Un narrador que rescata a Montaigney que nunca se divirtió con Fidel

"El oficio de escritor se ha vuelto muy estresante", dice el ganador del Premio Cervantes. En Buenos Aires, el también diplomático chileno que estuvo exiliado durante la dictadura de Pinochet habla de los grandes escritores latinoamericanos y también de la diplomacia.

CONTRASTE. No me fascinan los políticos poderosos, como a García Márquez. Él no se puede resistir, ironiza. LA GACETA / IRENE BENITO
CONTRASTE. "No me fascinan los políticos poderosos, como a García Márquez. Él no se puede resistir", ironiza. LA GACETA / IRENE BENITO
Por Irene Benito 08 Mayo 2011
Sobre la mesa hay una bandeja con medialunas (que parecen) de McDonalds, vasos de cartón con restos de café negro, y los codos de media docena de jóvenes periodistas y de un longevo escritor, Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931). Es una de esas típicas conversaciones en "petit comité" que procuran una solución intermedia entre el elíxir de la entrevista -el fabuloso "tú y yo" del periodismo- y el vinagre de la ronda de prensa multitudinaria. Una tercera vía que, a su vez, deriva en un collage de ideas fundado en las -disímiles- inquietudes del oráculo y los cronistas de turno.

En este babel predomina el tema del narrador chileno: la presentación de La muerte de Montaigne (2011), novela inspirada en la vida y la obra del ilustre francés que en el siglo XVI inventó el género del ensayo. "Un tipo lleno de curiosidad intelectual... un pensador que pagaba a las prostitutas de Roma sólo para conversar", explicita Edwards con mirada traviesa.

Las loas a la astucia y lucidez de Michel de Montaigne se cuelan por los intersticios de un cuestionario heterogéneo que busca sonsacar a Edwards, ganador del Premio Cervantes en 1999, un conjunto de definiciones sobre la actualidad política de Latinoamérica, el estado de la educación en Chile, su método de trabajo y existencia cotidiana, y la escasa traducción de su obra al brasileño ("es una cuestión de contratos y de agentes", explica con resignación en una frase cuyas sonoras letras "t" agitan el inconfundible acento del español del Pacífico sur). En ese lío de inquietudes asimétricas y discordantes, se salva de improvisar la semblaza del poeta lebuense Gonzalo Rojas sólo porque el colega de Nicanor Parra fallecerá cuatro días después de este encuentro porteño. La misma aclaración cabe respecto de la muerte de Ernesto Sabato.

¿Cómo conciliar a Montaigne con la curiosidad que despierta la vida de película que protagoniza Edwards? No es un cuestionamiento exagerado: el abogado que en el presente escribe sus memorias fue colaborador de Pablo Neruda, embajador del Chile de Salvador Allende en La Habana de los albores del régimen castrista -y uno de sus primeros críticos-, y contertulio de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Su carrera diplomática comenzó en la década de 1960, en París, "ciudad literaria" a la que regresó el año pasado en calidad de embajador nombrado por el presidente Sebastián Piñera.

"Es mi oportunidad para cerrar el círculo", comenta despreocupadamente Edwards, que vivió en el exilio durante la dictadura de Augusto Pinochet. Tras el regreso de la democracia, el autor de La casa de Dostoievsky (2008) apoyó la gestión de Eduardo Frei, dirigente de la Concertación que en 1994 lo designó embajador ante la Unesco.

Sin embargo, en las últimas elecciones presidenciales, Edwards se inclinó públicamente por Piñera, que derrotó a Frei en segunda vuelta. De refilón, el escritor aborda esa decisión polémica a instancias de las preguntas que le formuló LA GACETA, las únicas incluidas en este texto.

-¿Por qué Roberto Bolaño, uno de los escritores más divulgados de Chile, no fue reconocido mientras vivió?

-Bolaño es una figura dramática por su enfermedad y su muerte prematura. Es el paradigma del escritor marginado... Fue un enorme narrador; sus cuentos son magistrales. Nadie sabe por qué no tuvo éxito en vida. En algún momento, Susan Sontag escribió sobre él y ocasionó un boom en Estados Unidos. Pienso que Bolaño y Cortázar se parecen en eso del auge tardío.

-Dos autores de dos países vecinos que no siempre se han llevado bien. ¿Cómo son las relaciones literarias entre Argentina y Chile?

-Los conflictos de límites se terminaron hace rato. El problema real es el suministro de gas porque Chile tiene escasez de energía, no es autosuficiente en este sentido. En el plano de las letras, recuerdo que las relaciones eran mejores antes.

-¿Por qué?

-Porque Borges y Sabato iban a Chile, lo mismo que Ezequiel Martínez Estrada. Allá se conocía bastante bien a Ricardo Güiraldes, que era concuñado de Neruda. Ambos, a su vez, frecuentaban a Oliverio Girondo. Borges era más bien enemigo de Neruda, pero había una conexión muy intensa. En nuestro primer encuentro, Borges me habló del poeta chileno Alberto Rojas Jiménez, que era un desconocido en mi país. Es decir, había una relación literaria profunda sin internet ni correo electrónico.

-¿Qué pasó?

-No lo sé. El oficio de escritor se tornó muy estresante. Yo intento escapar de las tensiones. Pero la presión de los certámenes... ¡Ah, compadezco al tipo que se quiere sacar el Premio Planeta! ¿Cómo se comienza a escribir hoy? Lo desconozco. Yo pagué la publicación de mi primer libro de cuentos (El patio -1952-) vendiendo suscripciones. Resulta que a los críticos les gustó y que, por medio de ellos, entré en la literatura. No sé si fue suerte o más bien la forma de ser de una época.

-Usted fue uno de los primeros intelectuales en discrepar con Fidel Castro...

-Hubo una razón particular más allá de la versión oficial de la historia. Yo era embajador designado por Allende en un momento en que algunos sectores del Gobierno de Chile pensaban que lo mejor para mi país era hacer una revolución al estilo cubano. Y como a los tres días de estar en La Habana llegué a la conclusión de que esa no era una alternativa; de que, si se producía una revolución, iba a tener que salir al exilio como mi amigo Guillermo Cabrera Infante. Vi muy claro que el castrismo era fundamentalmente perjudicial para los escritores, que era intolerante. Entonces desarrollé esta posición en un libro (Persona non grata -1973-) y me preocupé por publicarlo lo antes posible para que aquello se supiese en Chile.

-Cuando usted adoptó esa postura, ¿imaginó que el castrismo iba a ser tan perdurable?

-Yo veía que aquello iba para largo, que incluso sobreviviría a la caída del Muro de Berlín. Pertenezco a una generación que se entusiasmó con la izquierda y con Castro. Fui de los primeros en reaccionar porque vi que ese sistema tenía problemas muy serios. Yo me jugué escribiendo un libro peligroso y arriesgado, y muchas veces soporté que me tiraran tomates podridos.

-Pero también habrá sido una aventura divertida

-No me aburrí porque tenía amigos y tomaba daiquiris. Pero con Fidel nunca me divertí: es un tipo que puede parecer simpático, pero sólo es un buen actor. A mí no me fascinan los políticos poderosos como a García Márquez. Él no se puede resistir.

-Experiencias como la suya, la de Neruda y el argentino Héctor Tizón prueban que la diplomacia es un buen lugar para hacerse escritor...

-Yo fui diplomático 15 años de mi vida y me alejé en 1973, hasta que el año pasado, el presidente Piñera me ofreció ser embajador en París. Me llamó y le dije que no iba a aceptar ningún cargo. Pero me habló de Francia y no pude contener la tentación.

-¿París es su precio?

-Tengo una relación con esa ciudad. Siento que con esto cierro un ciclo. No creo que dure mucho, pero un embajador no puede afirmar eso. En lo que llevo allá he escrito el primer tomo de una biografía, que termina en mis 20 años. Aparecen muchas cosas: la educación con los jesuitas, el Santiago de mi infancia, la familia, los amigos, las pololas y el comienzo de la literatura, cuando iba a tabernas miserables a beber vinos muy malos que me dejaban círculos morados en la boca.

-¿La narrativa le quita tiempo para ser embajador? ¿O al revés?

-Yo sé qué implica esta función. Fui ministro consejero de Neruda y me tocó hacer todo el trabajo. Cuando me nombraron, me pregunté quién iba a ser mi Jorge Edwards. Y por ahora no encontré ninguno.

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