Bernardo Vides: dibujos animados para cambiar el mundo

El cineasta y dibujante mundialmente premiado asegura que lo que lo motiva a la hora de realizar sus cortometrajes animados es el amor al prójimo

20 Ene 2012

Bernardo Vides estaba a punto de realizar el cortometraje infantil que representaría a la Argentina en un Festival de Francia, cuando se rompió su cámara. Sin embargo, él no se rindió: con lavandina, felpas y rollos de películas viejas realizó la obra que mayor reconocimiento le valió en todo el mundo. Pero antes de desembocar en este triunfo, el cineasta y dibujante de 58 años trabajó por la inclusión social en las villas, se enamoró, tuvo que esconderse durante la dictadura de los 70, estudió cine y ganó varios premios.

Los contornos de esta vida fueron trazados por un espíritu capaz de combinar la conciencia de un hombre comprometido con la idea de un mundo mejor, con un alma que jamás perdió la capacidad de sorprenderse, como la de los niños; y ¿quién mejor que alguien con alma de niño para hacer dibujos animados?

Prácticamente desde que nació, en diciembre del 53, Vides sabía que iba a ser dibujante. Tanto es así, que sus primeras lecturas fueron cómics, los cuales lo motivaron a aprender a leer aún antes de empezar la primaria. A esa edad, el niño Vides ya dibujaba y los mejores regalos que podían hacerle sus padres eran papel, lápices, pinceles y tinta china: "para mí eso era algo mágico -recuerda-. Es más, hoy, cada vez que voy a dibujar, destapo el frasco de tinta china y lo huelo. Eso me trae reminiscencias de felicidad". A los 12 años, Bernardo ya sabía exactamente cómo se hacían los dibujos animados que veía en la tele: "El problema es que no tenía con qué hacerlos", afirma.

Los años difíciles

Vive en Barrio Jardín, el mismo en el que nació. El living de su casa es amplio, ordenado y luminoso. El espacio es tímidamente invadido por una música con cadencia de jazz. Al momento de comenzar la entrevista, Bernardo se desploma sobre un sillón floreado ubicado junto a un enorme ventanal. Extiende los brazos lo más que puede sobre el respaldo y mira a su alrededor. Su mirada resume una inocencia que podría ser igualmente de niño o de abuelo. Suspira: "pensar que a esta casa venía a visitarla a Mónica cuando yo tenía apenas 18 años". Mónica es su esposa: "ella fue mi primera novia, pero tuvimos que separarnos".

La pareja se conoció realizando trabajos comunitarios en la parroquia del barrio. Ella estaba abocada a tareas relacionadas con la evangelización y él, que se había comprado una filmadora, realizaba documentales educativos que se proyectaban en las villas de emergencia: "le enseñábamos a la gente a construir huertas y a organizarse en cooperativas. Trabajábamos para mejorar la autoestima de las personas, para que dejen de mirarse con lástima y recuperen las esperanzas".

Pero lamentablemente no a todos les parecía positivo su trabajo. A principios de los 70, la Triple A acusó al grupo de subversivo. Muchos de sus integrantes desaparecieron, otros fueron asesinados. Vides tuvo que separarse de su novia, esconderse durante dos años en un monasterio y conseguir la ciudadanía del Vaticano para circular en libertad sin que su vida corriese peligro. "Pero ya no hablemos de eso -reclama mientras agita su brazo en el aire como despegándose del pasado-, durante muchos años, cuando recordaba a mis compañeros, me sentía culpable por estar vivo".

Finalmente, con la llegada de la democracia, se reabrieron las escuelas de cine y Vides pudo concretar su sueño de hacer la carrera. Formó parte de la primera promoción de la actual Enerc. Su interés en colaborar con un mundo mejor continuó materializándose en sus creaciones: "todas las cosas que hice tienen un sentido social, en contra del tráfico de armas y de drogas, y a favor de la ecología. Es un compromiso que tengo conmigo y con la comunidad. Algunos me dicen que soy muy idealista, que persigo utopías. Yo creo que sin utopías no tiene sentido nada".

Cine arte

Bernardo también incursionó en el cine arte. En el 90 lo invitaron a participar en un festival en París. "Yo iba a mandar una animación que estaba haciendo con plastilina, pero se rompió la cámara y no había plata para arreglarla. Entonces me pregunté: ¿me largo a llorar o invento algo?", recuerda. Lógicamente, inventó algo. En realidad, adaptó una técnica que le había transmitido Norman Mc Laren, director del Instituto Nacional de Cine de Canadá. Con lo único que contaba Vides en ese momento era con rollos de películas viejas. Decidió lavarlas con lavandina. Luego cronometró el tango "La Cumparsita" y relacionó el tiempo de los compases con los 24 cuadros por segundo que generan la sensación de movimiento en el cine. Comenzó a dibujar, cuadro por cuadro, directamente sobre el celuloide, en la diminuta superficie de 6mm por 8mm. Ocho mil fotogramas después tenía lista una de sus obras más hermosas: una sucesión de sensaciones audiovisuales "en donde uno no sabe si está escuchando imágenes o viendo una canción". Aquella película y otras que vinieron después se convirtieron en un éxito en todo el mundo.

Vides creyó en la idea del arte puesto a disposición de la justicia, aportando a la toma de conciencia para construir una sociedad mejor. Lo creyó y lo llevó a cabo con responsabilidad y trabajo, aunque para muchos pueda ser un anhelo infantil: "muchas veces me dijeron que parecía un niño. Será la forma que uno tiene de contemplar el mundo. A mí me produce regocijo escuchar los pájaros por la mañana, ver el cerro, las flores. Eso alimenta el espíritu y si el espíritu está alimentado, lo que vayas a crear va a ser bueno. Conmueve saber que no estamos, pero que podemos estar en un mundo mejor".

Quizás esa sola convicción vale todos los premios que recibió Bernardo por sus trabajos. Incluso su más importante y merecido reconocimiento, que le fue concedido por el universo en una verdulería cuando, después de 36 años, se reencontró casualmente con Mónica. "¿Qué hacés aquí, Bernardo?", le dijo ella. "Eso te pregunto yo a vos", le contestó él. Dos años después se casaron y hoy viven en esta casa amplia, luminosa, como la vida del dibujante.

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