Asusta la subversión de los valores. Desde los funcionarios o políticos que le permiten la salida a un barrabarava condenado por un tiroteo en el que murió un menor, hasta los varitas que coimean para no hacer una multa. Desde el periodista que no dice la verdad hasta el empleado judicial que falsifica oficios para liberar a detenidos. Desde el médico que se desentiende de la atención de un enfermo hasta el maestro que enseña sin ganas a sus alumnos. Y en este espectro de posibilidades, la aparición de policías que trabajan para el otro bando se gana un lugar en el podio de las decepciones. Y de la indignación, y de la impotencia. En una provincia donde se vive la inseguridad a flor de piel (nadie tiene la certeza de que no será víctima de un robo), casos como el del policía que según la Justicia era líder y organizador de una banda delictiva son inaceptables. Lo mismo puede decirse de los dos agentes que circulaban en un auto robado. Los ciudadanos esperan que el político conduzca el país correctamente, que el varita controle y no permita accidentes, que el periodista informe con veracidad, que en Tribunales todo sea legal, que el médico cure y que el maestro enseñe. Y que el policía cuide, proteja y prevenga. Pero también quiere que los corruptos sean detenidos, juzgados y encarcelados. Ayer la Redacción recibió una noticia que hoy informa a los lectores. Es mala, porque el acusado es policía y eso va contra los valores, y es buena, porque la misma policía lo identificó. La Justicia, si comprueba ahora todo lo que se cree, tiene procesos para sacarlo de circulación y hacer que algo de la normalidad vuelva a la sociedad.








