Voluntarios en llamas

José Názaro
Por José Názaro 01 Agosto 2012
Pedro Rodríguez Salazar heredó la vocación. En realidad, su papá jamás se había puesto el casco ni la ropa ignífuga. Sin embargo, le transmitió a su hijo la pasión que sentía por esos hombres y mujeres que arriesgan la vida por salvar a otros. Pedro se embaló con el sueño y lo cumplió.

Hace un año acudió a sofocar un incendio en una casa. Adentro, el humo era cegador y el calor hacía hervir el aire. De golpe, se produjo una explosión. Y la imagen de sus cuatro hijos se le clavó en la mente al subcomandante de los rescatistas voluntarios de Yerba Buena. Se salvó. Pero la situación vuelve insistente a su cabeza: sabe que un error le habría costado la vida.

Lo fácil es decir que, como bombero, Pedro y sus colegas son conscientes de los riesgos y que están capacitados para enfrentarlos. Pero la cuestión es más compleja: ellos no reciben nada a cambio de su labor; son voluntarios, es decir, ocupan el tiempo que les dejan sus trabajos en ayudar a los demás. En realidad, los que tienen trabajo son afortunados; muchos de los 300 bomberos voluntarios tucumanos están desempleados.

Los cuarteles de Tucumán reciben subsidios del Gobierno con los que pagan el seguro contra accidentes y el de los vehículos. Además, les provee 100 litros de nafta por mes (la cifra está lejos de ser suficiente, afirman los jefes). Este sistema de voluntariado le permite al Estado ahorrar muchos millones: equipar solo a un bombero cuesta por lo menos $ 50.000. Renovar las autobombas (la antigüedad del parque se remonta a las décadas del 70 y del 80), muchos miles más.

El presidente de la Federación de Bomberos Voluntarios de Tucumán, Hugo Conegliano, hace hincapié en la necesidad de que Tucumán cuente con una ley que regule la labor de los bomberos. Desde 2006 vienen golpeando puertas de despachos legislativos y gubernamentales con un proyecto debajo del brazo (propone cobertura social, seguro contra accidentes, un cupo de adjudicaciones de casas del Instituto de la Vivienda y un reconocimiento tras 25 años de servicio). Dicen que nadie les hace caso.

El compromiso de la comunidad también es pobre. Así, mientras arde la ciudad, la vocación de Pedro se vuelve muy ingrata.

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