13 Junio 2010 Seguir en 
La habitación tiene unos cuatro metros de largo por un poco más de dos de ancho. El desteñido celeste de las paredes emana tristeza. La ventana de vidrio está cerrada, pero eso no impide que el aire del interior permanezca frío. El mobiliario, aunque escaso, ocupa casi todo el cuarto: algunas sillas de plástico, un armario, un sillón y una mesa (arriba hay un paquete abierto de galletitas de salvado, varios papeles y dos cajas azules llenas de medicamentos). Definitivamente, la sala de médicos de la guardia del Hospital de Niños es muy poco acogedora. Sin embargo, tiene un poderoso imán: el pequeño televisor está encendido. Entre emergencia y emergencia, médicos y enfermeros caminan hasta allí para ver, aunque sea, que el marcador sigue firme: 1 a 0 a favor de Argentina.
Sobre una camilla, un nene espera en silencio -como petrificado- que lo trasladen a la sala de rayos; sufrió un accidente y se quebró. En la sala de enfrente, otro chico se desgañita llorando en brazos de su mamá mientras intentan nebulizarlo. En la guardia de emergencias la tensión es como un muro con el que uno se choca a cada paso.
Sin embargo, hay gestos, movimientos, signos que delatan que no es un día normal. La auxiliar Sandra Valdez camina de un lado a otro, ayuda con las camillas, atiende a las madres y acompaña a los médicos. Hace su trabajo habitual, pero con la cabeza adornada por un gorro celeste y blanco.
Los trabajadores de la salud forman parte de esa fauna de profesionales (como los periodistas y los policías) que viven a contramano de la sociedad: cuando los acontecimientos paralizan al resto, ellos se mueven más rápido. "Cuando juega Argentina, o River contra Boca, la sala de espera queda casi vacía; muchas menos personas vienen al hospital. Pero eso no significa que a nosotros se nos reduzca el trabajo; al contrario. En estos casos, desaparecen las banalidades y llegan las verdaderas emergencias", explica Carlos Silva, el jefe de la guardia. Como si el destino se hubiera propuesto confirmar sus palabras, una enfermera abre la puerta de la sala de médicos, mira a Silva y lanza: "doctor, llegó un chico al que le explotó un cohete en la cara". Inmediatamente, la habitación queda vacía. El televisor insiste en mostrar la repetición de una pared entre Messi y Di María, pero no hay nadie para verla.
Pasan los minutos y, de uno en uno, hombres y mujeres vuelven a ocupar la sala (hay algunas caras nuevas). Se ubican, hacen algunas bromas, se callan y miran fijamente el televisor -como si quisieran absorber los cuatro minutos de alargue que le quedan al partido y, de esa manera, saciar la sed de fútbol-. De golpe, se escucha la sirena de una ambulancia que está llegando al hospital. Nadie dice nada. Todos se levantan y el televisor vuelve a quedar solo.
Sobre una camilla, un nene espera en silencio -como petrificado- que lo trasladen a la sala de rayos; sufrió un accidente y se quebró. En la sala de enfrente, otro chico se desgañita llorando en brazos de su mamá mientras intentan nebulizarlo. En la guardia de emergencias la tensión es como un muro con el que uno se choca a cada paso.
Sin embargo, hay gestos, movimientos, signos que delatan que no es un día normal. La auxiliar Sandra Valdez camina de un lado a otro, ayuda con las camillas, atiende a las madres y acompaña a los médicos. Hace su trabajo habitual, pero con la cabeza adornada por un gorro celeste y blanco.
Los trabajadores de la salud forman parte de esa fauna de profesionales (como los periodistas y los policías) que viven a contramano de la sociedad: cuando los acontecimientos paralizan al resto, ellos se mueven más rápido. "Cuando juega Argentina, o River contra Boca, la sala de espera queda casi vacía; muchas menos personas vienen al hospital. Pero eso no significa que a nosotros se nos reduzca el trabajo; al contrario. En estos casos, desaparecen las banalidades y llegan las verdaderas emergencias", explica Carlos Silva, el jefe de la guardia. Como si el destino se hubiera propuesto confirmar sus palabras, una enfermera abre la puerta de la sala de médicos, mira a Silva y lanza: "doctor, llegó un chico al que le explotó un cohete en la cara". Inmediatamente, la habitación queda vacía. El televisor insiste en mostrar la repetición de una pared entre Messi y Di María, pero no hay nadie para verla.
Pasan los minutos y, de uno en uno, hombres y mujeres vuelven a ocupar la sala (hay algunas caras nuevas). Se ubican, hacen algunas bromas, se callan y miran fijamente el televisor -como si quisieran absorber los cuatro minutos de alargue que le quedan al partido y, de esa manera, saciar la sed de fútbol-. De golpe, se escucha la sirena de una ambulancia que está llegando al hospital. Nadie dice nada. Todos se levantan y el televisor vuelve a quedar solo.







