Fueron 6.255 palabras de un trámite soporífero, donde tanto el actor principal como el público deseaban que pase lo más rápido posible. Así fue el discurso que pronunció ayer al mediodía el gobernador José Alperovich, al inaugurar otro período de sesiones legislativas en el flamante edificio de Muñecas 951.
Por décima vez consecutiva dijo casi lo mismo. Sólo actualizó las fechas y algunas cifras, cuyas fuentes son tan enigmáticas como los expedientes del caso Lebbos. Repitió, por ejemplo, que la desocupación es del 3,9%, lo que en estadística se considera pleno empleo, es decir, un lugar donde no hay gente haciendo colas de dos cuadras para conseguir trabajo, como extrañamente ocurre en Tucumán. Subrayó, una vez más, que en esta provincia el desempleo es casi la mitad de la media nacional, lo que representa superar a ciudades como Buenos Aires, Córdoba y Rosario.
Alperovich nunca fue un buen orador, ni tampoco carismático, pero el de ayer fue un discurso más anodino que de costumbre, leído sin acentuaciones ni énfasis en ninguna frase. Fue casi un susurro con pretensiones de pasar desapercibido. Ni siquiera levantó la voz cuando dijo que se crearon 380.000 puestos de trabajo, o cuando disparó que en 2012 "se llegó a esclarecer la totalidad de los homicidios investigados", o que la eficiencia policial es asombrosa. Pese a que los aplausos de la platea oficialista, también sin demasiado entusiasmo, se repitieron robóticamente a lo largo del discurso, cuando Alperovich habló de seguridad el silencio en la Cámara fue pasmoso. Ni siquiera sus hijas, promotoras de los festejos en cada uno de los pasajes, batieron las palmas en esta ocasión. Tampoco fue aplaudido cuando dijo que "Tucumán es el líder del Norte argentino en tratamiento de residuos sólidos urbanos". Como el año pasado y el anterior y el anterior, el gobernador cotejó los números actuales con los desastrosos guarismos de principios de la década pasada, cuando la Argentina vivía uno de sus peores momentos de su historia. Es que comparados con 2001, 2002, 2003 -y hasta con 2004 en ciertos rubros- cualquier número parece bueno. Al igual que hizo en 2011 y en 2012, esta vez también eludió contrastar su gestión con la de años más recientes.
En su discurso mencionó 13 veces a los años de la crisis profunda (2001, 2002, 2003 y 2004) para comparar cifras como las de mortalidad infantil, pobreza, indigencia o desempleo, mientras que nombró la misma cantidad de veces, 13, al año 2012, pero en todas las oportunidades para referirse a la crisis económica internacional y a su impacto negativo sobre el crecimiento de la provincia.
Como siempre, una vez más, la cultura estuvo absolutamente ausente en la alocución del gobernador. Al igual que en su gestión, la cultura no tuvo un sólo párrafo en su discurso. Apenas mencionó, si es que acaso pueden entenderse como gestión cultural, la remodelación del teatro San Martín (que a decir verdad lo más importante no se hizo el año pasado sino el anterior) y el futuro centro de convenciones en el ex cine Plaza, trabajo que debió haberse inaugurado hace varios meses, según el cartel de obra.
Uno de los méritos indiscutibles de la gestión de Alperovich es haber normalizado administrativamente a una provincia al borde del colapso y por esa razón el gobernador puede presentar como logros lo que en realidad son obligaciones del Estado, como por ejemplo, pagar los sueldos al día o que las clases se dicten con normalidad.
Lo que en otras administraciones se llama "rendición de cuentas", para Alperovich es un trámite forzado que evitaría si pudiera. Como un rey, sin oposición ni control republicano, presenta repetitivamente cifras escandinavas que sólo existen para él y su corte.
Por décima vez consecutiva dijo casi lo mismo. Sólo actualizó las fechas y algunas cifras, cuyas fuentes son tan enigmáticas como los expedientes del caso Lebbos. Repitió, por ejemplo, que la desocupación es del 3,9%, lo que en estadística se considera pleno empleo, es decir, un lugar donde no hay gente haciendo colas de dos cuadras para conseguir trabajo, como extrañamente ocurre en Tucumán. Subrayó, una vez más, que en esta provincia el desempleo es casi la mitad de la media nacional, lo que representa superar a ciudades como Buenos Aires, Córdoba y Rosario.
Alperovich nunca fue un buen orador, ni tampoco carismático, pero el de ayer fue un discurso más anodino que de costumbre, leído sin acentuaciones ni énfasis en ninguna frase. Fue casi un susurro con pretensiones de pasar desapercibido. Ni siquiera levantó la voz cuando dijo que se crearon 380.000 puestos de trabajo, o cuando disparó que en 2012 "se llegó a esclarecer la totalidad de los homicidios investigados", o que la eficiencia policial es asombrosa. Pese a que los aplausos de la platea oficialista, también sin demasiado entusiasmo, se repitieron robóticamente a lo largo del discurso, cuando Alperovich habló de seguridad el silencio en la Cámara fue pasmoso. Ni siquiera sus hijas, promotoras de los festejos en cada uno de los pasajes, batieron las palmas en esta ocasión. Tampoco fue aplaudido cuando dijo que "Tucumán es el líder del Norte argentino en tratamiento de residuos sólidos urbanos". Como el año pasado y el anterior y el anterior, el gobernador cotejó los números actuales con los desastrosos guarismos de principios de la década pasada, cuando la Argentina vivía uno de sus peores momentos de su historia. Es que comparados con 2001, 2002, 2003 -y hasta con 2004 en ciertos rubros- cualquier número parece bueno. Al igual que hizo en 2011 y en 2012, esta vez también eludió contrastar su gestión con la de años más recientes.
En su discurso mencionó 13 veces a los años de la crisis profunda (2001, 2002, 2003 y 2004) para comparar cifras como las de mortalidad infantil, pobreza, indigencia o desempleo, mientras que nombró la misma cantidad de veces, 13, al año 2012, pero en todas las oportunidades para referirse a la crisis económica internacional y a su impacto negativo sobre el crecimiento de la provincia.
Como siempre, una vez más, la cultura estuvo absolutamente ausente en la alocución del gobernador. Al igual que en su gestión, la cultura no tuvo un sólo párrafo en su discurso. Apenas mencionó, si es que acaso pueden entenderse como gestión cultural, la remodelación del teatro San Martín (que a decir verdad lo más importante no se hizo el año pasado sino el anterior) y el futuro centro de convenciones en el ex cine Plaza, trabajo que debió haberse inaugurado hace varios meses, según el cartel de obra.
Uno de los méritos indiscutibles de la gestión de Alperovich es haber normalizado administrativamente a una provincia al borde del colapso y por esa razón el gobernador puede presentar como logros lo que en realidad son obligaciones del Estado, como por ejemplo, pagar los sueldos al día o que las clases se dicten con normalidad.
Lo que en otras administraciones se llama "rendición de cuentas", para Alperovich es un trámite forzado que evitaría si pudiera. Como un rey, sin oposición ni control republicano, presenta repetitivamente cifras escandinavas que sólo existen para él y su corte.







