Cuando uno no regula la marcha, lo más probable es que termine por pegarse "un palo". Y eso acaba de sucederle al gobernador, José Alperovich. Al principio, el mandatario aceleró a fondo: desde la pista de largada dijo que dejaría la ley "tal como estaba" y que cada intendente debería hacerse responsable. Pero a mitad de camino reculó y levantó el freno de mano.
Lo preocupante es que, una vez más, el Estado se quedó sin nafta a la hora de tomar el volante de una problemática sensible. Obviamente, la legalización de las picadas no acabará con los imbéciles que, sobre una avenida, circulan a 160 kilómetros por hora. Sí, en cambio, canalizará el reclamo de tucumanos que no encuentran espacio para desarrollar su pasión deportiva.
En consecuencia, el riesgo seguirá latente porque cuando el Estado se desentiende, la clandestinidad gana la calle. Y en lugar de tomar la recta y llegar a la meta, el Gobierno puso el guiño y giró en "U".
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