Ética del diputado Padilla

Rechazó honorarios de abogado y de gestor.

14 May 2010
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ERNESTO PADILLA. El ex gobernador y cuatro veces diputado nacional, fotografiado en su casa de la actual calle San Martín casi esquina 25 de Mayo. LA GACETA / ARCHIVO

La correspondencia privada de muchos grandes tucumanos muestra el sentido ético, sin alardes pero profundo, que alentaban. Así, por ejemplo, la carta que el ex gobernador, doctor Ernesto Padilla (1873-1951), escribió a su amigo catamarqueño Joaquín Acuña, el 17 de marzo de 1943. Acuña había encargado a Padilla -entonces diputado nacional- que le agilizara un pleito que tenía ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La gestión tuvo éxito, y Acuña le mandó luego un giro en concepto de honorarios.

Padilla devolvió la suma, con una larga carta, afectuosa pero firme. "Dejaría de ser yo mismo, si no le representara el quebrantamiento de una regla de conducta moral, que implicaría que yo aceptara honorarios en un asunto en que no he hecho trabajo profesional", decía. Detallaba lo llevado a cabo: instar en la secretaría de la Corte la salida de una resolución ya hecha, e igual cosa en el Ministerio de Obras Públicas. En síntesis, diligencias, pero, subrayaba, "no he presentado un solo escrito".

Pero había más. Padilla informaba al amigo que tenía "una regla profesional que ha sido en mí invariable, y que se la he señalado siempre a mi hijo". Ella consistía en que "mientras sea diputado no puedo cobrar honorarios por gestión administrativa". Se trataba de "una lógica de conducta que no me es dable alterar". Por lo tanto, agregaba, "pídole que no tome a mal que no acepte el giro que ha tenido la amabilidad de enviarme, y que se lo dejo depositado en su cuenta, en el Banco de la Nación". Terminaba diciendo que "me quitaría de encima una fuerte preocupación, casi diría una congoja, si acepta de buen grado este procedimiento, comprendiéndolo en la intención que me lo dicta y en el alcance que le asigno".
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