El hombre está acostado en el suelo y sus ojos miran un cielo del que llueve sol y paz. Pero su cuerpo no se relaja: las necesidades fisiológicas lo apuran. Sin embargo, sigue quieto; hay algo invisible que lo paraliza, algo que la pantalla no muestra y que, a pesar de todo, adquiere una presencia pesada, enorme, desmesurada: si se mueve, la mina que está debajo de su espalda lo destrozará.
Dos bosnios y un serbio, enemigos en la locura balcánica de principio de los 90, están dentro de una trinchera rodeada por campos tan verdes como silenciosos. ¿Quién es prisionero de quién? Difícil determinarlo. Mientras que uno de ellos alimenta con su quietud una anémica esperanza de salvación, los otros -los enemigos- se sorprenden al darse cuenta de que alguna vez vivieron en la misma ciudad y que, incluso, llegaron a conocer a la misma mujer.
Obvio, todo eso ocurrió antes de la guerra. Ahora, (por odios que surgen desde el fondo del tiempo y por la simplísima lógica del conflicto) están obligados a matarse. Pero algo los detiene: los tres aguardan la llegada de las tropas de paz que deben salvarlos ¿De qué? De la mina invisible al espectador, de ellos mismos, del destino que les impone asesinar y al que es muy difícil -al final, imposible- esquivar.
Y entonces ¿cuál es la diferencia entre el odio y la costumbre de odiar? En esta tierra de nadie, ninguna. La virtud de “No man?s land” (2001), dirigida por Danis Tanovic, es insinuar que la obstinación por repetir hábitos (hasta en los momentos límites de la vida) funciona como una especie de motor del alma: uno de los bosnios mira el cielo y se enceguece de sol y esperanza mientras le da la espalda a la mina que irremediablemente lo va a destrozar. El otro y el serbio alternan risas y recuerdos de coincidencias pre-guerra con la obsesión recurrente de eliminarse.
De remate, las instituciones (fuerzas de paz y prensa, en el caso de esta película) fallan y ponen todo su empeño en ocultar sus errores, como ocurre habitualmente. Y, en el fondo, lo que realmente pesa es la ausencia. La mina que nadie ve representa la certidumbre de que hagamos lo que hagamos, igual vamos a morir y que, en ese trance, sólo nos aguardará la soledad, porque hombres e instituciones estarán obstinados en repetir y repetir sus hábitos irremediables. LA GACETA ©
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