Trajo semillas de filosofía y las esparció en Villa Ballester

Visita a una zona difícil del conurbano. "Los filósofos conservan vivo el espíritu del chico que interroga, que quiere saber más", les explicó el español a los alumnos de la Escuela "Doctor Roberto Noble". El discurso completo. Por Irene Benito - Redacción LA GACETA

SOLAZO INCLEMENTE. Savater capturó la atención de los chicos. Les contó que tiene un hijo y que escribió su primer libro a los 22 años. LA GACETA / IRENE BENITO (ENVIADA ESPECIAL)
SOLAZO INCLEMENTE. Savater capturó la atención de los chicos. Les contó que tiene un hijo y que escribió su primer libro a los 22 años. LA GACETA / IRENE BENITO (ENVIADA ESPECIAL)
Por Irene Benito 20 Abril 2011
Sócrates está atacado de los nervios. "Sólo sé que no sé nada", repite mientras se frota las manos. Inquieto, controla por enésima vez el atuendo que caracteriza a su personaje: los laureles de cartulina verde sobre la cabeza, la túnica de lienzo natural sobre el guardapolvo blanco. A su lado, un trío de griegos se burla del atribulado pensador. El bullicio atrae a la maestra. Con ella llegan el orden y la compostura: "¡Erick! ¿Con esa cara de terror vas a representar al primer filósofo de la historia? ¿Qué va a pensar Savater?"

El patio de la centenaria Escuela Número 11 "Doctor Roberto Noble" (Villa Ballester, provincia de Buenos Aires) parece un ágora ateniense. Cuatrocientos alumnos de entre 6 y 12 años aguardan al gran divulgador de la Filosofía, el español Fernando Savater. La visita no los toma por sorpresa: en las semanas previas, leyeron el ensayo "Historia de la Filosofía sin temor ni temblor" (2009) y estudiaron a algunas figuras claves, como Platón y Aristóteles. Las paredes del establecimiento reflejan esa preparación: afiches de todos los colores presentan los aportes de cada año. De uno de esos trabajos se escapa una reflexión del estagirita que instruyó a Alejandro Magno: "sin amigos, nadie quisiera verse obligado a vivir".

Es una mañana magnífica para pensar. El cielo refulge, hace calor de otoño. Al fondo de la platea de delantales, cuatro tupidas copas de árboles dan sombra a los mayores (docentes, padres, vecinos y ex alumnos). Las cámaras de fotos y de video registran el aboroto de este martes fuera de lo común en el partido de San Martín, una zona difícil del conurbano bonaerense.

Poco antes de las 10, la directora toma el micrófono y dice: "somos una escuela humilde, pero con proyectos". Se refiere al entorno social delicado, a la penetración del paco y la violencia, a la marginación, a un ambicioso programa de lectura, al laboratorio que inaugurarán en el transcurso del año y, desde luego, al encuentro con Savater.

Lecciones

"En este mundo de rapiña, de enfrentamiento, de incomprensión y de abusos, las escuelas son los lugares donde se conserva el espíritu de la civilización. Son los lugares donde se distribuye humanidad... Aquí está toda la esperanza que tenemos", proclama el académico de origen vasco y abuela argentina en la introducción de un parlamento de 17 minutos de duración. En su alegre pesimismo, Savater recuerda a los chicos del mundo que nunca ven acercarse a un adulto más que con malas intenciones: "vosotros sois privilegiados porque tenéis adultos que se aproximan para ayudarlos a saber y ser libres. Porque el hombre se libera por la vía del conocimiento".

Los alumnos oyen en silencio. En sus rostros se adivina la fascinación por el ceceo (la fuerza de la letra zeta) y el "vosotros" que distingue la lengua oral de los hablantes del centro-norte de España. En ese anfiteatro abierto, infinitamente joven, el orador que se niega a definirse como filósofo y se contenta con ser un maestro, explica qué es la filosofía. "La palabra asusta un poco, pero no significa más que una reflexión sobre lo que somos nosotros", enuncia con sencillez.

Es, según Savater, un interrogante que trasciende los fines, que lejos de inquirir sobre la hora que marcan las agujas del reloj, indaga sobre la naturaleza del tiempo. "En ese caso, vosotros queréis saber qué significa ser humano en este mundo donde el tiempo pasa, donde ocurren cosas buenas o malas y está la muerte", añade. Y arroja el dardo al núcleo de la cuestión: "son cuestiones que afectan a nuestra esencia; la importancia de la introducción a la filosofía en la escuela es que esta nace en el mismo lugar y momento que la democracia. Democracia y filosofía implican lo mismo. En ambos casos, la responsabilidad de lo que se va a hacer, de lo que se va a poner en común, de lo que se va a pensar depende del individuo".

El sol alumbra directamente el semblante de Savater. Debe estar pasando un calor horrible dentro del traje oscuro (camisa, saco y pantalón) con el que se presentó a la primera cita de su fatigante agenda porteña. Su oratoria apasionada soslaya toda incomodidad. En esta instancia, a Savater le importa dejar en claro que la filosofía fue escrita por los que se atrevieron a hacerse preguntas más allá de la infancia: "los filósofos conservan vivo el espíritu del chico que interroga, que quiere saber más y no se conforma con la primera respuesta que le dan. Ese es el papel de la filosofía dentro de la escuela: mantener la tradición de la gente que se niega a crecer si crecer es acostumbrarse a la rutina, a ganar dinero, a enfrentarse unos con otros por el poder. Esta es la historia del pensamiento humano y también nuestra historia".

Preguntas
Los aplausos recompensan el esfuerzo del maestro que cruzó el Atlántico esa misma noche del martes y soportó sin chistar un embotellamiento en la General Paz. Los chicos han puesto sus preguntas por escrito. Quieren saber cuándo cumple años Savater, a qué edad escribió su primer libro, "Nihilismo y acción" -1970- ("a los 22", responde) y si tiene hijos (uno solo, Amador).

Tras agotar el cuestionario, Savater se sienta con los estudiantes. Ha llegado el momento de la representación teatral. Temeroso, Sócrates avanza al centro del patio. Mil ojos lo miran y él ¡ay! olvida sus líneas. Las risas restan dramatismo a la traición de la memoria. Su misión parecía sencilla: debía demostrar que la belleza no es una chica guapa, ni un caballo estupendo ni un monumento hermoso; que la belleza no es una cosa sino una idea que sirve para describir situaciones distintas y que cuesta trabajo definir. Que la filosofía es duda y razonamiento, y que no tiene cabida entre los que van seguros por el mundo. Demostrar, en definitiva, que nunca ha sido fácil ser Sócrates.

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