El musculoso Real Madrid de José Mourinho es el campeón de España y el amarrete Chelsea de Roberto Di Matteo es el campeón europeo: pero el Barcelona de Leo Messi, a no dudarlo, sigue teniendo el mejor fútbol del mundo. La nueva lección que ofreció el viernes, al aplastar 3-0 al Athletic de Bilbao de Marcelo Bielsa en la final de la Copa del Rey fue la mejor respuesta a los que hablan de fin de ciclo por la partida del entrenador Pep Guardiola. Terminó sí la era del Barça de Guardiola, con 14 de 19 títulos en cuatro años. Y un fútbol que quedará grabado para siempre, por su bella y solidaria eficacia. Pero el campeón avisó que, aún sin Pep, todavía hay equipo. Y que, por suerte para todos nosotros, el futuro puede ser aún mejor.
Barcelona multiplica por diez el presupuesto del Athletic. Son 500 millones de euros anuales que le permiten fichar y retener a los mejores cracks del mundo, contra un Athletic que, aún en tiempos de pura globalización, sigue firme con su política de jugar sólo con jugadores de raíz vasca. Más difícil se hace todo si, como le sucedió el viernes al Athletic, el mejor equipo del mundo, que siembre busca recuperar antes de los cinco segundos cualquier pelota que pierda, le hace un gol a los 2 minutos de iniciado el partido y a los 25 ya está 3-0. Todo agravado porque encima al Athletic no le cobraron un claro penal que, además, hubiese dejado al Barça con un jugador expulsado (Gerard Piqué).
Escuchar a más de 20.000 vascos cantando "Bielsa quédate" después de la segunda final perdida en menos de dos semanas, debería llevar por lo menos a una reflexión a los que, aún hoy, insisten en decirnos que el fútbol, y también la sociedad, sólo reconoce a quien gana.
Barcelona y Real Madrid acaparan todos los títulos del fútbol español de los tres últimos años. Ligas, Copas del Rey y Supercopas. En la Liga le sacan más de 30 puntos al tercero. La TV le paga a ellos dos la mitad de su presupuesto. La otra mitad la reparte en los 18 equipos restantes. Es una diferencia cada vez más insultante. Hay quienes pronostican que la situación se agravará en los próximos meses a raíz de la crisis que sacude a España, que repercutirá mucho más en los clubes más débiles.
El fútbol, en realidad, no ha hecho más que copiar a la realidad. Se sabía el viernes que hinchas catalanes y vascos silbarían el himno nacional de España porque así sucede desde casi siempre. "Pero esta vez fue peor que nunca", me dijo un colega madrileño el viernes, desde el estadio Vicente Calderón. Su llamada se produce apenas termina el partido. Me cuenta que el duro insulto del principio no fue hacia el rey Juan Carlos, sino hacia Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, que prefirió no ir al estadio. "Cantaban 'Esperanza, hija de punta'", me avisa mi amigo.
"Es una contradicción -intento ironizar-, la esperanza, al menos por aquello de que es lo último que se pierde, no puede ser hija de puta". "Se ve que tú -me contesta el colega- todavía no te has dado cuenta de cómo está este país".
Lo escucho rodeado de hinchas del Barça que festejan el triunfo, acaso imaginándose eso de que el futuro, aún sin Pep, podrá ser aún mejor. Mi amigo me alerta sobre cómo convivirá ese fútbol lujoso en un país con 5 millones de desocupados y que recortó este año 10.000 millones de euros en educación y salud. "Pronto -cierra mi amigo desde el estadio- estaremos como Grecia".
Barcelona multiplica por diez el presupuesto del Athletic. Son 500 millones de euros anuales que le permiten fichar y retener a los mejores cracks del mundo, contra un Athletic que, aún en tiempos de pura globalización, sigue firme con su política de jugar sólo con jugadores de raíz vasca. Más difícil se hace todo si, como le sucedió el viernes al Athletic, el mejor equipo del mundo, que siembre busca recuperar antes de los cinco segundos cualquier pelota que pierda, le hace un gol a los 2 minutos de iniciado el partido y a los 25 ya está 3-0. Todo agravado porque encima al Athletic no le cobraron un claro penal que, además, hubiese dejado al Barça con un jugador expulsado (Gerard Piqué).
Escuchar a más de 20.000 vascos cantando "Bielsa quédate" después de la segunda final perdida en menos de dos semanas, debería llevar por lo menos a una reflexión a los que, aún hoy, insisten en decirnos que el fútbol, y también la sociedad, sólo reconoce a quien gana.
Barcelona y Real Madrid acaparan todos los títulos del fútbol español de los tres últimos años. Ligas, Copas del Rey y Supercopas. En la Liga le sacan más de 30 puntos al tercero. La TV le paga a ellos dos la mitad de su presupuesto. La otra mitad la reparte en los 18 equipos restantes. Es una diferencia cada vez más insultante. Hay quienes pronostican que la situación se agravará en los próximos meses a raíz de la crisis que sacude a España, que repercutirá mucho más en los clubes más débiles.
El fútbol, en realidad, no ha hecho más que copiar a la realidad. Se sabía el viernes que hinchas catalanes y vascos silbarían el himno nacional de España porque así sucede desde casi siempre. "Pero esta vez fue peor que nunca", me dijo un colega madrileño el viernes, desde el estadio Vicente Calderón. Su llamada se produce apenas termina el partido. Me cuenta que el duro insulto del principio no fue hacia el rey Juan Carlos, sino hacia Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, que prefirió no ir al estadio. "Cantaban 'Esperanza, hija de punta'", me avisa mi amigo.
"Es una contradicción -intento ironizar-, la esperanza, al menos por aquello de que es lo último que se pierde, no puede ser hija de puta". "Se ve que tú -me contesta el colega- todavía no te has dado cuenta de cómo está este país".
Lo escucho rodeado de hinchas del Barça que festejan el triunfo, acaso imaginándose eso de que el futuro, aún sin Pep, podrá ser aún mejor. Mi amigo me alerta sobre cómo convivirá ese fútbol lujoso en un país con 5 millones de desocupados y que recortó este año 10.000 millones de euros en educación y salud. "Pronto -cierra mi amigo desde el estadio- estaremos como Grecia".







