Lunes a las 11.20. Un señor de más de 80 años y de gran porte hacía cola para pagar impuestos y servicios en la sucursal del Banco Tucumán-Grupo Macro ubicado en la estación de servicios de Belgrano y Las Américas. El sol castigaba ferozmente. El hombre vestía camisa mangas largas y un saco marrón. La cola se alargaba. No avanzaba. "Hace calor ¿por qué no se sienta en el bar? Le cuidaré su lugar y lo iré a buscar cuando nos acerquemos a la puerta de ingreso", le sugerí. Me agradeció amablemente. Su sonrisa y su estampa me hicieron acordar a mi padre. No se movió. Con la paciencia que sólo dan los años vividos soportó estoicamente la espera bajo el sol. "¿Qué pasa que la cola no avanza?", regañó una mujer. Fue el detonante: muchos comenzaron a rezongar, a mascullar por lo bajo ¡vaya a saber cuántos insultos y a quién! El señor miró su reloj (eran las 12.35) y bajó la cabeza. Sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón, secó su frente y lo guardó cuidadosamente. Estuve a punto de insistirle que se sentara un rato, cuando se dio vuelta, me miró a los ojos y expulsó lo que lo angustiaba: "¿A usted le parece que uno tenga que esperar tanto y en estas condiciones para ser un ciudadano cumplidor de sus obligaciones...? Tengo 87 años. Soy sano, fuerte, no dependo de nadie. Mi cuerpo no me pasa aún las facturas del tiempo. Fui maestro rural y viví en el campo más que en la ciudad... Menos mal que no ando penando por los médicos. ¡Esta sociedad está plagada de injusticias sociales, económicas... Los viejos tenemos derecho a vivir dignamente, pero somos el último orejón del tarro!". El guardia de seguridad cortó el monólogo: "pasen por favor, todos serán atendidos con el número que reciban en la puerta". Eran las 13.30.





