Nadie podrá saber, a ciencia cierta, qué se habló el lunes en Buenos Aires. Pero sí que quedaron claras algunas cuestiones que tienen que ver con los márgenes de maniobra política y económica de la gestión provincial. José Alperovich fue a verlo al cada vez más influyente ministro de Planificación Federal, Julio De Vido. Quería saber cómo pararse en el esquema oficialista pos-Kirchner. Y, como fiel soldado, salió al día siguiente a defender el proyecto de Presupuesto Nacional 2011 y despotricar contra el intento de la oposición de elaborar un esquema financiero propio para el año electoral. El gobernador tucumano se convirtió en una suerte de vocero presidencial que amenazó hasta con un veto en caso de que las bancadas no afines a la Casa Rosada avancen en el recinto de sesiones de Diputados.
La apuesta del Gobierno provincial es fuerte. Tan fuerte que de la conducta política del gobernador dependen la remisión de unos $ 800 millones de partidas no discrecionales, administradas por Planificación Federal, y otros $ 8.370 millones, que corresponden a las partidas de gastos previstas para Tucumán en el Presupuesto Nacional.
Sin Néstor Kirchner en el escenario nacional, Alperovich debe sostener -con acciones- la sociedad política que armó con el kirchnerismo. Es hoy, según sus allegados, uno de los cuatro ejes que el "cristinismo" está potenciando. Los otros son el gobernador bonaerense, Daniel Scioli; el intendente de Tigre, Sergio Massa, y el mandatario de Chaco, Jorge Capitanich.
En el mapa político, ese "cristinismo" parece limitar al norte del país con Alperovich. De hecho, dos de los referentes de la región han mantenido extensas charlas de política electoral con el tucumano en menos de 10 días. Dos horas de conversación -a solas- con el santiagueño de buena llegada a la Rosada, Gerardo Zamora, y otro tanto con el salteño Juan Manuel Urtubey.
Las encuestas volverán a escena en los próximos días. Hay una necesidad en el alperovichismo de que los sondeos le digan hacia dónde va la política, mientras la economía se le suelta la mano al oficialismo. Cristina Fernández de Kirchner mide bien, afirman los colaboradores de Alperovich. Néstor Kirchner se fue de este mundo sin saber, con certeza, si pasaba la segunda vuelta electoral en las elecciones de octubre de 2011. Hay quienes piensan o especulan que un adelantamiento de los comicios puede dar réditos al kirchnerismo. Pero eso es sólo una vaga idea que da vueltas en los búnker oficialistas.
Tentaciones
Alperovich insiste en que, el año que viene, se postulará para un nuevo mandato en Tucumán. No le inquietan los contrincantes, pero le apareció uno que puede hacer mella en su gestión, por la vía indirecta: la inflación. Ayer, cuando fue consultado por la prensa, el mandatario dijo que las soluciones a ese problema deben llegar desde la esfera nacional. Y que no es una cuestión que pueda resolver desde su administración. No quiso ahondar en el tema. Ni siquiera quiere medir la inflación local para no enojar a la Rosada. Sin embargo, el gobernador sabe que no podrá combatir con esa sensación que produce en la población tener una inflación anual cercana al 25%, que carcome rápidamente los bolsillos. Los expertos consideran que, si Tucumán tuviera un índice propio, éste no hubiera sido inferior al 2%. Parece que consumir carne es un pecado que atenta contra el capital de las familias.
Cuando van al supermercado, al almacén del barrio, a la carnicería o a la verdulería perciben que el precio de los alimentos se disparan y que no encuentran freno. No es descabellado pensar que, en Tucumán, el límite para no caer en la pobreza roce los $ 2.200 mensuales, para una familia tipo. Esa sería una mala noticia en una provincia que ostentó, durante el segundo trimestre de este año, el triste privilegio de tener el segundo sueldo más bajo del país en el sector privado registrado. Ese salario promedio fue calculado por el Indec en $ 2.477, menos de $ 300 para no ser pobre.
La sensación de liquidez disimula, en cierta medida, la inflación. La gente sigue consumiendo y, mientras haya plata en el bolsillo, los aumentos serán sólo una queja pasajera. Lo negativo de esta situación es que -si persiste esa conducta- en el mediano plazo nada alcanzará. Y allí surgirá otro escollo para el Gobierno: la discusión salarial. Demasiados problemas para un año electoral.
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