas aún, las jovencitas soñaban con ese momento mágico en el que, roto el encantamiento, se casarían con el príncipe y se sentarían en tronos desde los que repartirían goce y prosperidad a su pueblo, que los veneraba ese día y para siempre. En aquella época, los cuentos infantiles nos hablaban de un tiempo que, si bien no era mencionado con fechas precisas, abonaba la sensación de que la historia -Disney ayudando- remitía al pasado. Ahora el presente no ha respondido a ese imaginario pasado, los libros con príncipes y princesas no tienen lugar en las bibliotecas juveniles, casi invariablemente colmadas de comics o de tramas en los que perversos alienígenas procuran destruir al género humano. Actualmente los príncipes y princesas, los verdaderos, integran una cofradía que observa inquieta que sus años de holganza y de frívolas fiestas están contados; que, inexorables, las ideas modernas están reemplazando a las antiguas y que las loas a los reyes se han convertido en protestas de indignados ante la magra realidad de la población y las fabulosas sumas que recibe la realeza, un grupo que casi nunca ha sido demasiado adicto al trabajo.

El tema específico de esta nota comienza en Sevilla, en una fiesta, cuando nuestra compatriota Máxima Zorreguieta recibió la ayuda, suponemos que espontánea, de quien en los cuentos antiguos sería el hada buena y en este caso una amiga oficiosa. Eso fue, según las crónicas, lo que provocó el encuentro entre una economista argentina que trabajaba en un banco de proyección internacional y un príncipe que, entre sus presuntas condiciones, figuraba la de futuro rey de Holanda. Hablamos de Máxima y Guillermo. Bonita ella, atractiva su sonrisa, finos los rasgos, que insinuaban tendencia al sobrepeso, tenía mucho para ofrecer a ese "candidato" rubio como sólo puede ser un holandés, un hombre notorio por sus títulos, lo que compensaba el hecho, a todas luces visible, de que no derrochara sensualidad. Se casaron, tuvieron hijos tan rubios como sus padres y ella mostró su encanto ante el pueblo holandés, encanto que fue provocando una admiración con la que no cuenta ningún otro miembro de la rica familia real holandesa. La abdicación de la reina Beatriz fue un hecho que demostró su habilidad. Se acogió a su fastuosa jubilación en el momento indicado, cuando el pueblo había convertido a Máxima en un ícono, cuando la reina Beatriz mantenía cierto ascendiente sobre la gente, cuando la gente aún no se había hartado de ella, cuando -esto con sentido corporativo de realeza- las monarquías, acosadas por hechos inadmisibles y con un prestigio declinante que hace presumir su próxima extinción, necesitaban de un hecho positivo para paliar sus infortunios en los países vecinos. De ahí la adhesión-adoración de la reina ahora saliente para con Máxima, quien no tuvo que soportar todas las calamidades que recibió Diana Spencer en el Reino Unido. Tal vez soportó otras, pero no podemos decir nada, fueron aceptadas tal vez sin protesta por la actual reina. Así fue como se obviaron cosas incómodas y la reina, a diferencia de Elizabeth de Inglaterra, que se aferra a su trono y hace imaginar a Carlos recibiendo la corona en articulo mortis, tuvo la inteligencia de renunciar. No creo que pase apuros económicos, sobre todo si nos ponemos a analizar las fortunas que recibirá por… bueno, por haber sido reina.

Distancia

Mientras tanto, en la Argentina, su país natal, a pesar de las tapas de las revistas de noticias y las del corazón, la idolatría -bueno, bajemos un poco: el entusiasmo- no tiene la menor cabida. A pocos les emociona que una argentina sea reina de Holanda. Los emociona mucho más contar con un Papa autóctono. Es que no ha caído nada bien entre la gente, en especial entre la gente joven, la distancia que la actual reina mantiene con su país natal, el hecho de que no haya hecho valer sus influencias para lograr relaciones económicas de peso, el haber incurrido en aquella frase, innecesaria y muy poco simpática de "soy una holandesa que nació en la Argentina". Equivocada o no, la gente considera que se advierte un desdén de Máxima Zorreguieta para con su país, y eso no ayuda al afecto. La BBC hizo una encuesta sobre el sentir del pueblo argentino, entrevistando y pidiendo su parecer a ciudadanos de varias categorías, profesiones y situación social. Las contestaciones no son precisamente positivas: "lo único que le interesa de su país es el sur para venir de vacaciones", "hay una cuestión de escalamiento social", "no se conocen declaraciones repudiando a la dictadura", "nunca se refirió a los derechos humanos".

Al leer estas cosas me embarqué en una mini-encuesta que abarcó parientes, conocidos, encargados de portería de las casas vecinas a la mía y hasta chicas del Normal número 1. De esas conversaciones extraje una conclusión no muy rigurosa (el universo consultado fue muy pequeño) pero que coincide con la investigación de la BBC: existe un cierto rechazo light (digamos fastidio mezclado con indiferencia) hacia Máxima, originado en factores donde casi siempre aflora el nacionalismo que en general los argentinos llevamos adentro. Una de las manifestaciones que me parecieron importantes fue la de una de las chicas del Normal: "A mí no me obligaban a renunciar a mi nacionalidad ni a palos". Se fueron. Creí oír que hablaban de Las Leonas.

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Asher Benatar - Escritor y fotógrafo.

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