01 Agosto 2012 Seguir en 
Es, por cierto, uno de los principales problemas, cuya solución aún no ha llegado, pese a que con el transcurso del tiempo, este se hace no sólo preocupante, sino grave. La basura tecnológica no ha encontrado un destino que no sea perjudicial a la sociedad. El ciudadano tucumano no sabe qué hacer con baterías, pilas comunes, de calculadoras, de relojes, de termómetros; celulares, monitores, teclados, lectoras de DVD, marcapasos, controles remotos inservibles. En nuestra sección Cartas, una lectora se quejaba ayer porque no sabía que hacer con las pila y solicitaba a la Municipalidad que diera una respuesta a este asunto.
Según algunas estimaciones, son 3.600 las toneladas de chatarra tecnológica que se desechan por año en la provincia, lo cual representa el 2,5% del total de residuos. Menos de un 5% se recicla; en promedio, cada habitante genera 2,5 kilos de basura electrónica por año. En EE.UU. y Europa se habla de entre 20 y 15 kilos. Otros datos significativos y no menos inquietantes indican que a nivel nacional, son 700.000 las impresoras de chorro de tinta se desechan anualmente; el 75% de los aparatos electrónicos viejos está guardado porque no se sabe qué hacer con ellos; el 5% de los residuos tecnológicos se reciclan, frente al 28% del resto de los residuos. Lo que más se transforma es cartón y vidrio. Esta basura contiene elementos contaminantes y necesita un tratamiento especial. Por ejemplo, el monitor de un televisor o de una PC contiene dos 2 kilos de óxido de plomo. En Tucumán, estos desechos se mezclan con la basura común.
Son altamente contaminantes las computadoras, baterías, celulares y monitores porque contienen plomo, cadmio, PBC, cromo, bromo y otros metales pesados, según la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación.
Un catedrático de la Universidad Tecnológica, Regional Tucumán, que desarrolló una investigación con sus alumnos en 2011, dijo que una vez desechados, estos artefactos reaccionan con el agua y la materia orgánica liberando tóxicos al suelo y a las fuentes de agua subterráneas. Dijo que el mayor peligro eran las pilas, las baterías, los tubos fluorescentes y las lámparas de bajo consumo.
En marzo de 2010, dos concejales capitalinos impulsaron un proyecto de ordenanza que proponía la creación de un programa de recolección, transporte y disposición final de pilas, micropilas y baterías usadas; quedaban fuera del listado las baterías de vehículos. "La idea es tenerlas en algún lugar seguro hasta que tengamos la tecnología adecuada para tratarlas. Se dice que una persona usa un promedio de 10 pilas al año y si las multiplicamos por la cantidad de habitantes de la capital, sumarían 5 millones al año", dijo uno de los ediles. La iniciativa se convirtió en la ordenanza 4.229, que no entró en vigencia. El problema seguía siendo la disposición final.
Sería importante que el Estado se abocara al diseño de una política ambiental, surgida de investigaciones y de un debate con especialistas en el tema. Hace ya unos años que la Municipalidad viene anunciando que se implementará la separación de los residuos orgánicos de los inorgánicos, pero todo quedó en una expresión de deseo. Justamente, uno de los grandes problemas de esta provincia es la contaminación de los ríos, del aire y del suelo. Si se sigue tirando la tierra bajo la alfombra, se corre el riesgo de poner en riesgo nuestro futuro ecológico.
Según algunas estimaciones, son 3.600 las toneladas de chatarra tecnológica que se desechan por año en la provincia, lo cual representa el 2,5% del total de residuos. Menos de un 5% se recicla; en promedio, cada habitante genera 2,5 kilos de basura electrónica por año. En EE.UU. y Europa se habla de entre 20 y 15 kilos. Otros datos significativos y no menos inquietantes indican que a nivel nacional, son 700.000 las impresoras de chorro de tinta se desechan anualmente; el 75% de los aparatos electrónicos viejos está guardado porque no se sabe qué hacer con ellos; el 5% de los residuos tecnológicos se reciclan, frente al 28% del resto de los residuos. Lo que más se transforma es cartón y vidrio. Esta basura contiene elementos contaminantes y necesita un tratamiento especial. Por ejemplo, el monitor de un televisor o de una PC contiene dos 2 kilos de óxido de plomo. En Tucumán, estos desechos se mezclan con la basura común.
Son altamente contaminantes las computadoras, baterías, celulares y monitores porque contienen plomo, cadmio, PBC, cromo, bromo y otros metales pesados, según la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación.
Un catedrático de la Universidad Tecnológica, Regional Tucumán, que desarrolló una investigación con sus alumnos en 2011, dijo que una vez desechados, estos artefactos reaccionan con el agua y la materia orgánica liberando tóxicos al suelo y a las fuentes de agua subterráneas. Dijo que el mayor peligro eran las pilas, las baterías, los tubos fluorescentes y las lámparas de bajo consumo.
En marzo de 2010, dos concejales capitalinos impulsaron un proyecto de ordenanza que proponía la creación de un programa de recolección, transporte y disposición final de pilas, micropilas y baterías usadas; quedaban fuera del listado las baterías de vehículos. "La idea es tenerlas en algún lugar seguro hasta que tengamos la tecnología adecuada para tratarlas. Se dice que una persona usa un promedio de 10 pilas al año y si las multiplicamos por la cantidad de habitantes de la capital, sumarían 5 millones al año", dijo uno de los ediles. La iniciativa se convirtió en la ordenanza 4.229, que no entró en vigencia. El problema seguía siendo la disposición final.
Sería importante que el Estado se abocara al diseño de una política ambiental, surgida de investigaciones y de un debate con especialistas en el tema. Hace ya unos años que la Municipalidad viene anunciando que se implementará la separación de los residuos orgánicos de los inorgánicos, pero todo quedó en una expresión de deseo. Justamente, uno de los grandes problemas de esta provincia es la contaminación de los ríos, del aire y del suelo. Si se sigue tirando la tierra bajo la alfombra, se corre el riesgo de poner en riesgo nuestro futuro ecológico.






