TV BOBA PERO NO TANTO

Reality del vecino

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Silvina Cena
LA GACETA

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¿Cuantos concursos de canto necesitamos en la televisión? Muchos, dirán algunos, o todos los que existen. ¿Acaso no se merecen la oportunidad del reconocimiento y de la masividad los talentos del país? Sí, claro, cómo no. Para complacencia de los seguidores de este formato, el último domingo comenzó uno nuevo, "La voz argentina", que -al igual que los anteriores y, probablemente, que los que están por venir- se promociona como diferente del resto. Es decir: también pretende hallar al gran cantor nacional, también cuenta con un jurado compuesto por figuras conocidas, también se asienta sobre un conductor histriónico, también se preocupa por encontrar las hipervaloradas historias de vida... Pero es diferente; lo garantizan las propagandas. Del otro lado tenemos al dichoso Caballo Alado del Trece (eufemismo que el propio Mariano Iúdica impulsó para definir a su programa) y otros menos pretenciosos, realizados en el marco de un programa mayor, como el que propicia Ricardo Fort.

En tanto la televisión es entretenimiento, no hay razón para renegar de la existencia y convivencia de estos shows. Mientras todos entretengan, claro. Lo objetable es cuando, subida a la ola del boom de estos certámenes, la audiencia llega a creer que hay que agradecer o que necesita estos ciclos para conocer, acercarse y emocionarse con artistas que, probablemente, viven a la vuelta de sus casas. ¿Usted sabía, señora, que esa voz que hoy le saca lágrimas de maravilla está peleando desde hace mucho no solo con las posibilidades acotadas que da el interior, sino también con el desinterés que la mayoría del público opone ante lo que no está consagrado? ¿Hace cuanto que no se sienta en un cantobar, una peña o una casa cultural y se aventura a escuchar lo nuevo, lo desconocido? Por ahí han andado antes sus nuevos ídolos y entonces cantaban tan lindo como hoy.

Sigamos llorando con Iúdica y riéndonos con Marley. No hay nada de malo en esos realitys, más allá del efecto efímero que tendrán sobre la mayoría de los concursantes. Pero no dejemos llegar el momento en que, para celebrar las habilidades del vecino, tengamos que esperar a que supere a un millar de personas en un casting y acceda a la preciada baldosa que enfocan las cámaras porteñas.

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