Es casi una ciudad sin espejos. Hay en los baños y en los retrovisores. Pero no en los salones de bares ni en las recepciones de hospedajes. No es otra "Villa Ostentación". Las mujeres se maquillan poco. Los hombres se arreglan nada. Y los vehículos de alta gama desentonan. Es que a los autos les sobra el aire acondicionado. Y la cuarta velocidad. Y la quinta. ¿Sexta? La envidia es para ese Rastrojero impecable que pasa lento.
Tampoco es un pueblo pueril. En la calle, un cartel de advertencia: "Un café: $ 15. Un café por favor: $ 13. Buen día, un café por favor: $ 10". En la vereda, la maldición: "Arrojar un papel en esta plaza es como arrojar el alma". Funciona: los espacios públicos tienen una limpieza a prueba de desalmados.
El asfalto se acaba ahicito. Justo donde empiezan las casas de adobe blanqueadas a la cal, con los patios pintados de rojo por los pimientos. Los manzanos no cobran su dulzura al peatón. Al lado de los cardones que no se dejan tentar por la acequia modesta, que conduce el agua que aún regala el nevado del fondo.
La paranoia resiste: ¿no será pura puesta en escena para los visitantes? Así que a desplazarse una treintena de polvorientos kilómetros más allá. Más adentro. A otro pueblo. Pueblito. También de veredas que brillan. También con entorno de iglesia empedrado. Con paisaje enmudecedor desde el cementerio, también allá, en lo alto. No todas las tumbas tienen su placa, pero a ninguna le falta su ramillete de flores de plástico. Al cartel de entrada tampoco le faltan las indicaciones en inglés.
En la plaza de Seclantás, una cordobesa rubia hasta los ojos, con una solera que es apenas una excusa de la desnudez, pasea en brazos su bebé. Lo único que hay para hacer públicamente ahí, durante la tarde en que ya es hora de volver a Cachi, es hacerse mirar. Dos ciclistas, norteños hasta los pedales, pasan en cámara lenta de tanto observarla. Pero en silencio. Porque en la Argentina civilizada, sólo los loros hacen ruido. Ellos, en bandadas, y los salvajes expedicionarios, en Semana Santa.
Tampoco es un pueblo pueril. En la calle, un cartel de advertencia: "Un café: $ 15. Un café por favor: $ 13. Buen día, un café por favor: $ 10". En la vereda, la maldición: "Arrojar un papel en esta plaza es como arrojar el alma". Funciona: los espacios públicos tienen una limpieza a prueba de desalmados.
El asfalto se acaba ahicito. Justo donde empiezan las casas de adobe blanqueadas a la cal, con los patios pintados de rojo por los pimientos. Los manzanos no cobran su dulzura al peatón. Al lado de los cardones que no se dejan tentar por la acequia modesta, que conduce el agua que aún regala el nevado del fondo.
La paranoia resiste: ¿no será pura puesta en escena para los visitantes? Así que a desplazarse una treintena de polvorientos kilómetros más allá. Más adentro. A otro pueblo. Pueblito. También de veredas que brillan. También con entorno de iglesia empedrado. Con paisaje enmudecedor desde el cementerio, también allá, en lo alto. No todas las tumbas tienen su placa, pero a ninguna le falta su ramillete de flores de plástico. Al cartel de entrada tampoco le faltan las indicaciones en inglés.
En la plaza de Seclantás, una cordobesa rubia hasta los ojos, con una solera que es apenas una excusa de la desnudez, pasea en brazos su bebé. Lo único que hay para hacer públicamente ahí, durante la tarde en que ya es hora de volver a Cachi, es hacerse mirar. Dos ciclistas, norteños hasta los pedales, pasan en cámara lenta de tanto observarla. Pero en silencio. Porque en la Argentina civilizada, sólo los loros hacen ruido. Ellos, en bandadas, y los salvajes expedicionarios, en Semana Santa.
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