Tiene que ver, quizás, con que afuera no hay paisaje. O, como siempre se dice, con que el tiempo de aquellos es tan ajustado, tan imperiosamente estrecho, que no le quedan muchas más alternativas. Sea como sea, una de las primeras cosas que sobresalen al entrar en un subte de la ciudad de Buenos Aires no es tanto la velocidad que alcanzan los vagones ni lo compacta que puede volverse la masa humana en las horas pico, sino el afanoso modo en que la mayoría de los pasajeros se vuelca a sus respectivos libros. Libros de todos los tamaños, temáticas y colores, con lectores tan disímiles como ellos aunque mancomunados por una cualidad: su casi imperturbable capacidad de concentración, incluso si el calor derrite las páginas o si esta vez ha tocado viajar parado. Al principio, la escena deslumbra y uno -que sabe que en los transportes públicos locales esa postal no es tan común- no puede menos que desear que la globalización haga rodar hasta aquí también esa costumbre. Pero luego cabe otra reflexión: si casi todos esos ojos se empecinan tanto en seguir aquellas historias (que no dudo atrapantes), ¿cuándo se miran entre sí? Rara vez en un bondi tucumano me he sentado al lado de lectores impertérritos, pero sí unas cuantas veces alguna señora ha roto el silencio para comentarme alguna cotidianidad, dictarme un pronóstico del tiempo o guiarme en la lectura de alguna calle, si me notaba perdida. Y, en esos casos, el viaje avanza más ameno. Y ese asiento que ocupamos se ensancha un poco. Y el universo es un lugar menos hosco porque -aunque los libros son maravillosos y no quisiera por nada del mundo desalentar su uso- la lectura más confortable que puede hacerse es la que aguarda en la mirada ajena.
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