Un saludo. Una mirada. Una sonrisa. Con lo básico alcanza, sin embargo, la política de cortesía de la calle vacila. Para bien y para mal. El respeto hacia el prójimo está devaluado, es un espejismo transformado en deseo de permanencia, porque el recurso de seducción de un vendedor -por citar algo en particula- embarra la cancha con apodos afines a la confianza. Se intenta cazar una conexión sin límites cuando el mejor remedio para tentar al cliente corre a contramano de esos motes hasta a veces odiosos que liberan en plena negociación.
"Capo" es uno de esos apodos modelo siglo XXI horribles. "Capo" es sinónimo de tránsfuga, de rufián, de mafioso; también de hombre con poder y prestigio. "Capo" copa la tribuna como década y monedas atrás lo hacía "tío", "doctor"; incluso "maestro", que siempre se las ingenia para sobrevivir entre generaciones que buscan jubilarlo y aquellas púberes que lo toman con la melancolía de que lo vintage vivirá por siempre entre nosotros. Lo gentil se pierde en un remolino hecho de frases cortas y discurso barato.
Pago por un "gracias"; aplaudo por un "buen día". Y reniego cuando del otro lado sale: "Qué andá buscando, capo". Nada, me fui.
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