La Municipalidad de la capital gasta $ 1.300 por día, $ 40.000 por mes y medio millón de pesos por año en reparar los daños que el vandalismo ocasiona solamente en las plazas céntricas. Otro tanto se invierte en mantenimiento y otro en arreglar, con menos frecuencia que en el centro, los destrozos en las plazas de los barrios.
Desde hace cuatro años, funcionarios y concejales vienen debatiendo sobre cómo solucionar este problema, que no acaba sólo en la rotura de bancos y esculturas, juegos, bebederos, caminerías, fuentes, iluminación, árboles y plantas y pintadas, sino también en las 3,2 toneladas de basura que se recogen por día (casi 100 toneladas mensuales) de los espacios verdes del centro. Algunos paseos más alejados, como el que está en el corazón del barrio El Bosque, llegan a convertirse en verdaderos basurales a cielo abierto hasta que son limpiados.
En 2009, el director de Espacios Verdes, Pablo Bulacio, arrojó la idea de cerrar las plazas con rejas, concretamente empezar por la Urquiza, para evitar el vandalismo, al menos durante la noche. El propio Bulacio ahora se opone al enrejado, con el argumento de que son los espacios más democráticos de la ciudad y no pueden estar vedados al público.
En la ciudad de Buenos Aires se está implementando esta medida en forma gradual (hoy ya tienen rejas una de cada tres plazas) y el resultado es positivo, según evalúan las autoridades de CABA. Afirman que las plazas que se cierran de noche están mucho mejor conservadas que las que siguen abiertas.
Además del vandalismo y de la basura, otro de los problemas graves que afectan a los espacios verdes es la inseguridad, sobre todo en los de mayor superficie. El delito también disminuyó en la capital argentina en los lugares que se cierran cuando cae el sol. Placeros, funcionarios, concejales y vecinos coinciden en que la solución de fondo pasa por la educación, la toma de conciencia, la acción de los padres sobre sus hijos (la mayoría de los actos vandálicos son cometidos por adolescentes) y el incremento de la vigilancia, que es nula en los paseos alejados de las cuatro avenidas.
Salvo el aumento de presencia policial, que es una medida que puede implementarse hoy mismo y que tendría menor costo que lo que se gasta en reparar los daños, el resto es a largo plazo.
En realidad, decimos que se discute este problema desde hace cuatro años, porque fue allí cuando se empezó a hablar de cercar las plazas en Tucumán, pero es un flagelo que lleva décadas sin solución.
Trabajar en la educación y en la toma de conciencia de la población, además de castigar a los infractores o a sus padres, son tareas de largo aliento y sin resultados inmediatos, pero en algún momento se debe comenzar y ese momento no termina de llegar.
La ciudad cada vez tiene menos espacios verdes, pese a que el intendente Domingo Amaya afirma lo contrario, porque en sus estadísticas cuenta hasta las platabandas de las avenidas y los sitios baldíos como espacios verdes. Y los que quedan están cada vez peor. Cada paseo remodelado costó millones de pesos, que salieron del bolsillo de los vecinos.
Se puede llenar de policías y placeros las plazas y parques, enrejarlos, dotarlos con cámaras de seguridad, montar campañas de concientización incesantes, premiar a los que suman y encarcelar a los que destruyen o hacer participar a los vecinos más activamente en su cuidado. Se pueden hacer muchas más cosas que las que aquí se mencionan, pero lo que no se puede hacer es seguir sin hacer nada, o mejor dicho, seguir sólo derrochando fortunas en reparaciones.
Desde hace cuatro años, funcionarios y concejales vienen debatiendo sobre cómo solucionar este problema, que no acaba sólo en la rotura de bancos y esculturas, juegos, bebederos, caminerías, fuentes, iluminación, árboles y plantas y pintadas, sino también en las 3,2 toneladas de basura que se recogen por día (casi 100 toneladas mensuales) de los espacios verdes del centro. Algunos paseos más alejados, como el que está en el corazón del barrio El Bosque, llegan a convertirse en verdaderos basurales a cielo abierto hasta que son limpiados.
En 2009, el director de Espacios Verdes, Pablo Bulacio, arrojó la idea de cerrar las plazas con rejas, concretamente empezar por la Urquiza, para evitar el vandalismo, al menos durante la noche. El propio Bulacio ahora se opone al enrejado, con el argumento de que son los espacios más democráticos de la ciudad y no pueden estar vedados al público.
En la ciudad de Buenos Aires se está implementando esta medida en forma gradual (hoy ya tienen rejas una de cada tres plazas) y el resultado es positivo, según evalúan las autoridades de CABA. Afirman que las plazas que se cierran de noche están mucho mejor conservadas que las que siguen abiertas.
Además del vandalismo y de la basura, otro de los problemas graves que afectan a los espacios verdes es la inseguridad, sobre todo en los de mayor superficie. El delito también disminuyó en la capital argentina en los lugares que se cierran cuando cae el sol. Placeros, funcionarios, concejales y vecinos coinciden en que la solución de fondo pasa por la educación, la toma de conciencia, la acción de los padres sobre sus hijos (la mayoría de los actos vandálicos son cometidos por adolescentes) y el incremento de la vigilancia, que es nula en los paseos alejados de las cuatro avenidas.
Salvo el aumento de presencia policial, que es una medida que puede implementarse hoy mismo y que tendría menor costo que lo que se gasta en reparar los daños, el resto es a largo plazo.
En realidad, decimos que se discute este problema desde hace cuatro años, porque fue allí cuando se empezó a hablar de cercar las plazas en Tucumán, pero es un flagelo que lleva décadas sin solución.
Trabajar en la educación y en la toma de conciencia de la población, además de castigar a los infractores o a sus padres, son tareas de largo aliento y sin resultados inmediatos, pero en algún momento se debe comenzar y ese momento no termina de llegar.
La ciudad cada vez tiene menos espacios verdes, pese a que el intendente Domingo Amaya afirma lo contrario, porque en sus estadísticas cuenta hasta las platabandas de las avenidas y los sitios baldíos como espacios verdes. Y los que quedan están cada vez peor. Cada paseo remodelado costó millones de pesos, que salieron del bolsillo de los vecinos.
Se puede llenar de policías y placeros las plazas y parques, enrejarlos, dotarlos con cámaras de seguridad, montar campañas de concientización incesantes, premiar a los que suman y encarcelar a los que destruyen o hacer participar a los vecinos más activamente en su cuidado. Se pueden hacer muchas más cosas que las que aquí se mencionan, pero lo que no se puede hacer es seguir sin hacer nada, o mejor dicho, seguir sólo derrochando fortunas en reparaciones.







