El laberinto siempre ha sido una construcción a la que han echado mano filósofos, escritores y artistas para reflexionar sobre el mundo, a modo de una metáfora. Basta recordar a Borges, pero igualmente a Eco, cuando distingue a los laberintos en clásico, manierista y rizomático. Pero para los artistas es, igualmente, una recurrencia para pensar al arte mismo.
"Del infinito y otros laberintos", una exposición de Cecilia Molina que se puede ver en Casa Managua (San Juan 1.015), se orienta en esa dirección. Son 13 objetos, 12 de caña de bambú y uno de madera, que además poseen sus propios diseños. Estos objetos están ubicados y distribuidos en una pequeña sala, pero no de cualquier manera, sino de un modo particular: por eso, se trata de una instalación de objetos. Esta distribución genera sentido, permanentemente, porque para poder observarlos los espectadores están obligados a un recorrido, a un tránsito entre las piezas, para el que hay distintas, muchas, opciones. En definitiva, se permitirá diferentes conexiones entre los objetos a través de otros tantos caminos.
"Es una muestra pensada para incomodar, con esculturas que surgen del piso y otras que cuelgan del techo, laberintos que contienen laberintos y en ellos, la idea de infinito", cuenta la artista. "Trabajo desde el concepto del caos, pensando en un espacio que no tiene entrada ni salida", agrega Molina.
"Cecilia imaginó un laberinto infinito. Y esa imaginación y propuesta de artista cabal -que ha seguido más su intuición que los consejos de la sana razón- no son azarosas, ni casuales: responde a una antigua marca, a un potente símbolo, que es el laberinto", escribió en el catálogo Cristina Bulacio.
"Del infinito y otros laberintos", una exposición de Cecilia Molina que se puede ver en Casa Managua (San Juan 1.015), se orienta en esa dirección. Son 13 objetos, 12 de caña de bambú y uno de madera, que además poseen sus propios diseños. Estos objetos están ubicados y distribuidos en una pequeña sala, pero no de cualquier manera, sino de un modo particular: por eso, se trata de una instalación de objetos. Esta distribución genera sentido, permanentemente, porque para poder observarlos los espectadores están obligados a un recorrido, a un tránsito entre las piezas, para el que hay distintas, muchas, opciones. En definitiva, se permitirá diferentes conexiones entre los objetos a través de otros tantos caminos.
"Es una muestra pensada para incomodar, con esculturas que surgen del piso y otras que cuelgan del techo, laberintos que contienen laberintos y en ellos, la idea de infinito", cuenta la artista. "Trabajo desde el concepto del caos, pensando en un espacio que no tiene entrada ni salida", agrega Molina.
"Cecilia imaginó un laberinto infinito. Y esa imaginación y propuesta de artista cabal -que ha seguido más su intuición que los consejos de la sana razón- no son azarosas, ni casuales: responde a una antigua marca, a un potente símbolo, que es el laberinto", escribió en el catálogo Cristina Bulacio.







