03 Marzo 2013 Seguir en 
Dios nos llama a dar frutos de conversión.La conversión es apremiante cuando el mundo ha perdido el sentido del pecado, ya que ha perdido el sentido de Dios. ¿Qué significado les damos a las palabras de Jesús: "...Les aseguro que si ustedes no se convierten todos acabarán de la misma manera?" El pasaje del Evangelio no se refiere a la muerte física, se está refiriendo a la muerte eterna, a la condenación. El encontrarse con Jesús es lo más importante; todo lo demás es nada y menos que nada. Y tan sólo lo encuentran los que tienen un corazón puro, sin desórdenes.
Dios espera fruto
Que tu vida no sea una vida estéril; da frutos -y frutos abundantes- son las exigencias que nos presenta Jesús frente a las gracias recibidas. Junto al imperativo está la paciencia de Dios. Él no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.
Nuestra vida no es nuestra, como si fuéramos independientes y pudiéramos hacer lo que nos viene en gana; la libertad tiene siempre el reverso de la responsabilidad. Somos responsables del fruto bueno o malo que damos. Dios tiene derecho a exigirnos la conversión.
Esta conversión no puede ser un simple sentimiento interior, un buen deseo. Para que nos quede claro el sentido, Jesús nos propone la parábola del hombre que tenía una higuera en su viña y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dios espera fruto de la vida cristiana en cada uno de nosotros. Al comienzo de la Cuaresma, mediante esa ceremonia tan significativa de la imposición de la ceniza, se nos recuerda que somos polvo y hemos de volver al polvo, pero sabemos también que nuestra alma, después de la muerte, comparecerá ante Dios y Él buscará fruto en nosotros. Ahí aparece en toda su urgencia la necesidad de la conversión: dar frutos para la vida eterna.
Remover nuestra pereza
Ya sabemos cómo termina la parábola del Evangelio. El dueño del campo sugiere al viñador que corte la higuera: ya lleva tres años esperando que dé fruto, y nada. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?. El viñador intercede por la higuera ante el dueño: se compromete a cuidarla, abonarla... a ver si este año da fruto. Dios, con nosotros, tiene esa comprensión y ese bien mirar del viñador. La verdad es que tiene más paciencia aún: espera nuestro fruto, sin impacientarse, no tres años, sino muchos más quizá. Pero espera también que por nuestra parte nos comprometamos a poner los medios: cavar alrededor de nuestra pereza, a remover el terreno de nuestra comodidad, a movernos con sentido sobrenatural, abonar nuestra vida con la gracia de los sacramentos.
Reflexionemos
Los frutos se muestran con obras: ¿nos preocupamos de nuestro prójimo y de nosotros mismos para hacer fructificar los talentos que Dios nos dio? ¿Me dejo dominar por la pereza o la apatía en el cumplimiento de mis deberes y de esta manera no soy eficaz en mi labor apostólica?
Dios espera fruto
Que tu vida no sea una vida estéril; da frutos -y frutos abundantes- son las exigencias que nos presenta Jesús frente a las gracias recibidas. Junto al imperativo está la paciencia de Dios. Él no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.
Nuestra vida no es nuestra, como si fuéramos independientes y pudiéramos hacer lo que nos viene en gana; la libertad tiene siempre el reverso de la responsabilidad. Somos responsables del fruto bueno o malo que damos. Dios tiene derecho a exigirnos la conversión.
Esta conversión no puede ser un simple sentimiento interior, un buen deseo. Para que nos quede claro el sentido, Jesús nos propone la parábola del hombre que tenía una higuera en su viña y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dios espera fruto de la vida cristiana en cada uno de nosotros. Al comienzo de la Cuaresma, mediante esa ceremonia tan significativa de la imposición de la ceniza, se nos recuerda que somos polvo y hemos de volver al polvo, pero sabemos también que nuestra alma, después de la muerte, comparecerá ante Dios y Él buscará fruto en nosotros. Ahí aparece en toda su urgencia la necesidad de la conversión: dar frutos para la vida eterna.
Remover nuestra pereza
Ya sabemos cómo termina la parábola del Evangelio. El dueño del campo sugiere al viñador que corte la higuera: ya lleva tres años esperando que dé fruto, y nada. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?. El viñador intercede por la higuera ante el dueño: se compromete a cuidarla, abonarla... a ver si este año da fruto. Dios, con nosotros, tiene esa comprensión y ese bien mirar del viñador. La verdad es que tiene más paciencia aún: espera nuestro fruto, sin impacientarse, no tres años, sino muchos más quizá. Pero espera también que por nuestra parte nos comprometamos a poner los medios: cavar alrededor de nuestra pereza, a remover el terreno de nuestra comodidad, a movernos con sentido sobrenatural, abonar nuestra vida con la gracia de los sacramentos.
Reflexionemos
Los frutos se muestran con obras: ¿nos preocupamos de nuestro prójimo y de nosotros mismos para hacer fructificar los talentos que Dios nos dio? ¿Me dejo dominar por la pereza o la apatía en el cumplimiento de mis deberes y de esta manera no soy eficaz en mi labor apostólica?
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