11 Marzo 2012 Seguir en 
La crisis internacional tiene dos caras, una nominal y otra real. El titular de la Reserva Federal (Fed) de EEUU, Ben Bernanke, se pasó años maquillando "la cara nominal" de la crisis, intentando esconder una tragedia en términos reales, que se inició en 2007. Vivimos en un mundo intencionalmente nominalizado por la Fed. Los mercados padecen de ilusión monetaria. La Fed los bombardea de vez en cuando con misiles monetarios, para sostener ciertos niveles en los precios de activos, convencida de que, envueltos en una nube nominal de optimismo, esos mercados contagian positivamente las expectativas del consumidor, lo que mejora la economía real. Hace semanas Bernanke sugirió la chance de implementar una tercera ronda de Flexibilización Cuantitativa (QEIII): nueva emisión gigantesca de dólares.
Si calculamos el retorno acumulado del S&P en dólares desde enero de 2009 a hoy, fue muy bueno en términos nominales. Pero si lo calculamos en términos reales contra, por ejemplo, una canasta diversificada de activos reales, la imagen cambia: esta tuvo en el mismo período un retorno superior. Por lo tanto, si en vez de medir el S&P en unidades de dólar lo hacemos en unidades de activos reales, el retorno desde 2009 fue negativo. Esto implica que el dinero invertido en el S&P compra mucho menos activos reales hoy de lo que podía comprar en inicios de 2009. Es evidente que viene ocurriendo un proceso erosionador del valor del dólar, planificado e intencional. También es cierto que para el ciudadano común eso pasa desapercibido; y ese patrón de comportamiento es, precisamente, lo que le da tiempo y grados de libertad a la Fed.
Este cálculo podría ser más ácido: supongamos que se decidió reducir el riesgo de la cartera desde 2009 y dada la enorme incertidumbre de los mercados se armó una posición cash en dólares. En este caso, la cartera medida contra unidades de activos reales sería negativa aún cuando en términos nominales no habría sufrido cambios. La persona bien podría decir: salí ileso de la crisis, aun cuando, en realidad, hoy puede comprar menos de la mitad de la canasta original de activos reales.
Si este análisis se realizase considerando activos inmobiliarios los resultados serían similares. El valor promedio de propiedades en Sudamérica subió en estos tres años un 45%. La licuación aquí se hace mucho más evidente: con los mismos dólares de 2009, hoy se compran mucho menos metros cuadrados.
La Fed tiene una ventaja: el dólar es la moneda utilizada como reserva de valor. El 70% de todas las transacciones de comercio internacional son efectuadas en dólares y, además, el mundo entero tiende a mantener una proporción de su riqueza en esa moneda. Que parte del planeta ahorre en dólares le permite a la Fed cobrar impuesto inflacionario no sólo a los ciudadanos estadounidenses, sino también a los del resto del mundo.
Esto permite maximizar los beneficios de una política clarísima de licuación que viene implementando Ben Bernanke desde hace años y que ha sido reafirmada recientemente con la insinuación de una nueva ronda de QEIII. Haciendo un cálculo muy simple, si asumimos una inflación del 2% y un crecimiento nominal del 1% anual promedio para la próxima década, la Fed estaría licuando el 26% de su problema actual y esto supone a una Fed muy calma a nivel monetario. Ya llevamos cinco años de crisis y el S&P sólo tuvo retorno negativo en 2008. El resto de los años los mercados reflacionaron. En promedio, jugarle direccionalmente pesimista a los mercados no fue una buena decisión.
Si calculamos el retorno acumulado del S&P en dólares desde enero de 2009 a hoy, fue muy bueno en términos nominales. Pero si lo calculamos en términos reales contra, por ejemplo, una canasta diversificada de activos reales, la imagen cambia: esta tuvo en el mismo período un retorno superior. Por lo tanto, si en vez de medir el S&P en unidades de dólar lo hacemos en unidades de activos reales, el retorno desde 2009 fue negativo. Esto implica que el dinero invertido en el S&P compra mucho menos activos reales hoy de lo que podía comprar en inicios de 2009. Es evidente que viene ocurriendo un proceso erosionador del valor del dólar, planificado e intencional. También es cierto que para el ciudadano común eso pasa desapercibido; y ese patrón de comportamiento es, precisamente, lo que le da tiempo y grados de libertad a la Fed.
Este cálculo podría ser más ácido: supongamos que se decidió reducir el riesgo de la cartera desde 2009 y dada la enorme incertidumbre de los mercados se armó una posición cash en dólares. En este caso, la cartera medida contra unidades de activos reales sería negativa aún cuando en términos nominales no habría sufrido cambios. La persona bien podría decir: salí ileso de la crisis, aun cuando, en realidad, hoy puede comprar menos de la mitad de la canasta original de activos reales.
Si este análisis se realizase considerando activos inmobiliarios los resultados serían similares. El valor promedio de propiedades en Sudamérica subió en estos tres años un 45%. La licuación aquí se hace mucho más evidente: con los mismos dólares de 2009, hoy se compran mucho menos metros cuadrados.
La Fed tiene una ventaja: el dólar es la moneda utilizada como reserva de valor. El 70% de todas las transacciones de comercio internacional son efectuadas en dólares y, además, el mundo entero tiende a mantener una proporción de su riqueza en esa moneda. Que parte del planeta ahorre en dólares le permite a la Fed cobrar impuesto inflacionario no sólo a los ciudadanos estadounidenses, sino también a los del resto del mundo.
Esto permite maximizar los beneficios de una política clarísima de licuación que viene implementando Ben Bernanke desde hace años y que ha sido reafirmada recientemente con la insinuación de una nueva ronda de QEIII. Haciendo un cálculo muy simple, si asumimos una inflación del 2% y un crecimiento nominal del 1% anual promedio para la próxima década, la Fed estaría licuando el 26% de su problema actual y esto supone a una Fed muy calma a nivel monetario. Ya llevamos cinco años de crisis y el S&P sólo tuvo retorno negativo en 2008. El resto de los años los mercados reflacionaron. En promedio, jugarle direccionalmente pesimista a los mercados no fue una buena decisión.







