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Domingo, 08 de Mayo de 2011
LITERARIO

El desconcertante César Aira

Es uno de los autores más prolíficos y destacados de la Argentina. Publica dos o tres libros cada año y en todos ellos los lectores quedan atrapados en historias desopilantes que desembocan en finales abruptos. Sus más de 60 novelas conforman, quizás, un único libro.

Por Marcos Rosenzvaig
Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Un artista suele ser testigo de su tiempo. La novela, como cualquier otra disciplina artística, refleja al hombre con sus neurosis, padecimientos y, en el mejor de los casos, lo ayuda a prepararse para la muerte. Cada época acuña sus lenguajes estéticos, y la que nos toca vivir se caracteriza por la pluralidad de géneros, una heterodoxia, una hibridación literaria.
Resulta difícil marcar tendencias. La novela, como el teatro y el cine, entre otras artes, suele hacer centro en las formas de la narración, y César Aira es un fiel exponente de nuestra época. 
La capacidad de asombro de Aira es como la de un niño imaginando múltiples realidades. Y sus ficciones son contadas con talento. Una prosa amena e ingeniosa, donde las historias fluyen absurdas, desopilantes, y en las que el lector se transforma en un rehén hasta poco antes del remate. La novela se acaba cuando Aira se cansa o se aburre de lo que está escribiendo. Puede que ya no le dé placer y de manera intempestiva decida terminarla. Los finales son abiertos y abruptos. Se percibe que Aira no tiene un plan preconcebido en los inicios. Con lápiz y papel, sentado en la mesa de un bar, se sumerge en la aventura de escribir. Parte de una imagen. Y toda imagen tiende hacia lo infinito y conduce hacia lo absoluto. Su arte estará en expresarla de manera hilarante. 
Una pequeña imagen puede ser disparadora de una novela, como es el caso de El Error. Un hombre entra por una puerta que dice "Error". El protagonista narrador justifica su desacierto y elucubra diferentes salidas. La novela fluye con el ritmo de las palabras y pasa de una aventura a otra sin mediar razones: el relato del bandolero, el de la asesina y el del escultor terminan como se inicia el libro, sin explicación.
En Las curas milagrosas del Dr. Aira, el doctor Aira, famoso como curandero milagroso, decide inventar un milagro. La idea es recrear un nuevo mundo en donde se separa la enfermedad del cuerpo del paciente. Pero resulta que el enfermo no es real, sino una puesta en escena planificada por el enemigo del doctor Aira. Jamás se sabrá si el milagro es posible.
Los personajes de César Aira surgen, no de los suburbios borgeanos, sino del Bajo Flores y la Villa 31. Este escritor deviene en un radiólogo de los nuevos contextos de la realidad nacional, y de ese color local se sirve para desplegar su ironía. Su prosa navega las mismas aguas que las de Copi, carece de las exigencias que tenía Flaubert en la búsqueda de un adjetivo, pero todo él es un río que fluye. Cuando un sentimiento de nostalgia asoma en sus novelas, el miedo lo aleja para comenzar una nueva.

© LA GACETA

Marcos Rosenzvaig - Dramaturgo y ensayista 
tucumano. Licenciado en Letras por la UNT y doctor 
en Filología por la Universidad de Málaga.


PERFIL

Nacido en Coronel Pringles (1949) y traducido a varios idiomas, este prolífico narrador, como pocos en la vera literaria porteña, con más de 60 novelas publicadas, algunos ensayos y hasta piezas teatrales, es un poco una creatura de nuestra época. Fiel a sí mismo, sabe crear en la mayoría de sus novelas un dispositivo autoficcional que simula un discurso autobiográfico. La identidad entre autor, narrador y personaje es una constante en novelas como Las curas milagrosas del doctor Aira y en Cómo me hice monja. En esta última hay un ambiguo narrador-protagonista, masculino y femenino, que nos lleva, a nosotros, lectores, a la expectativa del cambio (hacerse monja), cosa que no se cumple. El dispositivo autoficcional coincide o es fiel al egoísmo de esta época. El novelista no se ofrece en sacrificio como alguien que conmueve con su interioridad o nos prepara para la muerte; todo lo contrario, lo que ofrece es su vanidad y su egoísmo.


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