Bigotudo y subversivo

Por Juan Manuel Asis 05 Mayo 2013
Marzo de 1978 -el año del mundial de fútbol en la Argentina-, último curso en el Colegio Nacional, inicio de clases. Estudiantes en fila, listos para izamiento de la bandera. Llego tarde, voy directo al grupo de quinto tercera. Allí están mis amigos: Gustavo, Marcelo, Antonio, Pedro, Edgardo, Juan Carlos, Daniel, Miguel. Me miran, me señalan, se ríen. Llevo bigotes; "mostacho" de adolescente. Hoy, algunos de ellos recuerdan la anécdota. A los pocos días, la vicerrectora me llama y, amablemente, me dice: "parece un hombre grande así; debería sacárselos". Le contesto en el mismo tono: "me quedan bien". Ella abandona la sonrisa: "tendrá que sacárselo". Y dejé atrás la imagen de "grande" para que no cunda el "mal ejemplo".

Marzo de 1979, Universidad Tecnológica, primer año de ingeniería en Construcciones. Ahora con pelo largo y barba, sin la corbata del secundario. Un hombre bajito, de anteojos, de seguridad, me frena en la salida; me separa y me dice: "deberá sacarse la barba, lo digo por su bien, para que no parezca un subversivo". Sonrío. Trato de convencerlo con la misma frase que usé en el año de los goles de Kempes: "me queda bien". El no festeja. "Parece sospechoso", acota. ¡Vaya, qué años aquellos! Juzgar por la "facha" y no por las conductas. Los inocentes que habrán padecido por "parecer" y no ser. Los setenta aún no se cerraron, y se abren en los tribunales. No era terrorista, e intenté rebelarme de una manera inocente: me dejé el bigote. Años después, en los 80, hubo desquite: participé de una movilización sorpresiva que exigió la salida inmediata del decano de la UTN, señalado por ser cómplice de la dictadura. Ya tenía barba de nuevo, mi amigo Miguel, radical él, era el presidente del centro de estudiantes, las urnas estaban cerca. Y a una sala de la facultad se le había puesto el nombre de una ex decana desaparecida, María Isabel Jiménez.

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