Los "hippies informáticos" quieren llegar a Ushuaia

Una pareja mexicana viaja en su casa rodante y se mantiene creando páginas web. Las artesanías, su segunda actividad. 50.000 km .

16 Jun 2012
El médico cura enfermos, el músico hace música, el abogado defiende el derecho y los hippies hacen artesanías. Si las cosas fueran así de fáciles...

Si las cosas fueran así de fáciles no estaríamos contando esta historia. La de Elena Flores y Pedro Gómez, dos jóvenes mexicanos que salieron desde su país hace dos años, con doscientos dólares en el bolsillo decididos a llegar a Ushuaia, el fin del mundo, el fin de Sudamérica.

Y el fin de los prejuicios, que es casi lo mismo que el fin de la ignorancia. Eso es lo que responderán esta diseñadora de modas y este licenciado en Filosofía cuando le pregunten quiénes eran antes del viaje y quienes son ahora, cuando la meta está cada vez más cerca. La rodearon, la zigzaguearon, la dilataron, pero no la abandonaron: el objetivo sigue siendo llegar al lugar más austral al que se pueda acceder en auto.

"Físicamente no he cambiado mucho a cuando vivía en el DF -dice Pedro, de 27 años, con esa tonada que a fuerza de música, películas y telenovelas nos dejó de resultar ajena-. Sí he cambiado en el conocimiento que tengo de la gente, en haber terminado con los prejuicios, en el entender que ningún lugar es peor que otro en lo social o lo económico, por ejemplo".

A pesar de lo que pueda parecer al verlos, ellos no son artesanos. O sí, pero ocasionalmente y cuando no queda otra. Su actividad principal es crear páginas web, diseñar aplicaciones informáticas y todo lo que le pidan hacer con sus laptops. Esta es la vuelta que encontró esta joven pareja para seguir en la ruta, algo a lo que ya se dedicaban antes de partir -a pesar de sus estudios cursados- y una profesión con la que no precisan oficinas ni horarios ni jefes. "Claro, estando en el DF teníamos reuniones con los clientes y teníamos que tener una imagen más formal. Ahora concretamos reuniones por Skype (teleconferencia vía internet) y si bien algunos desconfían de que no cumpliremos con el trabajo, la gran mayoría sí lo hace ", celebra Pedro, con su barba de un mes y una rasta de muchos años.

Al contrario de lo que pueda mandar la idea colectiva, la artesanía es un "laburo" (aprendieron bastante en este mes y medio en Argentina) secundario. "Todo depende. En Venezuela no nos salió ningún trabajo de programación entonces hicimos más artesanías. En Perú venden todo muy barato entonces no conviene hacer artesanías, pero nos salió un trabajo de una página mexicana", explica Elena, de 28 años. "A las artesanías llegamos sin querer, nos enseñó alguien que conocimos en el camino y nos dijo que esa actividad era bien generosa y nunca te abandonaba. Y es cierto, con las artesanías nunca vas a pasar hambre", recalca la joven.

La gente exagera
Si algo pudieron comprobar en estos 50.000 kilómetros es que a la gente le encanta exagerar. "Lo que nos decían de Centroamérica era terrible, un poco nos asustaba. Después llegamos y nos dimos cuenta de que no es tan así", afirma Pedro y calcula que el 90% de las personas tiende a dramatizar más de la cuenta. "Está bueno escuchar y seguir los consejos, pero también uno consigue afilar el ojo y saber cómo es el lugar al que uno llega", agrega.

El ojo clínico les falló en Jujuy, hace un par de semanas, donde estacionaron por media hora su camioneta con casa rodante adaptada en la calle y se la abrieron. "Parecía que era un lugar tranquilo, no lo imaginamos", dicen ahora, un poco más tranquilos. Antes, habían tenido un percance similar en Venezuela, a un año y dos meses de la partida. "Sin embargo, podemos asegurar que en todo este recorrido nos encontramos con más gente buena que mala. Gente que apenas te conoce y te invita a tu casa a echarte un regaderazo o te compra alguna artesanía para ayudarte", asegura Pedro.

Las anécdotas y aprendizajes que comparten son interminables en la charla con esta pareja de viajeros (sienten que les queda grande la palabra hippies y mucho más aún la de artesanos). Descubrieron geografías e historia viva en todo el continente y si bien piensan volver algún día a México, aseguran que no tienen apuro.

Todavía les falta llegar al fin del mundo y desde allí empezar a trepar por la costa atlántica. "Ni idea cuándo volveremos. Cuando partimos, pensábamos que el viaje nos llevaría unos 11 meses y ya llevamos dos años. Por ahora no hay apuro, pero la tierra se extraña", concluye Pedro.





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