11 Abril 2010 Seguir en 
Por Juan Antonio Tríbulo
Para LA GACETA - Tucumán
De todos los roles creativos desarrollados por Julio Ardiles Gray, el de poeta fue el primero en aparecer y desde el cual nos siguió regalando ricas piezas hasta en sus últimos años de productividad. En medio de mi tarea de historiador-arqueólogo encontré un reportaje sorprendente, en LA GACETA del 27 de julio de 1928, del que comparto aquí una síntesis:
"Ayer se presentó en nuestra casa un pebete, que sin alzarse un metro del suelo, caminaba con una prosopopeya propia de un hombre seguro de su competencia y de su capacidad. Lo acompañaba su 'viejo', que si no tan viejo alcanzaba tres veces la estatura de su vástago. Me llamo Julito Ardiles Gray -nos dijo el pibe- y estoy a sus órdenes. Encantado de conocerte, gran amigo -le contestamos-. -Vengo a verles a ustedes porque quiero que me oigan recitar. -¿Es usted recitador? - Claro, recito mejor que todas las señoritas que lo hacen en Tucumán, y mejor que la que ustedes oyeron aquí, no hace mucho tiempo. -¿Luisa Vehil? -Sí, y por eso quiero que me oigan.
El papá oía hablar al pibe como quien escucha el anuncio de haberle tocado la lotería. Sonreímos afables y dejamos continuar a nuestro minúsculo amigo: -¿Quieren que recite? -Naturalmente, y ¿qué recita usted? -Yo, versos, de Joaquín Dicenta o de Vital Asa. -Muy bien. ¿Nos podría recitar, amigazo? -Sí.
El rival de Berta Singerman se entonó y tomando una actitud propia de las circunstancias empezó anunciando el poema: La muñeca, de Vital Asa. Con inflexiones de voz de un declamador de profesión, que siente lo que dice, Julito Ardiles Gray inició su recitación. Quedamos admirados al darnos cuenta del gran sentido artístico de esa criatura que interpretaba, con el criterio y la emotividad de una persona cultivada, el doloroso poema. Su acción, su dicción y sus gestos, de acuerdo con el desarrollo, nos hacían sentir profundamente el poema.
Un aplauso unánime cerró la recitación, premio que alcanzó al enorgullecido padre, quien no cabía en sí de gozo, mientras el pequeño, satisfecho del triunfo, recibía los aplausos y los elogios, con un gran aplomo. Volvimos a interpelarle, cuidando de tratarle como correspondía a su categoría de artista: -¿Qué edad tiene usted señor? -Seis años, ya soy bastante grande. -Sí, mucho. -¿Dónde aprendió a recitar?
Su papá, don Angel J. Ardiles, contestó por él en esta ocasión: Declama por afición desde la edad de cuatro años, enseñándole mi esposa. ¿Cómo se llama su mamá, señor?, -le preguntamos al pibe-. -María Elina Gray. -¿Dónde nació usted? -En Monteros. -Un honor para la histórica ciudad".
De recitador a poeta
En 1926, el español Ramón Serrano, radicado en Tucumán, abrió en su casa el primer espacio de aprendizaje para quienes deseaban representar obras teatrales, la Academia de Recitación y Arte escénico. Julio Ardiles Gray me confió en un reportaje, realizado en el año 2002, que había tomado allí algunas clases de declamación. "Mi maestra era mi mamá. Ella era intuitiva, no había estudiado. Don Ramón trajo de España el arte de la declamación. Era la época de las grandes declamadoras. Esa Academia fue el semillero para actrices y actores de teatro. La declamación era una antesala al teatro." Uno de sus alumnos fue Miguel Lozano Muñoz, que de declamador pasó a director de teatro y otro, Manuel García Soriano, el primer historiador de la actividad teatral de Tucumán.
Sobre el final de aquella primera entrevista en LA GACETA le preguntaron a Ardiles Gray: "-¿Cuando sea usted mayor seguirá sus aficiones? -Yo quiero ser mecánico aviador. Y haré volar al viejo. -Bien, muy bien, esa es una noble aspiración. Padre e hijo se retiraron y nosotros nos quedamos envidiando aquel chiquillo artista, a los seis años, y cuya ambición para el futuro es elevarse a las nubes". Así concluía el reportaje.
Estamos convencidos que, finalmente, Julio se elevó a las nubes impulsado por su inspiración y creatividad. Aquel precoz recitador, dedicado luego al periodismo, la narrativa, la dramaturgia, la crítica y la teoría teatral, llevó consigo al sutil poeta. Nos lo confirma este, uno de sus últimos poemas: "Los habitantes de mi memoria son jóvenes y alegres, beben, bailan y ríen, corren por praderas cuajadas de rocío. / No sufren los agravios del invierno y gozan de los calores del estío. / Visten ropas livianas, vestidos vaporosos como nubes y se saludan agitando las manos pero nunca se alejan del todo y vuelven a encontrarse. / Entonces estallan las risas. / No sienten el dolor, no temen a los estertores de la muerte ni a los terrores de la oscuridad y la felicidad es su estado natural. / Pero no será así eternamente. / En su inocencia no saben que todo acabará cuando me vaya para siempre y ellos tengan que venir conmigo".
© LA GACETA
Juan Antonio Tríbulo -
Actor, director, docente e
investigador teatral.
Para LA GACETA - Tucumán
De todos los roles creativos desarrollados por Julio Ardiles Gray, el de poeta fue el primero en aparecer y desde el cual nos siguió regalando ricas piezas hasta en sus últimos años de productividad. En medio de mi tarea de historiador-arqueólogo encontré un reportaje sorprendente, en LA GACETA del 27 de julio de 1928, del que comparto aquí una síntesis:
"Ayer se presentó en nuestra casa un pebete, que sin alzarse un metro del suelo, caminaba con una prosopopeya propia de un hombre seguro de su competencia y de su capacidad. Lo acompañaba su 'viejo', que si no tan viejo alcanzaba tres veces la estatura de su vástago. Me llamo Julito Ardiles Gray -nos dijo el pibe- y estoy a sus órdenes. Encantado de conocerte, gran amigo -le contestamos-. -Vengo a verles a ustedes porque quiero que me oigan recitar. -¿Es usted recitador? - Claro, recito mejor que todas las señoritas que lo hacen en Tucumán, y mejor que la que ustedes oyeron aquí, no hace mucho tiempo. -¿Luisa Vehil? -Sí, y por eso quiero que me oigan.
El papá oía hablar al pibe como quien escucha el anuncio de haberle tocado la lotería. Sonreímos afables y dejamos continuar a nuestro minúsculo amigo: -¿Quieren que recite? -Naturalmente, y ¿qué recita usted? -Yo, versos, de Joaquín Dicenta o de Vital Asa. -Muy bien. ¿Nos podría recitar, amigazo? -Sí.
El rival de Berta Singerman se entonó y tomando una actitud propia de las circunstancias empezó anunciando el poema: La muñeca, de Vital Asa. Con inflexiones de voz de un declamador de profesión, que siente lo que dice, Julito Ardiles Gray inició su recitación. Quedamos admirados al darnos cuenta del gran sentido artístico de esa criatura que interpretaba, con el criterio y la emotividad de una persona cultivada, el doloroso poema. Su acción, su dicción y sus gestos, de acuerdo con el desarrollo, nos hacían sentir profundamente el poema.
Un aplauso unánime cerró la recitación, premio que alcanzó al enorgullecido padre, quien no cabía en sí de gozo, mientras el pequeño, satisfecho del triunfo, recibía los aplausos y los elogios, con un gran aplomo. Volvimos a interpelarle, cuidando de tratarle como correspondía a su categoría de artista: -¿Qué edad tiene usted señor? -Seis años, ya soy bastante grande. -Sí, mucho. -¿Dónde aprendió a recitar?
Su papá, don Angel J. Ardiles, contestó por él en esta ocasión: Declama por afición desde la edad de cuatro años, enseñándole mi esposa. ¿Cómo se llama su mamá, señor?, -le preguntamos al pibe-. -María Elina Gray. -¿Dónde nació usted? -En Monteros. -Un honor para la histórica ciudad".
De recitador a poeta
En 1926, el español Ramón Serrano, radicado en Tucumán, abrió en su casa el primer espacio de aprendizaje para quienes deseaban representar obras teatrales, la Academia de Recitación y Arte escénico. Julio Ardiles Gray me confió en un reportaje, realizado en el año 2002, que había tomado allí algunas clases de declamación. "Mi maestra era mi mamá. Ella era intuitiva, no había estudiado. Don Ramón trajo de España el arte de la declamación. Era la época de las grandes declamadoras. Esa Academia fue el semillero para actrices y actores de teatro. La declamación era una antesala al teatro." Uno de sus alumnos fue Miguel Lozano Muñoz, que de declamador pasó a director de teatro y otro, Manuel García Soriano, el primer historiador de la actividad teatral de Tucumán.
Sobre el final de aquella primera entrevista en LA GACETA le preguntaron a Ardiles Gray: "-¿Cuando sea usted mayor seguirá sus aficiones? -Yo quiero ser mecánico aviador. Y haré volar al viejo. -Bien, muy bien, esa es una noble aspiración. Padre e hijo se retiraron y nosotros nos quedamos envidiando aquel chiquillo artista, a los seis años, y cuya ambición para el futuro es elevarse a las nubes". Así concluía el reportaje.
Estamos convencidos que, finalmente, Julio se elevó a las nubes impulsado por su inspiración y creatividad. Aquel precoz recitador, dedicado luego al periodismo, la narrativa, la dramaturgia, la crítica y la teoría teatral, llevó consigo al sutil poeta. Nos lo confirma este, uno de sus últimos poemas: "Los habitantes de mi memoria son jóvenes y alegres, beben, bailan y ríen, corren por praderas cuajadas de rocío. / No sufren los agravios del invierno y gozan de los calores del estío. / Visten ropas livianas, vestidos vaporosos como nubes y se saludan agitando las manos pero nunca se alejan del todo y vuelven a encontrarse. / Entonces estallan las risas. / No sienten el dolor, no temen a los estertores de la muerte ni a los terrores de la oscuridad y la felicidad es su estado natural. / Pero no será así eternamente. / En su inocencia no saben que todo acabará cuando me vaya para siempre y ellos tengan que venir conmigo".
© LA GACETA
Juan Antonio Tríbulo -
Actor, director, docente e
investigador teatral.
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