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Martes 9 de Febrero de 2010 | Kirchner y Alperovich pisotearon a la clase media y perdieron una base de apoyo sustancial para diseñar su futuro político en 2011.
Una vez me subí a las tablas. Era adolescente, y me tocó interpretar al hijo de una familia tipo de clase media argentina. Mi timidez llegaba a tal extremo que era indisimulable el sudor. La voz apenas si salía por entre mis labios temblorosos. Es más, estoy convencido de que, desde la fila 10 hacia atrás, nadie habrá entendido una sola palabra de mis palabras. Tampoco se interpretaba un clásico del teatro. Apenas, una reproducción estudiantil. Pero tan traumática fue la experiencia que aún hoy siento el calor de las luces en mi frente.
Arriba del escenario, el primer acto lo protagonizaba Andrés, un cuarentón que iba de un lado para el otro de la casa. Corrían los últimos años de la década del 80. Hiperinflación, turbulencia política. Con las manos en la cabeza, pensaba en los australes que aún le quedaban en la billetera mientras veía en los noticieros cuánto había subido el costo de vida. Después de descargar su ira, caía pesado sobre una silla, resignado, apesadumbrado. Sólo los monólogos de Tato Bores lo despabilaban de a ratos. El acto terminaba con un largo y extenuante suspiro.
Después le tocaba el turno a Mónica, una joven abogada y emprendedora. Entusiasta, repartía sus horas entre caminatas por los pasillos de Tribunales y la atención de un negocio particular. Era obstinada, y parecía llevarse el mundo por delante, aunque por las noches llegaba a su casa desahuciada. No rezongaba por tanto trajín, solía repetir a su pareja, sino por todo contra lo que hay que luchar en este país para crecer. Es que su papel era el de una luchadora que debía soportar, de un día para el otro, un aumento impúdico del precio del alquiler que la obligaría a buscar un local nuevo. Pero esa noche la sensación de injusticia era otra: unos adolescentes habían entrado al negocio y, mucho o poco, le quitaron lo que era suyo. Quiso reclamar a la Policía, pero le respondieron que ellos no podían hacer nada. Cerraba su participación dormida, entre sollozos y los brazos de su pareja.
En el tercer y último acto me tocaba entrar a mí. Debía resumir la historia de un padre cincuentón cuya vida, gracias a la ilusión de la convertibilidad y la invasión de productos importados, se desbarrancaba. Durante los 90 perdió todo. La empresa en la que trabajaba cerró, la vida que había proyectado para su familia se truncó. Y ya no había marcha atrás. Ya nada era como lo había imaginado. En definitiva, la obra finalizaba con un interminable llanto.
Volver a empezar
A 15 años de ese arrebato artístico, aquella obra escolar podría repetirse sin cambiar una línea. Inflación, injusticia, reglas de juego cambiantes y sensación de olvido son algunos de los síntomas que acarrea la pisoteada clase media.
Cual pecado original, los asalariados del país cargan una cruz cada vez más pesada. Y en la primera década del nuevo milenio, los Kirchner y José Alperovich hicieron todo lo posible para que la distancia entre gobernantes y clase media sea aún más grande. De hecho, nadie puede desconocer que aplicaron políticas asistencialistas para la clase más desprotegida, como tampoco que propiciaron un clima próspero para que los poderosos potenciaran sus negocios. No en vano el ingreso de los argentinos que más tienen es 26,2 veces superior al de los que menos ganan, según publicó el Indec en diciembre. En rigor, tanto los Kirchner como Alperovich son hombres de negocios, lo prueban las operaciones millonarias con dólares que se conocieron en los últimos días.
Pero en el medio, cada vez más desprotegidos, aparecen los miles de trabajadores que a diario hacen malabares con su precaria economía. Aquellos que abren con expectativas un pequeño negocio pero que al poco tiempo deben cerrarlo por la insoportable presión fiscal o por las insuperables trabas burocráticas. Es el país de los extremos, de los atropellos y de la actuación. La Nación del cinismo. Del constante volver a empezar.
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