›› EDITORIAL

Baños públicos con escasa higiene

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En estos últimos tiempos, hemos dedicado extensas notas al problema de los basurales de nuestra ciudad. También nos hemos referido, en esta columna, a la necesidad de controlar el estado de los alimentos que se expenden en la vía pública. Es decir, temas referidos todos a la higiene y salud de la población.

Faltaba tocar -y hacerlo es el propósito de este comentario- la cuestión de las instalaciones sanitarias existentes en los lugares de uso público. Es decir, en una enumeración no taxativa, tanto en oficinas y reparticiones, como en bares, restaurantes y lugares de comida o esparcimiento en general, así como en establecimientos educativos de todos los niveles.

Para cualquiera está a la vista el hecho de que, en la mayoría de esos ámbitos, las instalaciones sanitarias dejan mucho que desear en cuanto a una razonable higiene. Es más, en muchos, la falta de ella es tan grande, que los constituye en espacios realmente repugnantes.

Sin duda que mucho colabora, para ese desagradable estado de cosas, la falta de cuidado de buena parte del público que los utiliza. Pero esto podría corregirse con una atención que no prestan los responsables.

En efecto, no parece tenerse en cuenta que los baños, cuando son frecuentados por muchas personas, requieren una constante y profunda limpieza, que se lleve a cabo no una sino varias veces al día. Esto para que no se conviertan en verdaderos focos de enfermedades de todo tipo.

Es notorio también que, en una apreciable cantidad de edificios, los baños o el baño parecen ser lugares cuya instalación se ha realizado sin cuidado alguno, y que nadie cuida de renovar o remozar periódicamente. A veces -y en lugares donde uno menos lo supondría- los baños carecen hasta de luz, y sus artefactos están incompletos o dañados desde muchos años atrás.

Recordamos que hace tiempo, y con motivo de la epidemia de gripe, se dispuso que en todas las instalaciones sanitarias debían existir jabón líquido y toallas de papel para higienizarse las manos.

Como sucede con la mayoría de las normas, la observancia de estas duró solamente algunos meses. En la actualidad, raro es el lugar donde se cumplan aquellos recaudos, como indicando que la disposición va en camino de derogarse por falta de acatamiento.

No se necesita reunir demasiados argumentos para recordar que esto conspira claramente contra la salud de la población.

Es una obligación del poder público, por medio de los organismos que tienen competencia en el ramo, tomar las medidas para que las instalaciones sanitarias se encuentren en el estado que corresponde.

Esto podrá lograrse solamente por medio de inspecciones tan rigurosas como frecuentes, y donde toda infracción se sancione con fuertes multas y en todos los casos. La experiencia indica, de sobra, que es el único camino para hacer que las normas trasciendan el papel en que fueron redactadas.

La observancia generalizada de la ley antitabaco, constituye un ilustrativo ejemplo de cómo, cuando el Estado adopta una política rigurosa con los infractores, las normas adquieren real y efectiva vigencia. El tema que tocamos, por su implicancia con la salubridad pública, merece una enérgica preocupación.

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