Un viejo sabio
El juez y escritor de Yala conoció a André Malraux en México, y conversó una noche con el brillante intelectual francés. Héctor Tizón lo recuerda como "ceremonioso y formal, pero enérgico". Nuestro escritor le preguntó por Jean Paul Sartre, militante del Mayo Francés y crítico del gaullismo, donde Malraux militaba. Sin pensarlo demasiado, Malraux le respondió algo que podría decirse de muchos intelectuales argentinos: "El señor Sartre es un filósofo, pero en política es un adolescente".
La cita está en la página 117 de El resplandor de la hoguera, un pequeño gran libro crepuscular de Alfaguara, donde Tizón ejerce la memoria y la sabiduría. Y donde dice cosas así: "En la adolescencia no fui más joven que ahora, sino más viejo. Y, por añadidura, lo que más recuerdo de aquellos años es el viejo rencor de ser joven. De no ser nadie, de no tener cuerpo propio, ni pasado, ni estilo, ni acento, de consolarme sólo con las metáforas de la vida". Es una reflexión que, sin pretenderlo, desnuda las razones de la virulencia y el resentimiento de algunos miembros de las nuevas generaciones de escritores, dispuestos siempre al parricidio y al desdén, y a romper para diferenciarse y para acallar ese rencor que todos nosotros -incluso Tizón- teníamos dentro cuando éramos imberbes...
Para hablar de Dios, Tizón elogia el carácter narrativo de los niños, que son capaces de detener el tiempo, hacerlo retroceder y avanzar, y de ver seres que son invisibles para el adulto: "El niño los ve y los aparea y acopla a la realidad tangible, a la de nuestras manos y ojos. La única realidad posible es la realidad de los niños".
Tizón asegura, a la vez, que Dios hizo al mundo en su propia niñez. Que ahora Dios ya es adulto, serio, justo y prudente. Y se lamenta: "Ya no sirve a los hombres, o nos comprende demasiado. Dios ya no juzga. Está viejo, fatigado y aburrido".
El problema del tiempo no queda fuera de sus reflexiones. Recuerda que Miguel Brascó se hizo una promesa muy difícil de cumplir, pero del todo justa: "No hablar en adelante con imbéciles. Se pierde tiempo, se desperdicia la vida". Piensa el jujeño que "cada día es una síntesis de la vida". En las mañanas se siente eufórico e inocente, y capaz de todo. Hacia el mediodía está reposado y reflexivo. Y en los atardeceres se apodera del viejo escritor una tristeza melancólica: "Esta sensación, me parece, habrá llevado a los hombres a inventar la luz eléctrica".
Tizón siente finalmente que la vida no es una ciencia experimental sino una aventura perpetua, y que los hombres se dividen en exploradores y colonizadores. Confiesa que su generación no puede dar lecciones políticas: "Fuimos insensatos porque combatimos sin más, sin un previo aprendizaje de la lucha, y no pocas veces azuzados por falsos conductores o por ideólogos que confundieron la felicidad con la catástrofe".
Sin embargo, a manera de testamento ideológico, el juez de Yala, el hombre que muchos piensan podría ser candidato al premio Nobel de Literatura, el extraño abogado y novelista que vivió con los ojos y retrató la frontera y la puna, llama a no tomar en serio a los mercenarios del nuevo orden mundial, "ni aceptar que no hay más salida que la de engordar a los gordos". Y también llama a poner en tela de juicio los dogmas y catecismos de los economistas del sistema.
La vejez puede opacar y envilecer. Puede vivirse como un resentimiento y como una impunidad. También como un lento e intrascendente deslizar hacia la nada. Pero hay algunos hombres para los que la vejez es un resplandor. El resplandor de la hoguera de la pasión y la inteligencia que tuvieron y mantienen. Tizón tiene esas chispas cegadoras de los viejos sabios.
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Jorge Fernández Díaz - Escritor,
periodista, secretario de redacción del diario La Nación.

