El adefesio que desgarra al cerro

Debía jerarquizar un punto de interés turístico. Pero el edificio nació defectuoso y fue abandonado a mitad de camino, cuando quedó claro que no iba a servir para ordenar la venta ambulante que colonizó este lugar de recreo sobre la ruta 307. Su fealdad llama la atención a los turistas que se detienen a sacar una foto y a estirar las piernas. Y así están las cosas por allí desde 2007.

PÉSIMA IMAGEN. Desde arriba, las chapas y el bloque de cemento destruyen una vista inigualable.
PÉSIMA IMAGEN. Desde arriba, las chapas y el bloque de cemento destruyen una vista inigualable.
Por Irene Benito 19 Febrero 2012
Con gestos de asombro y desagrado, el rostro expresa un mejunje de sensaciones ambivalentes: el mareo y las náuseas surgidos entre las curvas y contracurvas de la ruta 307; el placer y el privilegio de "tocar con las manos" cerros y quebradas tapizados de selva fosforescente; el estupor del primer encuentro cara a cara con el gigantesco monumento al Indio, y el estrés producidos por el runrún del tráfico, la basura fuera del basurero y la precariedad del conjunto de ranchitos que ofrecen recuerdos del norte argentino. El rostro conflictuado por tantos estímulos de opuesta índole entra en estado patidifuso cuando se convence de que ve lo que ve y no alucina: una mole de color gris pálido vacía y abandonada, que hiere el magnífico paisaje precordillerano con su aspecto de prisión de Alcatraz.

Consternada por el hallazgo, la dueña del semblante tan transparente cruza la calzada y, en lugar de dirigirse hacia el pequeño balcón que hace las veces de mirador, enfila con dirección a la estructura incrustada a espaldas de la escultura de Enrique Prat Gay, artista tucumano educado en la escuela y el ejemplo de Lola Mora. Se asoma apenas por una de las aberturas y al segundo se aleja despavorida por el hedor a orín. En la retirada, esquiva un montículo de arena y guijarros, y pasa al lado de un tacho desbordado de botellas de plástico -entre otros residuos- mientras echa una mirada de yeso al conductor que pretende meter su auto entre dos columnas de la malograda edificación.

"Aquel adefesio no sirve ni para estacionamiento", dictamina con rechazo María Luisa Frías, turista bonaerense de 64 años. Por pedido de LA GACETA, la mujer amplía ese diagnóstico terminal: "mientras subíamos, nos parecía que podía tratarse de una hilera de baños públicos. Nos preguntábamos el por qué de tanto mal gusto... Para mi sorpresa, resulta que esta cosa fea es la nada misma: las celdas reciben tan poca luz que ni siquiera podrían ser usadas por los puesteros. ¿Qué relación tiene con el entorno? ¡Ninguna! Yo lo demolería sin pensarlo dos veces. Así como está nunca podrá ser integrado armoniosamente a la montaña".

Se rasca la cabeza. Después de meditar para adentro, Fabián Bazán, viajero oriundo de Juan Bautista Alberdi, concluye que no entiende. "No hace falta ser un cráneo para darse cuenta de que todo lo que hay aquí, en este punto estratégico, afecta la vista. La gente hace un alto en el camino para estirar las piernas y sacar fotos. ¿Y qué encuentra? De un lado, vendedores amontonados en pésimas condiciones; y del otro, un bloque de cemento a medio hacer. Es incomprensible", expone ciñéndose a la estricta sensatez. Un curioso atraído por la conversación mete la cuchara (y pide con sarcasmo): "mencione que el diputado nacional Luis Sacca se olvidó de borrar su nombre del frente de la construcción". Ocurre que el 19 de enero pasado seguía allí, empeorando el panorama estético, la enorme pintada rojiblanca con que la Unión Cívica Radical promocionó su menú de candidatos para las elecciones de octubre de 2011.

Encerrar para enervar
Nadie lo quiere, pero, aún así, ocupa el mejor espacio de este balcón sobre la trepada a los Valles Calchaquíes. Y el adefesio (¿un cobertizo fallido?) sin ninguna utilidad verificable permanece en el lugar desde 2007, cuando fue levantado con la supuesta intención de ordenar y recuperar El Indio y sus inmediaciones. En aquella época, la cartera de Turismo y la Universidad Nacional de Tucumán ejecutaron la restauración de la obra de Prat Gay (colocada en esa ubicación en 1943, para la inauguración de la ruta), instante en que se decidió enervar la acción vandálica de los "graffitis" encerrando los casi 16 metros de El Chasqui, como se llamó originalmente, dentro de un cerco de metal.

El acorralamiento de la estatua que reivindica y recuerda a los transeúntes originarios de esas laderas no es la única paradoja de este sitio de interés turístico que se ha ido llenando de mercaderes y mercancías -más industriales que artesanales-, y cuya dinámica caótica se ha consolidado merced a controles y planificación insuficientes. El símbolo de este desmadre es esa estructura marciana que, sin anestesia, afea lo que debería hermosear destruyendo una y otra vez el idilio con la naturaleza.

Traída de los pelos
"La gente lo usa para hacer sus necesidades, por eso tiene ese perfume... Supuestamente hay baños en la casilla de abajo, pero están cerrados: Vialidad se lleva la llave. Esto es un problema de todos los días desde hace casi cinco años", se descarga el puestero Néstor Valdez. El comerciante aprovecha la consulta de "la prensa" para despachar algunas de sus quejas: "la basura es recogida una vez al mes"; "queríamos locales, no esta cosa horrible que el Gobierno hizo"; "necesitamos más lugar para estacionamiento y más servicios para los viajeros"... Afirma también que es incalculable la cantidad de gente que pasa por ahí diariamente y, para legitimar su opinión, se define como uno de los diez vendedores permanentes de El Indio: "en invierno podemos llegar a ser 23".

En uno de los extremos de la feria, allí donde los mosquitos se hacen un picnic con la carne humana que se acerca a preguntar por el precio y la procedencia del queso, el quesillo y el salamín, la tendera Liliana Díaz aporta un interrogante: "¿sabe cuánto ganaríamos si en lugar de esa obra molesta tuviésemos un gran mirador? Nosotros queremos que la saquen, que la tiren abajo. Incluso el mismo turista se hace mala sangre cuando se encuentra con esta edificación traída de los pelos".

Si fuese tan fácil como pasar la topadora o dinamitar, la obra ya se habría desintegrado en un millón de escombros. Por algo sigue ahí, plantada en actitud pertinaz mientras suben y bajan bicicletas, autos, ómnibus, motos y camiones, y mientras pasan los gestores alperovichistas del Ente Tucumán Turismo. La deuda adquirida con la revalorización de El Indio, que sobrevivió a las administraciones de Mercedes Paz y Roberto Martínez Zavalía, no ha cedido ni un centímetro en los casi tres años de presidencia de Bernardo Racedo Aragón.

El asunto -o, más bien, la carga- no pasa inadvertido en el palacete atildado donde funciona el Ente de Turismo. Racedo Aragón es, sin embargo, extremadamente cauto en el planteo de una solución: "estamos estudiando un proyecto para contener las necesidades e intereses vinculados con El Indio. Hay una negociación en marcha para aprovechar la maquinaria y el personal de la empresa que refacciona la ruta 307". Según fuentes próximas a Racedo Aragón, el plan va más allá de la mera reformulación de la estructura adosada al monumento. Pretende organizar íntegramente las actividades que confluyen en este punto ubicado a 1.100 metros sobre el nivel del mar: el comercio ambulante, la contemplación de la cadena montañosa, el uso de merenderos y sanitarios (para llenar la panza y aliviar la vejiga antes de seguir viaje hacia arriba o abajo) y, por supuesto, el descubrimiento del Indio, atalaya ancestral del camino.

Si de mirar se trata, con esa estatua y ese paisaje alcanza y sobra para componer una escena sublime. El Indio está quieto sólo para los ojos que no quieren o pueden ver que corre hacia el próximo puesto de avanzada. Poco importa para esa misión si está desnudo o ataviado con el célebre taparrabos que, según el mito, una puritana con acceso al poder le hizo colocar. En su cabeza lleva un mensaje: el enemigo acecha. De sus piernas depende el resultado del combate. No sabe que su esperanza ciega lo hace fuerte y bello, y que mientras todo se hace trizas o muta en un círculo infinito, él está destinado a trascender los tiempos convertido en una pieza de arte al aire libre. El Indio lleva consigo el espíritu de los pueblos originarios de los Valles Calchaquíes: su estirpe lo obliga a dar la espalda a aquello (por ejemplo y en primer término, el adefesio) que profana la tierra que hizo suya a fuerza de acariciarla con los pies descalzos. Prat Gay pudo haber caído en una ensoñación semejante mientras esculpía su obra; como Lola Mora, él creía que el cincel que usaba para labrar piedras y metales a golpe de martillo servía también como instrumento para soñar.

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