Te quejás, la retás, soñás con estar lejos de ella, no la defendés, la comparás con otras y la encontrás la peor de todas. Un día salís, te alejás y descubrís que hay lugares paradisíacos: cálidos y con colores y olores nuevos. Tan distintos y tan atractivos.
Te pica la ansiedad de conocer todo. Querés caminarla, olerla, vivirla. Lo hacés (o pensás que lo hacés) y te gusta, la encontrás atractiva. Su mar, sus rincones -esos que se te presentan como todo un descubrimiento-, su música, sus tonadas que se mezclan, los saludos distintos, sus colores de piel, sus modos de andar.
A los días, el recuerdo de la otra, la que dejaste a varios kilómetros vuelve a tu memoria en sepia. Te acordás de los adoquines de la cuadra, de las distancias cortas, de las caras que siempre terminás reconociendo en alguna parte. Y el sepia te pone nostálgico. Porque es sepia. Ya no la ves tan grave, tan despiadada, tan hostil, tan aborrecible.
Te sorprendés comentando la magia de sus valles, de sus siluetas y colores. La épica de sus habitantes. Sumando atributos y restando miserias. Suavizando sus males y convenciéndote de que es un buen lugar para vivir. Podría ser mejor, pero no está mal. A los días, mientras desayunás huevos revueltos, largás un "la extraño".
Te pica la ansiedad de conocer todo. Querés caminarla, olerla, vivirla. Lo hacés (o pensás que lo hacés) y te gusta, la encontrás atractiva. Su mar, sus rincones -esos que se te presentan como todo un descubrimiento-, su música, sus tonadas que se mezclan, los saludos distintos, sus colores de piel, sus modos de andar.
A los días, el recuerdo de la otra, la que dejaste a varios kilómetros vuelve a tu memoria en sepia. Te acordás de los adoquines de la cuadra, de las distancias cortas, de las caras que siempre terminás reconociendo en alguna parte. Y el sepia te pone nostálgico. Porque es sepia. Ya no la ves tan grave, tan despiadada, tan hostil, tan aborrecible.
Te sorprendés comentando la magia de sus valles, de sus siluetas y colores. La épica de sus habitantes. Sumando atributos y restando miserias. Suavizando sus males y convenciéndote de que es un buen lugar para vivir. Podría ser mejor, pero no está mal. A los días, mientras desayunás huevos revueltos, largás un "la extraño".
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