"Quiero la foto"

26 Ene 2012
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Por Raúl Courel

Había en una calle de El Bajo un prostíbulo que no se caracterizaba por la belleza de las mujeres. Sea por patizambas, demasiado volumen o huesudas a doler, más que petisas, faltas de dientes o miradas bizcas, salvo una, eran para seguir de largo. Sin embargo, no faltaba el gaucho que allí se metía, apremiado no tanto por la normal naturaleza sino por la excitación que le producían las novedades que encontraba en la ciudad. En quince o veinte minutos el trámite estaba concluido, los últimos pesos que le quedaban echados a volar sobre la alfombra mágica de una sábana rosa pálida y casi traslúcida que no llegaba a asentarse en el colchón de tan delgada que estaba.

El paso siguiente era la Estación Terminal y el ómnibus a Los Ralos, Leales o San Ramón, tal vez Acheral, Las Cejas o Trancas. Después la llegada, si el tiempo estaba seco, el polvo en las alpargatas, el sulki, la noche y abrir las dos bolsas de arpillera con las semillas, las cajas de fósforos, los bulones para el carro, la sartén nueva, la caja de hilos de coser para la vieja y las demás razones del viaje para el que había salido a la madrugada.

Nada más quedaba del día, a menos que la plata hubiera alcanzado para la camisa azul que había visto colgada de la percha en el segundo puesto del tercer corredor de la feria, o para la radio que ofrecía el viejo viborero, arrugado pasa, chupado de flaco y de edad sin tiempo, increíblemente el mismo que varias décadas atrás perjuraba del aparato antecesor de éste que permitía escuchar a Perón que estaba en Madrid. Esto todos los días pero recién después de las veinte y veinticinco, hora en que Evita había entrado en la inmortalidad.

Al día siguiente en el cerco el hombre no se sacaba de la cabeza la tentación de contar a los demás la encamada fugaz que, según le parecía, era lo único digno de mención. Es que de aquello sólo quedaba para transmitir, eso si hablaba, unas pocas palabras que evocarían más lo intangible que lo corpóreo, y de esto no restaba ni el aroma penetrante del inconfundible Cuero de Rusia, que en esos lares cumplía la misma función que el Chanel Nº 5 entre las señoras del centro.

Así fueron las cosas hasta que el espíritu comercial, pero más el genio inventivo de alguien que entendía las engañifas del sexo, revolucionaron el panorama prostibulario.

Desde hacía un tiempo venía agudizándose un conflicto entre las mujeres que eran para el espanto de feas y la que no, que sí era linda y con ganas. Tanta era la diferencia que no había manera de hacer justicia: ni por asomo el mismo precio por el mismo servicio. Tampoco habían chances, sin escándalos de por medio, de hacer diferencias.

Es cierto que en la oscuridad y al tanteo ningún agujero es feo, pero no lo es menos que a la luz nada se parece a nada, de manera que, no habiendo unidad de medida, ninguna idea resultaba mejor para acomodar las cosas que cada una tuviera una especialidad, y es lo que sucedió.

Para ser breves: las feas, que eran más, por peso sindical mantuvieron el trabajo, y la bella, que era una, y sin igual, acabó vista por el seso empresario como un negocio de más categoría que demandaba, como es lógico, cierta inversión. Así es que, una vez que se encendió la luz por primera vez y acaeció el big-bang del que nació el universo de la libre empresa, todo fue cuestión de sembrar y cosechar, y eso fue lo que pasó.

El prostíbulo daba a la calle desde una pieza que hacía de bar, fonda o boliche según las horas y las conveniencias. Al costado del mostrador, tras las mesas y sillas que servían para que las mujeres esperen y tengan lugar las primeras parlas, un pasillo llevaba a la cocina, a los tres cuartos para el amor y a un baño con una cortina que hacía de puerta. Fue de un día para otro que la última habitación se convirtió en refulgente bulín de paredes violetas y lámparas de pantallas naranja fuerte, gran cama de elástico cubierta de una colcha matelassé de rayón blanco brillante y sobre ella tamaños almohadones, unos atigrados negro amarillos y otros colorados con flecos del mismo color.

Tres sillas recién pintadas de azul eléctrico ocupaban el centro del cuarto sobre un pedazo de alfombra que alguna vez había sido roja. Además de una percha de madera de pino barnizada color natural sobre la pared izquierda y nada sobre la derecha, completaba la decoración un abanico de hojas de totora colgado de un clavo encima de la cabecera, sin contar una imagen de la Virgen del Valle que por alguna intención o descuido había permanecido pegada atrás de la puerta. En los rincones, dos reflectores de pie y una cámara fotográfica con trípode esperaban para hacer sus tareas en la única función que tenía todo aquello.

Para ir al grano: el cuarto, en verdad, no era para bulín sino para sacar fotografías a los clientes? con la linda, que de ahí en adelante sólo estaba para posar. Sí, para posar junto al cliente de turno, abrazada, apoyada o encima de él, sobre la cama, delante de ella o al costado, sentada o recostada, de cuclillas o arrodillada, vestida, semidesnuda o desnuda, seria o sonriente, sacando la lengua o extraviando los ojos, cabía cualquier variante. Lo único que allí no había era cama propiamente dicha.

Los potenciales clientes, por el mismo precio, elegían: cama verdadera con una fea o foto "porno" sin cama con la linda. El nuevo negocio tuvo el mayor de los éxitos: la mayoría quería la foto, por lejos.

El trámite, en este caso, no sólo no terminaba allí, recién empezaba. Ninguna excitación ni entusiasmo como el de volver al campo con esa foto, testimonio visible, ahora sí, de haber tocado el cielo con las manos, aunque sólo con ellas y nada más que las periferias. Aquello era para atesorar, revelar aunque no tanto, ostentar pero disimulando, contar sin terminar de decir, mostrar pero no todo.

Al final de cuentas, el verdadero secreto debía continuar siendo tal: si algo no hubo fue cama.

© LA GACETA

Nota del autor: Esta es una versión libre de un relato que debo a Fernando Courel.

Raúl Courel - Psicoanalista tucumano, ex decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.

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