Hay plazas y plazas. Así como en el pequeño mundo de los paseos públicos tucumanos hay hijos y entenados, cada plaza tiene un perfil bien marcado. Qué bueno que así sea, ¿no?
La Urquiza, con sus luces que encandilan, está preparada para mirar y hacerse ver. La Alberdi, rica en claroscuros, es la que da la bienvenida a los que desembarcan del tren y creen, al menos por un rato, que Tucumán atesora a Lola Mora entre sus joyas más cuidadas. No es cierto, lamentablemente, a pesar de que una de sus esculturas custodie la plaza y la estación.
Y está la San Martín, la plaza de la bohemia. Esa que, más que ninguna, permite sumergirse en la confortable melancolía que aparece cuando ha llovido. Será tal vez porque ahí los adolescentes, en igual medida, montan el skate y hacen sonar a Baglietto en una guitarra: ahí es cuando uno piensa que no todo está perdido. O tal vez porque obliga a reflexionar que, mientras se discute eternamente si vale o no "piedra por todos mis compas", o mientras un hermano mayor enseña de mala gana el arte de las pataditas a uno más chico, a pocos metros, cruzando la Bolívar, una madre llora lo único que no tiene explicación en este mundo.
La Urquiza, con sus luces que encandilan, está preparada para mirar y hacerse ver. La Alberdi, rica en claroscuros, es la que da la bienvenida a los que desembarcan del tren y creen, al menos por un rato, que Tucumán atesora a Lola Mora entre sus joyas más cuidadas. No es cierto, lamentablemente, a pesar de que una de sus esculturas custodie la plaza y la estación.
Y está la San Martín, la plaza de la bohemia. Esa que, más que ninguna, permite sumergirse en la confortable melancolía que aparece cuando ha llovido. Será tal vez porque ahí los adolescentes, en igual medida, montan el skate y hacen sonar a Baglietto en una guitarra: ahí es cuando uno piensa que no todo está perdido. O tal vez porque obliga a reflexionar que, mientras se discute eternamente si vale o no "piedra por todos mis compas", o mientras un hermano mayor enseña de mala gana el arte de las pataditas a uno más chico, a pocos metros, cruzando la Bolívar, una madre llora lo único que no tiene explicación en este mundo.
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