No todo lo que brilla es empleo

Marcelo Aguaysol
Por Marcelo Aguaysol 01 Febrero 2012
¿Puede Tucumán exhibir una tasa de desempleo tan baja? Prima facie, un 3% de la población económicamente activa con problemas para conseguir un puesto laboral suena inverosímil para un distrito acostumbrado a un índice elevado. El resultado que arrojan las mediciones efectuadas al cuatro trimestre de 2011, el de mejor comportamiento para el mercado laboral, tiene su explicación en la generación de trabajos transitorios (léase el comercio que refuerza su equipo de ventas en un mes de explosión del consumo), pero fundamentalmente en la intervención estatal. Los planes sociales (vía "Argentina Trabaja"), las contribuciones para la generación de empleo juvenil ("call center") y hasta las contrataciones y otras designaciones (policías y personal de salud) han contribuido a la reducción de los indicadores sociolaborales.

La asistencia del Estado, no obstante, no es eterna. Cada seis meses, los empleados de las cooperativas de trabajo (y el propio gobernador José Alperovich) prenden velas para que les renueven el plan que les garantiza unos $ 1.500 mensuales de ingresos. No es una situación ideal; sólo un paliativo. En un mercado laboral tan grande, como el tucumano, no sólo cuesta generar empleos genuinos; también sostenerlos. De acuerdo con los cálculos del Sistema Integrado de Jubilaciones y Pensiones, en Tucumán hay más de 250.000 empleados registrados, tanto en el sector público como en el privado.

Como sucede con el Producto Bruto Geográfico (PBG), el sector público mueve el amperímetro del empleo con sus más de 80.000 puestos existentes en la administración centralizada, descentralizada, organismos autárquicos, municipios y comunas rurales.

Más allá de una innegable reducción de los niveles de desocupación, las colas en comercios céntricos y hasta las de las convocatorias oficiales para cubrir cargos en el área de seguridad son una muestra palpable de que o hay un desempleo encubierto que no muestran las estadísticas o es elevada la rotación laboral de los más jóvenes. De una u otra manera, el 3% de desocupación puede ser cuestionable si uno compara con el promedio nacional (cercano al 7%). Claro está que Tucumán ya no muestra aquel 23% de desocupación de los tiempos de crisis financiera de fines de 2002. Hoy, ese escenario es un patrimonio casi exclusivo de España, donde el desempleo se ha instalado de una manera estructural.

Entonces, ¿cuál es la tasa de desocupación real del principal aglomerado urbano de la provincia? En Casa de Gobierno, algunos funcionarios admiten que puede ser apenas superior al 6%, si es que se toman como desocupados a los beneficiarios de planes sociales. En otros tiempos, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) llamaba "cálculo B" a esta forma de medir, cuando se computaban como desempleados a los jefes y jefas de hogar desocupados.

Está claro que la tasa tucumana no es la de un distrito de "pleno empleo", es decir, cuando la demanda es igual a la oferta de trabajo y en las que ese mínimo índice es considerado natural. Tal vez el primer trimestre de este año muestre indicadores más elevados, por efecto de la estacionalidad del mercado laboral. Sería lo lógico, al menos para la realidad económica de la provincia.

De una u otra forma, tanto el Gobierno como el sector privado deberían pensar qué puede pasar si un día desaparece el asistencialismo. Allí, la gran mano del Estado debería volcarse más a bajar los costos adicionales que existen para generar empleos menos artificiales. Es el clamor del empresariado. Es la forma de ir preparando al mercado laboral cuando los planes sociales o los subsidios desaparezcan.

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