Entrevista a Fernando Savater: "la protesta sin propuesta no sirve para nada"

El reconocido filósofo y escritor español afirma que la antipolítica es una forma de irrelevancia de lo social. La semana pasada estuvo en Buenos Aires invitado por la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas y, durante su visita, concedió esta entrevista a LA GACETA. Habla sobre su programa de televisión, su última novela, el periodismo y la militancia, la prisión del éxito, el encasillamiento intelectual, Internet y la muerte.
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- Dijo hace poco que la mayoría de la gente es capaz de salir un día a romper vidrios, pero no de trabajar un año en política. ¿Cómo se cambia esa tendencia?

- Recorro muy frecuentemente colegios y hablo con adolescentes. Durante muchos años traté de convencerlos de que se debían preparar para ejercer su ciudadanía. Les decía que en una democracia todos somos políticos, que no hay quienes nacen para mandar y quienes nacen para obedecer, sino que todos debemos mandar y obedecer a la vez. Y que si uno no hace política, otro lo hará por nosotros y eventualmente contra nuestros intereses. Los jóvenes eran casi todos apolíticos. Cuando llegó la crisis, todos los jóvenes apolíticos se convirtieron en antipolíticos. Lo curioso fue que no hicieron política, que no se dieron cuenta de que la antipolítica o la apoliticidad son dos formas de irrelevancia de lo social. La protesta es comprensible en un país como España, con 6 millones de desempleados. Cuando la democracia no cumple con las expectativas que se depositan en ella es razonable la decepción. Pero la protesta sin propuesta no sirve para nada. La propuesta implica la previa aceptación de la tarea política. Algunos "indignados" lo comprendieron pero muchos no. Es ingenuo pensar que la mera manifestación de disconformidad es suficiente para cambiar las cosas.

- Usted conoce mucho nuestro país. ¿Cómo ve a la Argentina?

- Creo que es un momento bastante paradójico. Desde el punto de vista económico, aún con sus problemas recurrentes como la inflación, parece pasar por un momento de relativa bonanza, sobre todo si lo comparamos con lo que hoy vive Europa. Pero, al mismo tiempo, noto un clima de gran crispación.

- Está por cerrar un acuerdo para transmitir una segunda parte de Lugares con genio en el grupo mexicano de medios Televisa y en un horario central. ¿Se puede llegar a un público masivo y mayoritariamente no lector con un programa sobre escritores?

- El programa busca despertar la curiosidad y el afán por la lectura. En aquellos que puedan haberlos tenido previamente, pero también en aquellos que no. Apostamos a que sea un programa que les muestre el costado más humano de los autores, contextualizado en un paisaje, en un lugar, o que lo lleve a ver que hay otra forma de viajar y de descubrir escritores que quizás ignoraban y que pueden revelarles cosas nuevas. En el hipódromo de Palermo, en Buenos Aires, por ejemplo, muchas personas que probablemente no eran lectores asiduos se me acercaron para decirme que les gustaba mucho el programa. Me parece que es un éxito significativo que sigan el programa, más que los aficionados a la literatura, aquellos que se acercan por primera vez a la literatura o que descubren autores que desconocían.

- Viaja mucho por el mundo hablando de sus libros. ¿Piensa que la mejor forma de promocionar un libro seguirán siendo las giras del autor hablando de su obra?

- La ventaja que tienen las presentaciones es que los lectores se dan cuenta de que los libros surgen de personas como ellos y no de máquinas sobrehumanas que los fabrican. Permiten constatar que los autores son humanos e incluso, como diría Nietzsche, demasiado humanos. También es cierto que la difusión tiene varias vertientes, como Internet. Ahora, hablando de Internet, creo que es un elemento cultural extraordinario. El problema es que Internet no sustituye la educación; la exige. Cuanto mayor preparación cultural se tiene, más se puede aprovechar. Si uno no tiene adecuada preparación puede convertirse en un sistema de infelicidad permanente. Se estima que el 85% de lo que circula en Internet es publicidad de algún tipo.

- Afirmó que el periodismo es una técnica pero principalmente una estética y una ética.

- Sí, lo que ocurre es que muchas veces tomamos a los periódicos como si cayeran de los árboles. Pero lo cierto es que los periódicos son formas de organización mental; están pensados para transmitir información de una manera determinada. Implican una técnica, una estética y una ética: la forma en que se cuentan las cosas, la jerarquización de lo que se cuenta, el compromiso de hacerlo honestamente.

- ¿Cree que el periodismo es compatible con la militancia política?

- La militancia no está mal dentro del periodismo siempre y cuando no desvirtúe los hechos. El problema se presenta cuando se acomodan los hechos para que coincidan con una visión política. Una cosa es hacer juicios sobre la realidad y otra es recortarla o desvirtuarla para justificar nuestros prejuicios. Hay realidades que exigen posiciones militantes, como la trata de personas o el uso de niños en guerras, y no permiten actitudes conciliadoras. Ahora bien, cuando la militancia del periodista está ligada al oficialismo conlleva un riesgo. Los intelectuales que resultan ideales para el poder suelen parecerse a esos perros de plástico que se llevan en los autos y que tienen una cabeza móvil que asiente constantemente con el movimiento. Eso me recuerda a una vez que entré a la redacción de El País y pregunté dónde estaba un periodista a un colega que me dijo: "no lo sé, estará por ahí, diciendo que sí a alguien". Puede haber personas que apoyen sinceramente las posturas gubernamentales, pero en un periodista siempre es sospechoso. Ocurre cuando vemos a alguien ser muy obsequioso con un millonario; están demasiado claras las ventajas de serlo.

- Usted sostuvo que los intelectuales suelen ser encasillados. Después de 20 años de publicado y con más de dos millones de ejemplares vendidos, ¿se siente atrapado por el éxito de Ética para Amador?

- Sin duda. Es verdad que un hit te da reconocimiento y, al mismo tiempo, te aprisiona. Pasó, por ejemplo, con Arthur Conan Doyle y Sherlock Holmes. El quería escribir novelas históricas y otros géneros pero el público pedía más aventuras de su célebre personaje. A tal punto que tuvo que revivir a Sherlock Holmes por la presión de los lectores. Claro que quejarse del éxito es siempre un exceso y que, en todo caso, es un problema menor y relativo. Otra cosa que pasa es el encasillamiento político o doctrinario. Muchas veces los medios no valoran tu argumentación sino la posición que se supone que tienes sobre tal o cual tema para ponerte en la columna de la derecha o de la izquierda.

- ¿Cómo fue el proceso de escritura de Los invitados de la princesa, su última novela?

- Los invitados de la princesa surgió hace un par de años cuando las cenizas de ese volcán islandés de nombre impronunciable dejó sin vuelos a toda Europa. Yo estaba en un congreso de literatura, en una localidad italiana cercana a Milán. No había más plazas en los trenes y me quedé 48 horas con una serie de personas a las que se suponía que no vería más de un par de horas. Esa situación me hizo acordar a esa tradición de la literatura europea que gira en torno a un grupo de personas forzadas a convivir.

- Como el Decamerón.

- Claro, el Decamerón, de Bocaccio, es una obra inicial. Luego los Cuentos de Canterbury, de Chaucer; el Heptamerón, de Margarita de Navarra, etcétera. Entonces pensé que el cañamazo de la obra sería una reunión de intelectuales en una isla de la que no pueden irse, en donde empiezan a narrarse una serie de siete cuentos de géneros diferentes y con puntos de vista distintos.

- Un capítulo de Invitación a la ética se refiere a la muerte y a la imposibilidad de pensarla. ¿Piensa en la muerte?

- La muerte misma no se puede pensar, podemos pensar lo que hay alrededor de ella. Freud decía que la vida sería intolerable si de verdad creyéramos que vamos a morir. Siempre esperamos que la muerte se suspenda el día en que lleguemos a su puerta. Al mismo tiempo, la muerte es lo que nos hace pensar. La razón se desarrolla porque somos vulnerables. La muerte nos destruye, pero también nos construye.

© LA GACETA



PERFIL

Fernando Savater nació en San Sebastián, España, en 1947. Es autor de más de 50 ensayos, novelas, libros de relatos y obras de teatro. En 1982 ganó el Premio Nacional de Literatura con su libro La tarea del héroe. Entre sus títulos más resonantes, pueden mencionarse Ética para Amador, el ensayo filosófico más vendido de la segunda mitad del siglo XX en el mercado hispanoamericano, e Invitación a la ética, ganador del Premio Anagrama. En el año 2000 ganó el Premio Ortega y Gasset de periodismo y en 2008 el Premio Planeta de Novela con La hermandad de la buena suerte. Ha sido amenazado y perseguido por la ETA, lo que lo obligó a vivir con custodia permanente hasta 2011. Es uno de los fundadores del partido UPyD. Actualmente dirige la revista Claves de razón práctica y es columnista permanente del diario El País, de Madrid. Acaba de publicar el ensayo Etica de urgencia y la novela Los invitados de la princesa.
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