Alperovich le teme al plebiscito. Alperovich necesita culpables para una derrota. Alperovich le tiene miedo al peronismo. El gobernador tiene más dudas que certezas en este año electoral, por eso reclama opiniones a todos: de los lamebotas y de los que están dejando en un rinconcito el cajón de lustrarle sus zapatos. Ojo, la mayoría entiende que aún no llegó el fin del alperovichismo, aunque algunos han empezado a hacer cálculos y pergeñar estrategias a largo plazo, con Alperovich o sin él en 2015. La clave para muchos, va a pasar por el trabajo territorial que se lleve a cabo para dar la lucha política, una acción que salió del marco vecinal, de circuitos o municipal para anclarse en lo institucional. Ahora, desde allí, desde las instituciones, con los números se hace política. Se impone. ¿Gestión? Cero, como sugiere un militante de base de un circuito del oeste de la capital. Este "peruca" asegura que la dirigencia vegeta, que se recuesta sobre los planes sociales que reparte para mantenerse y que, esencialmente, trabaja para conseguir una buen pasar económico. Su visión no está alejada del pensamiento general. La conclusión es casi obvia: si no se gestiona, si se aferran al saco del único que tiene votos y si no militan haciendo un trabajo territorial, poco futuro se les ve. Sin embargo, hay afortunados que no tienen sufragios propios y que consiguen bancas. Hay frases que aluden a estos últimos: son la muestra del "milagro informático". ¿Se alude a un fraude? No, sólo es imaginación de la calle, mucha, con una carga de ironía popular.
¿Por qué el titular del Ejecutivo le teme al plebiscito? Porque si bien las cacerolas no votan, como se dijo, no puede medir el posible descontento del ciudadano con Cristina. Es decir, su candidatura testimonial en primer término será para plebiscitar su gestión, pero el sufragio puede ser para castigar -o premiar- al Gobierno nacional. Alperovich le pone el pecho a la posible adversidad electoral con una muestra de lealtad interesada al kirchnerismo. Pero tiene razones para inquietarse, ya que puede ser el vehículo de la gente para castigar a la Presidenta. Es una posibilidad. En ese caso, no habrá gestión provincial que valga para justificar su intención de plebiscitar su tarea en el PE y repetir la hazaña de los últimos años: obtener tres y cuatro diputados nacionales.
Por eso necesita tener a quién responsabilizar si no hay una victoria contundente. ¿A quién? A Amaya, por supuesto. No lo suma porque es el que más "mide" después de él, sino porque si fracasa en el principal distrito electoral -el capitalino-, qué mejor que echarle la culpa al intendente que hace 10 años que está al frente de la comuna. De paso, lo obliga a trabajar por la reforma de la Constitución. Debajo del temor, obvio, subyace la conveniencia. En suma, hay que presentarse para ganar, pero también tener un nombre a mano para poder echarle la culpa si hay una catástrofe.
¿Por qué le puede generar preocupación el peronismo al mandatario? Porque, precisamente, aquellos que se preocupan por cuidar su territorio, por estar cerca de los que constituyen su sostén político y electoral, tienen como signo distintivo que son peronistas. Algunos sacaron más o tantos votos como la nómina que contaba con todos los recursos del alperovichismo. Otros peronistas se están animando a manifestar su malestar porque creen que merecen más lugares en las nóminas y más espacios de poder. Se comenta que algunos de los que residen en la sección del oeste andan pensando en agruparse para no dar lugares a los que no tienen votos, pero que aparecen en las listas alperovichistas "de arriba". Entre los compañeros se conocen, saben quiénes son. Alperovich, para este año y 2015, debería prestar atención a los movimientos de un peronismo que se mantiene subterráneo.
¿Por qué el titular del Ejecutivo le teme al plebiscito? Porque si bien las cacerolas no votan, como se dijo, no puede medir el posible descontento del ciudadano con Cristina. Es decir, su candidatura testimonial en primer término será para plebiscitar su gestión, pero el sufragio puede ser para castigar -o premiar- al Gobierno nacional. Alperovich le pone el pecho a la posible adversidad electoral con una muestra de lealtad interesada al kirchnerismo. Pero tiene razones para inquietarse, ya que puede ser el vehículo de la gente para castigar a la Presidenta. Es una posibilidad. En ese caso, no habrá gestión provincial que valga para justificar su intención de plebiscitar su tarea en el PE y repetir la hazaña de los últimos años: obtener tres y cuatro diputados nacionales.
Por eso necesita tener a quién responsabilizar si no hay una victoria contundente. ¿A quién? A Amaya, por supuesto. No lo suma porque es el que más "mide" después de él, sino porque si fracasa en el principal distrito electoral -el capitalino-, qué mejor que echarle la culpa al intendente que hace 10 años que está al frente de la comuna. De paso, lo obliga a trabajar por la reforma de la Constitución. Debajo del temor, obvio, subyace la conveniencia. En suma, hay que presentarse para ganar, pero también tener un nombre a mano para poder echarle la culpa si hay una catástrofe.
¿Por qué le puede generar preocupación el peronismo al mandatario? Porque, precisamente, aquellos que se preocupan por cuidar su territorio, por estar cerca de los que constituyen su sostén político y electoral, tienen como signo distintivo que son peronistas. Algunos sacaron más o tantos votos como la nómina que contaba con todos los recursos del alperovichismo. Otros peronistas se están animando a manifestar su malestar porque creen que merecen más lugares en las nóminas y más espacios de poder. Se comenta que algunos de los que residen en la sección del oeste andan pensando en agruparse para no dar lugares a los que no tienen votos, pero que aparecen en las listas alperovichistas "de arriba". Entre los compañeros se conocen, saben quiénes son. Alperovich, para este año y 2015, debería prestar atención a los movimientos de un peronismo que se mantiene subterráneo.







